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Como el Cielo los Ojos

Edith Checa

P R Ó L O G O 

Sergio Palacios1

He quedado sorprendido por la escasez de textos literarios concebidos para ser publicados en la red en unos años en los que el ordenador y el mundo que éste conlleva se han convertido en centro, en más de una ocasión de manera forzada, de nuestra vida cotidiana. Sin lugar a dudas, nuestra cabeza ha fantaseado y ha hecho avanzar los logros de la informática de manera mucho más rápida que la realidad. El miedo inicial ante la enorme cantidad de información («voy a perderme en este mar») se torna enseguida decepción y reformulación de ideas preconcebidas («a ver si encuentro algo en el charco»). Uno accede a un buscador y, después de escribir las claves de búsqueda «literatura + hipertextual» (utilizando el siempre útil lenguaje booleano), se sorprende por el escaso número de páginas que, en nuestra lengua, se dedican a publicar en términos hipertextuales; esto es, simplificando, una obra en la cual un texto se vincula con el resto de textos que la componen a través de un click en el botón izquierdo del ratón.

Uno de los nombres que enseguida nos devuelve nuestra llamada desesperada es el de Edith Checa (Sevilla, 1957). Licenciada en Ciencias de la Información, trabaja entre el periodismo y la literatura; desde 1989 es locutora redactora de un programa radiofónico de información universitaria que se emite a través de Radio 3. Ha dirigido y presentado en el Canal Clásico de Televisión Española (TVE) el programa Rincón Literario UNED, dedicado a dar a conocer la obra y la personalidad de los poetas más representativos de la poesía española contemporánea, así como a ofrecer una oportunidad a poetas noveles. Durante 1988-89 fue colaboradora literaria del programa Al filo de lo imposible (TVE). Tiene un amplio repertorio de obras publicadas en la red y en revistas literarias impresas; además de la obra que aquí tratamos, BADOSA.COM ha publicado su cuento En el último peldaño y su poemario La cantera de la memoria. En octubre de 2000 salió a la luz El color del albero, su primera novela en papel de celulosa.

Como el cielo los ojos se concibe desde el primer momento como una novela hipertextual: como un juego de vínculos y de relaciones intertextuales. Una vez que pulsamos en el acceso a la novela, aparece ante nosotros una cuadrícula, en la que cada sección está ocupada por un ojo. En el eje vertical leemos tres nombres (Javier, Iñaqui y Paco) y el eje horizontal está numerado del uno al trece. Tres personajes, trece tiempos y una sola novela, un solo acontecimiento desencadenador: «Isabel ha muerto...» No sólo importa el texto en cuanto a la narración sino que la disposición ocupa un lugar principal: «Seleccione personaje y tiempo pulsando sobre un ojo en la cuadrícula» rezan unas líneas en negrita.

En la novela de Checa no es necesaria la técnica tradicional de perspectivas narrativas, que ha solucionado a través de vínculos hipertextuales. Imaginemos sólo por un momento el partido que podrían haberle sacado a esta nueva forma de entender el texto literario autores como Joyce o Cortázar, obsesionados por otorgar a la novela un juego de tiempos y perspectivas inaudito para las formas tradicionales. La importancia de la disposición del texto encuentra un claro reflejo en el proceso de elaboración de la novela: «La escribí en quince días, pero luego estuve un año trabajando con tres hileras de fichas que yo colocaba en el suelo del salón de mi casa para no perderme en la acción de cada uno de los personajes y en los enlaces y coincidencias del tiempo», afirma la autora.

El propio lector maneja la novela; elige entre un recorrido por los tres monólogos interiores de los personajes, por un vistazo a distintos momentos de los mismos o por una visión cruzada de la historia. A través de las distintas miradas de los personajes, de las distintas voces narrativas, se hace el lector su propia idea de cómo era Isabel. La influencia que ha tenido sobre cada uno de los tres hombres, dos amantes y su ex marido, se refleja en cada una de las palabras que éstos pronuncian.

Isabel está presente y ausente, viva y muerta a un mismo tiempo durante toda la obra. No sólo vive en los recuerdos de Javier, Iñaqui y Paco; su muerte ha disparado la acción narrativa, una cadena de acontecimientos que hace que las tres voces sientan, superpuestas en el tiempo, los efectos de la misma pérdida. También sigue viva en sus cartas, sus poemas y sus relatos. En la epístola que preparó para su funeral Isabel se pregunta: «y el viajero que tiene como el cielo los ojos, y que está entre vosotros ¿me reconocerá?».

El universo personal de Edith Checa está presente a lo largo de todo el relato. El uso que Checa hace de su «almacén de la memoria» puede ser tergiversado en una primera lectura, que puede ver en Isabel un doble de la autora y en la novela una autobiografía disfrazada. A pesar de las aparentes coincidencias entre autora y personaje el lector ha de ser capaz de separar las dos realidades y leer la novela en clave de texto literario y no autobiográfico. La propia Edith Checa insiste sobre este aspecto: «Isabel y yo somos dos personas diferentes. Ella está en la realidad literaria y yo en la realidad de todos. Ella ha muerto, mientras que yo sigo viva.»

La escritora ha conseguido entrar en la cabeza de tres personajes masculinos: pensar, sentir, enfadarse, redescubrir el amor perdido, gritar como ellos... Todo ante los ojos activos del lector, que maneja los hilos de sus monólogos, no con un salto de página, sino con detener el cursor en otra casilla, en otro momento, en otra voz. Leer seleccionando, leer participando. Ningún aficionado a la lectura duda de que un libro siempre será un libro, pero no está de más que experiencias creadoras como la que nos ofrece Edith Checa nos enseñen y animen también a leer en la red, no para abandonar la lectura de los libros sino para abrir nuevos campos de lectura, nuevas miradas a la literatura: para abrir nuestros ojos a los ojos que miran a Isabel.

R O N D A  1

Javier

Isabel ha muerto. Cuando lo digo, porque quiero convencerme de una vez, el suelo se me hunde como si fuera de algodón y la extrasístole se repite y rebota en mi garganta hasta ahogarme, y aún más todavía con esta corbata que intento ponerme y que no sé si es la adecuada.

Aquel día observé durante mucho tiempo sus ojos brillantes por el reflejo de los colores de las diapositivas que estábamos viendo. Ojos capaces aún de sorprenderse. Cada nueva imagen la hacía vibrar de emoción.

Berta me había invitado a cenar y a una sesión de diapositivas sobre la India y Nepal.

Isabel llegó tarde, el trabajo se le había complicado. Vestía una blusa verde clara y un chaleco negro y el contraste con sus ojos también verdes me impactó. Llevaba un pantalón vaquero negro elástico que se ceñía a su silueta a la que sobran para mi gusto algunos kilos. Me cautivó su voz, era grave y dulce, llena de matices. A lo largo de la cena disfruté de su charla: amena, ágil, sensible, siempre risueña, aunque pude apreciar su fuerte carácter y su peligrosa sinceridad. No se cortaba en nada, siempre tenía algo que decir en cualquiera de las direcciones que tomara la conversación. Hablaba sin tapujos aunque los tacos que introducía en su charla no sonaban mal, decía los precisos y en el momento adecuado.

Reconozco que me sentí atraído, pero de lejos, que no se me acercara demasiado. Una mujer así, inteligente y de carácter, mejor cuanto más lejos. Ya casi cuarentón lo que necesito es una mujer que me calme, no que me altere; que se deje llevar, no que me arrastre como un torrente. Su forma de mirar y el color de sus ojos me dejaron hecho polvo, y aquel día bailando... aquel día bailando pudimos haber comenzado algo muy hermoso... pero ahora está muerta.

 

Es un día anodino y gris, no pegaba que fuera de otra forma.

Esto se está llenando de amigos y familiares. No conozco a nadie. Me siento mal entre tanta gente. Allí está Berta.

Tengo la sensación de que no estoy en su funeral, que ella aparecerá de un momento a otro esbozando su sincera sonrisa.

Ya se mueven lentamente hacia las puertas de entrada de la iglesia. Todo es silencio, se palpa el silencio. Berta me indica que nos adelantemos, yo prefiero quedarme por detrás pero insiste y tira de mí y nos ponemos en el décimo banco. Los cuento una y otra vez. Del uno al diez, varias veces, uno, dos , tres, cuatro... Antes de que la angustia me invada, y el suelo algodonoso se me hunda, intento fijarme en la decoración: la iglesia es enorme, tan sólo un Cristo crucificado cuelga de la pared del altar. Una magnífica representación del Cristo rendido ante la evidencia de la muerte, un Cristo sin fuerzas que se deja llevar. Como Isabel seguramente se dejó. ¿O no? No creo. Lucharía con todas sus fuerzas aferrándose a la mínima esperanza de vida.

El cura comienza la misa pero no puedo prestar atención, sólo capto aquella única palabra que me hace estar aquí, su nombre, Isabel. A veces lo adereza con algún adjetivo que quizás se inventa o adivina, o le ha sido indicado por algún familiar: «generosa», «afable».


R O N D A  1

Iñaki

«¡Dios mío, pobre chica! Pero Teresa, ¿cómo ha sido? ¡Qué horror! ¿Mañana, a qué hora? Vale. Allí estaré. Gracias por llamar.»

¿Cómo es posible?, tan sólo hace unas semanas que la vi por última vez. No estuvo muy amable conmigo, la verdad. Yo sin embargo, a pesar de que estaba harto de su jueguecito estúpido, estuve cordial. Pero pobre chica. Me atosigaba sin descanso. Llegó a darme miedo su insistencia.

Isabel ha muerto, tengo que repetírmelo varias veces para darme cuenta de que es verdad, para creérmelo.

Otra vez el teléfono, a ver si salta el contestador, ¿quién será ahora?

«¡Hola, ¿estás por ahí?»

¡Oh Dios!, pensé que era Isabel, siempre decía lo mismo cuando me llamaba.

«Sí, sí, Mirian. Hola. Perdona es que por un momento..., bueno, es igual. Dime, dime... Sí, qué horror. No dejo de pensar lo mismo, pobre chica. Con lo joven que era, ¿cuántos?, ah sí, sí, treinta y siete. Yo le calculaba más o menos eso. Ah, el cumpleaños, sí, claro fui... Bueno, se me había olvidado. Ya sabes, soy un poco despistado para esas cosas... Mirian, mujer, no te pongas así, tienes que superarlo. Es cuestión de controlar los pensamientos. Venga, venga, ya está. Bueno, bueno... ¡No!, ¡no vayas al tanatorio, es muy duro! No estás en condiciones. Mirian, venga mujer... Bueno, está bien, te acompaño. Venga, paso a buscarte. Sí, dentro de media hora. Yo no quería ir, la verdad, es muy desagradable, pero bueno, yo te llevo, venga. Media hora. Pero volvemos rápido, ¿eh? Margaritas. Margaritas, de todos los colores.»

Sus ojos están cerrados, los ha donado, ya no tiene ojos, pero no se nota. Es como si estuviera dormida. Tiene incluso la sonrisa relajada que se le quedaba siempre mientras dormía. Le han dado un poco de carmín en los labios. Parecen tan vivos como antes, como si fueran a hablarme... o a besarme. Tiene entre sus manos un ramillete de margaritas amarillas... decía que eran las más naturales, las que más luz daban al rincón donde las colocaba, frente al ventanal del salón. Sus manos están menos avejentadas: «tengo manos de obrera y me enorgullezco de ello. Nadie me regaló nada, todo me lo he trabajado.» Sus manos. Mirian. ¿Dónde está Mirian? Tengo calor, estoy sudando. Hace calor, mucho calor. «Mirian, vámonos». La niña me está mirando. Me odia. Es como una pequeña bruja que está conjurando algo. «Mirian, vámonos». Tengo calor. Hace mucho calor. La niña viene. Comienza a llorar. Se me echa a los brazos. Le doy unas palmaditas en la espalda para que se calme. Me alegro de su reacción. No entendía qué le pasaba. Pobre chica. Estaba muy unida a su madre. «Venga, venga, tienes que ser fuerte. A tu madre no le gustaría verte llorar así.» Me dice cosas, señala a su madre llorando. La llevo junto a su abuela, a quien saludo. Un hombre se acerca a la niña y, elevando mucho la voz, le habla, la abraza. Es el padre. El «ex». Vaya tío. ¡Qué mal gusto tuvo Isabel al escogerlo como marido!

Me voy, quiero irme. Este calor es inaguantable... «Mirian, ¿te vienes? Lo siento pero me voy.» Mirian se queda. Han llegado más amigos comunes. Los saludo cerca de la puerta de entrada a la sala. Esto es otra cosa...

«Sí, qué pena, verdad. Pobre chica, con lo maja y lo joven que era. Oye, os dejo. Tengo que hacer muchas cosas... ¿Mañana?, la incineración. No, no voy a poder, tengo una reunión de delegados, ya sabes, cosas imposibles de eludir. Lo siento.»


R O N D A  1

Paco

«¿Pero qué estás diciendo?, no puede ser, no puede ser. Dime que es mentira... No puede ser, no puede ser. ¿Y la niña?, ¡y mi hija! ¿dónde está? ¡Cariño, ahora mismo cojo un avión para allá. Corazón, no me llores. Te quiero mi vida, te quiero, no llores, voy para allá, voy ahora mismo, como sea, en avión en coche, tardaré poco. Quédate con la abuelita, y con la tía Concha. Voy para allá, me llevo a la abuela Tina para que también esté contigo, mi amor. No llores mi niña, papá está en unas horas contigo. Mi amor..., mi amor. Ya salgo.»

¡No puede ser!, está muerta. Así, de pronto. Y mi niña, lo que está sufriendo... «Mamá estate quieta, si tú estás nerviosa yo lo estoy más. Déjame, mamá. Déjame pensar, necesito pensar. Esto es muy fuerte. Déjame... ¿La niña?, pues conmigo, con nosotros, me la tengo que traer. A ver si te crees que la voy a dejar con su abuela, se viene conmigo, mañana mismo..., bueno cuando todo acabe. Mamá por favor, déjame. No me agobies. Sólo quiero llegar y abrazar a mi hija. Es lo peor que ha podido suceder. No sé si se recuperará de este golpe. Su madre, su madre es lo máximo para ella. Yo también, pero ella era más, más que nada... Sí, mama, estoy llorando, ¡déjame!, era mi mujer. Yo la quería. Además es la madre de mi hija, y mi hija está sola sin ella.»

 

¿Qué voy a hacer con todo esto? Parece ser que tiene testamento hecho, así que habrá que esperar. Pero ¿qué puede testar?, aquí sólo hay libros. Un microcompact nuevo pero que no vale nada, la tele vieja de cuando tuvo el antojo embarazada y el ordenador de segunda mano que le envié a la niña hace un par de años. No hay nada que merezca la pena. El piso es alquilado y el coche, un mierda de Panda, tiene más de cinco años. No entiendo qué va a testar, pero en fin. Esperaremos a ver qué dicen.

Llevaba varias cartas en los bolsillos. Ella presentía que iba a morir. ¿Pero cómo puede alguien presentir la muerte de esta forma? Ha dejado cartas a todos. ¿Cómo puede ser? Lo mismo es que siempre que salía de viaje llevaba esas cartas en su poder. No, imposible. La madre me ha dicho que tienen fecha de unos días antes de partir. A mí no me ha dejado ninguna, en cierto modo me duele, aunque sólo fuera para decirme qué debo hacer con la niña, sus estudios..., no sé.

 

No parece muerta.

«Cariño, no llores», grita y golpea el cristal. No debí traerla, pero se empeñó. Se aferra al marco del cristal y llama a su madre. Es un horrible espectáculo. La separo de allí y me la llevo. No para de llorar. Alguien nos ofrece un vaso de agua y dos valerianas, eso es, eso es. Dudo mucho que le sirva de algo.

Comienza a calmarse. Vuelve junto al cristal. Está serena. Ya vuelve, se abraza a mí todo el tiempo. ¡Mi niña!... a su abuela, a su otra abuela. Está mejor, mucho mejor.

 

Por fin puedo sentarme. Fumaré un cigarro. Se me hace extraño verla así. Tenía una gran vitalidad, tanta que a veces nos superaba a todos. Lo peor era su mal genio. No era capaz de controlarse, me echaba en cara mil cosas a la vez. Un poquillo histérica. Te quise mucho, mucho, tuviste que saberlo. Pero éramos muy diferentes. Tú, un poco egoísta, más bien muy egoísta, nunca quisiste que nos fuéramos a mi tierra. Estabas empeñada en vivir aquí y por nada del mundo me diste la oportunidad de demostrarte que allí viviríamos bien.

Ya no me acuerdo de cómo eran tus besos. Han pasado diez años desde que nos separamos y casi no recuerdo nada. Eras celosa, muy celosa. No soportabas que tuviera amigas, y mucho menos que me llamaran o saliera con ellas. No me dejabas libre ni un momento. Me tenías agobiado. Siempre chillándome, siempre enfadada. Los últimos años fueron horribles, reconócelo, ni siquiera hacíamos el amor, un rollo. En el fondo eras buena persona aunque con un carácter inaguantable.

¿Qué voy a hacer ahora?, cuando mañana te incineren habrás desaparecido para siempre. No me lo puedo creer. Tenías dieciséis años cuando te conocí en el tren. ¿Te acuerdas? Tú te enamoraste de mí nada más verme, siempre me lo has dicho. Yo sin embargo tardé más. Nunca había conocido una niña tan pálida, tan delgaducha, con el pelo tan lacio y soso, con una cara y una forma de hablar tan espiritual, claro, saliste del colegio en el que estabas interna para ir de vacaciones y parecías medio monja. Ahora recuerdo, creo que incluso querías meterte a monja de clausura, sí, me acuerdo. No eras mi tipo pero me atrajiste. Al final me enamoré de ti.


R O N D A  2

Javier

En la primera fila destacan tres mujeres: una muy joven, casi una niña, encorvada. Llora. A su izquierda otra mujer, también llora. Lo sé por el movimiento insistente de su mano y su pañuelo, del regazo a los ojos, de los ojos al regazo y vuelta a empezar. Creo que tienen ambas las manos entrelazadas.

«Son la madre, la hija y la tía.»

Berta parece que me lee el pensamiento, también es cierto que no paro de mirarlas.

Todo el altar, ahora me doy cuenta, está lleno de flores: amarillas, blancas, violetas, azules, rosas...

«Margaritas», me dice Berta cuando le pregunto qué flores son. «Eran sus preferidas». Y sonrío al pensar que aquella mujer tan fuerte, prefiriera las margaritas a cualquier otra flor.

Delante del altar hay un cofre rodeado también de margaritas.

«Son sus cenizas.»

¡Sus cenizas!, parece mentira que ahora sea sólo cenizas. Es extraño pero no siento náuseas, sólo tristeza.

Otro cura, algo más viejo y muy lento al hablar, vuelve a decir su nombre y se oyen gemidos que rompen por un momento el silencio casi absoluto del templo. Berta me da un codazo y pongo atención a lo que está diciendo el cura. No entiendo, dice algo así como que Isabel dejó una carta para que fuera leída en su funeral, y que la van a leer. De todo pasa por mi cabeza. Tengo ganas de gritar. La gente se mira, hay murmullos. Quiero marcharme. No soporto que vayan a leer la carta. Aguanto. Los dos curas se alejan del atril y se sientan detrás del altar. Un banco, dos bancos, tres bancos. Todo está lleno de flores, margaritas: amarillas, violetas, blancas, y sus cenizas, las cenizas son grises. Siempre son grises y aquí casi nadie va de negro. ¿Y por qué tendríamos que vestir de negro? Isabel siempre vestía de negro, siempre predominaba el luto en su indumentaria. Y sus ojos eran verdes.

El viejo está aún más viejo, y yo me ahogo y el banco se reblandece, estoy en una balsa, rodeado de margaritas. Una mujer se acerca al atril, se pone las gafas, mira al público primero y después comienza a leer.


R O N D A  2

Iñaki

Ya podían haber elegido otra hora. Menos mal que al final no me ha dado a los niños, si no, no hubiera podido venir. Aunque mejor sería que no hubiera venido porque no tengo ganas de encontrarme otra vez con la familia. Sí, pero quedaría mal con Mirian y Teresa y todo el grupo. Esto está lleno. Allí están. Mirian tiene mejor cara, pero Teresa está fatal. Al verme se serena un poco.

«¿Qué hay, Iñaki? ¿Qué tal estás?»

«Bien, bien. Bueno, ¿cómo voy a estar?, es horrible. Es horrible»

Me mira como si buscara en mis ojos lástima. ¡Qué manía tiene la gente en ser masoquista! ¡Qué morbo tiene esto de la muerte para la mayoría de las mujeres! Escruta mis ojos buscando una lágrima. ¿Por qué voy a llorar? Me da pena la chica, pero la vida es así. A ella le ha tocado antes que a los demás. A todos nos tocará algún día.

Parece que esto no se mueve. Son casi las seis, deberíamos pasar a la iglesia cuanto antes. Espero que sea rápido. No aguanto las misas largas y menos aún los funerales largos. Mirian me coge del brazo.

«¿Cómo estás, Iñaki?»

¡Qué manía le ha dado a todo el mundo por preguntarme lo mismo!

«Estoy bien, es una pena, pero estoy bien.»

«Ella te quería mucho Iñaki»

Bueno, bueno, ella me quería a su manera, un poco histérica. Absorbente. Celosa sin que hubiera nada entre nosotros. Menos mal que no pasamos de ser más que amigos, si no me engulle como una Mantis religiosa.

«¡Venga Mirian!, ella también te quería a ti y seguro que no le gustaría verte sufrir.»

Me suelta y se abraza a Teresa.

Por fin, entramos. Allí está el cofre con las cenizas. Todo está lleno de flores, de margaritas, claro. Es demasiado folclórico tanto colorido, demasiado para mi gusto. Era un poco folclórica en todo. Muy pasional y visceral, nada comedida. Lógicamente los que la rodean han hecho lo propio, recargar el altar de margaritas de mil colores. Flores blancas es lo propio.

El cura comienza a hablar. Hay dos curas. Esto tiene visos de alargarse demasiado. El viernes tengo que prestar declaración en el juzgado 27 y no tengo casi nada preparado. El 27, el 35, el 15. Ya van ocho juzgados en los que llevan las denuncias de mi ex. Supongo que Isabel ha estado haciendo Primitivas con todos estos números cada semana, me juró que lo hacía y que estaba segura de que algún día iba a tocar. A lo mejor lo hago yo. Lo mismo me toca. No, es una tontería, no me tocará nunca.

«Isabel», retumba el nombre en el silencio de la iglesia. Estoy en el funeral de Isabel. Isabel ha muerto. Nunca volveré a verla: su risa, sus carcajadas. Se le saltaban las lágrimas con tanta risa. Era contagiosa. Todo en ella era contagioso, incluso la ternura. Besaba sus brazos desnudos cuando apagaba la luz para dormirnos. ¡Basta, basta! Tengo que organizar mis papeles. Es domingo, me quedan horas hasta que me acueste. Son las seis y veinte. Vamos a ver: si salimos de aquí... algunos saludos en la puerta... y como he traído la moto... a las siete y media, ocho, estoy en casa. Menos mal que no tengo a los niños. Mi ex por una vez me ha hecho un favor. ¿Y si algún día me preguntan por ella? ¿Qué les voy a decir? Isabel a muerto. La han incinerado. Sus cenizas, lo que queda de ella, las van a tirar al mar Cantábrico, en Llanes. Isabel es un puñado de cenizas: su piel, sus labios. Sus ojos no, sus ojos son de otro. Eran verdes como el Cantábrico, como las hojas de los tilos que tanto amaba antes de amarillear en el otoño. Hablo como ella. Tengo que recoger dos cartas certificadas, una es del Ayuntamiento, multa segura; otra del juzgado. Estoy harto de tanto papel y tanto lío.

 

Oigo gemidos, hay gente que llora. Un cura dice que van a leer una carta que ha dejado Isabel para su funeral. ¡Ha dejado escrita una carta! Me dan miedo sus cartas, miente, miente siempre. ¿Qué va a decir? Espero que no se le haya ocurrido nombrarme para nada. Estaba obsesionada conmigo, no creo que tenga la desfachatez de dejarme en ridículo delante de todos los amigos y familiares. Hace calor, me sudan las manos, tengo taquicardia. Me siento mal. Hace que me sienta mal hasta en el último momento. Me lo ha hecho pasar mal desde que la conocí y ahora también. ¿Qué vas a decir, Isabel? Sí, estás ahí, en cenizas, pero estás. ¿Qué pretendes hacer después de muerta? ¿No serás capaz de machacarme delante de todos? Te gustaría, lo sé. Como mi ex, como todas. Teresa me observa, Mirian también. ¡Todos me miran! No, no, nadie me mira. Respira profundamente. Nadie se percata de que estás. Yo no he sido más que un simple amigo de Isabel, ¿por qué iba a decir algo sobre mí en la carta que van a leer? Sus cartas son terribles. Será la típica despedida de los que van a morir, nos va a hacer llorar un poco y nada más. Os quiero a todos, os amo. Os cuidaré desde el cielo. Respira, respira. Sus brazos eran tiernas almohadas, yo los besaba. ¡Basta!, ¡Basta!


R O N D A  2

Paco

Está llegando mucha gente. Mi pobre suegra quiere entrar en la iglesia. No se sostiene en pie. Nos han asignado el primer banco de la derecha. Está reservado para la familia más allegada. Yo soy uno de los familiares allegados a pesar de estar divorciado de ella. Eso qué importa. En esta iglesia nos casamos hace quince años. Nos casó don Agus, como le llamaba Isabel. «Don Agus», decía con una gran sonrisa, tuvo la culpa de que nos conociéramos, traspapeló su nombre en la lista del campamento y no pudo ir ese año. Cogió el tren para encontrarse con su madre en la playa y yo cogí el mismo. Aquí nos casamos oficialmente, aunque un año antes nos habíamos casado ya los dos solos ante este Cristo. Yo quería hacer el amor de una vez con ella pero se negaba, quería casarse antes, así que accedí a celebrar la boda más íntima imaginable: ella, yo y el Cristo. Compré una rosa roja —ella no quiso más— y nos pusimos delante del altar —donde ahora están sus cenizas— con la iglesia vacía, y prometimos amarnos hasta que la muerte nos separara. Ella lloró de felicidad, y yo también. Era el ser más romántico que he conocido.

 

Se ha llenado la iglesia. Van a dar las seis. Don Agus hace su entrada con otro cura. Don Agus nos casó y ahora, quince años después, le dice la misa de funeral. Es terrible que se haya muerto. Todavía no puedo creerlo.

Recuerdo que en esta misma iglesia nuestra hija hizo la comunión. Una semana antes todos los niños realizaron la confesión general, Isabel no paraba de llorar. No podía contenerse. Quizás recordaba el momento de nuestra boda y lo felices que fuimos. Sin embargo el día de la comunión mantuvo el tipo como nadie. No sé, a veces no la entendía.

Es sorprendente que llevara consigo varias cartas de despedida, era muy intuitiva pero no pensé que lo fuera tanto. Lo que no entiendo es por qué ha querido que lean una carta en su funeral. Va a ser muy doloroso, aunque también, como todo lo que hizo, será romántico y seguro que merece la pena. Ya van a leerla.


R O N D A  3

Javier

Y el viajero que tiene como el cielo los ojos, y que está entre vosotros, ¿me reconocerá?»

¿Soy yo el viajero que tiene como el cielo los ojos? ¿Soy yo?

¿Qué estoy diciendo? ¡No soy yo!, no quiero ser yo. No quiero ser el viajero que ha pasado cerca de ella sin inmutarse y sin reconocerla mientras vivía. ¡No he de ser yo el estúpido que vaya a reconocerla después de muerta! No quiero ser yo el imbécil que ha dejado que se perdiera en el viento. Ahora que eres ceniza, ceniza en el viento, alma en el viento, en la nada, ahora que eres nada, ¡no quiero ser yo tu viajero!

«Vamos Javier, vamos.»

Salimos todos casi en fila. Están dando la mano o besando a los miembros de la familia. Berta me dice que el hombre que está junto a la niña es el ex marido. No puedo dejar de mirarle. Intento ver en él un leve recuerdo de ella, algo, un gesto en la boca copiado o aprendido por la continua relación, ¡qué idiotez! Busco en sus ojos algo de ella. Debería buscarlo en el rostro de la niña, pero no puedo mirarla.

Me repugna ese hombre tan insignificante. Sé que es un hipócrita cuando mira tristemente al escuchar lo que le dicen; hipócrita al dar la mano ofreciendo calidez y agradecimiento, le importa un comino todo esto. Nada le importa. ¿Qué tiene este hombre que pudiera atraer a Isabel? Nada, es un mierda, un chulo, se siente alguien porque fue suya.

Me acerco, le doy la mano fría y asqueado y le miro a la cara por ver si tiene como el cielo los ojos, y me encuentro, lo sabía, con dos círculos marrones gélidos y fuleros, con la mirada de un hipócrita. Y sonrío con suficiencia. ¡No eres el viajero de Isabel! Nunca la reconociste ni la reconocerás.


R O N D A  3

Iñaki

Demasiado densa la carta. No sé exactamente qué ha querido decir pero le agradezco de verdad que no me haya nombrado para nada y que no nos haya hecho llorar. Ha estado bien eso de la primavera, muy propio de su romanticismo. Bien, todo ha terminado ya. He pasado mucho miedo, reconozco que me ha tenido en tensión, pero se ha portado. No ha sido una de sus típicas cartas en las que miente y daña todo lo que puede y más. Estoy casi orgulloso de ella. Buena chica, aunque esa manía que tiene de meter poesía en todo lo que hace estropea las cosas. ¡Qué chorrada con tantos versos de León Felipe y de Alfonsina, ¿a cuento de qué? Pero bueno, así es ella. Lo de León Felipe es una incongruencia. Nadie para enterrar a los muertos es mejor que un sepulturero, él sabe lo que tiene que hacer y cómo hacerlo. Yo no tengo ni idea, ni maldita la gana de enterrar a nadie. Pero bien, ella fue así de romántica y lo ha sido hasta la sepultura. ¡Y qué manía con leer versos de Alfonsina Estorni! A mí me leyó no sé cuántos un día. Se le saltaban las lágrimas por todo. También me las hizo saltar a mí, tan sólo un día, había creado un nuevo poema y me lo recitó varias veces...

«He oído cómo los violines lloran. Yo soy un violín de cuerdas quebradas y notas violeta, un violín que nunca enmudece, un violín ajado y maldito que quiso dar vida a la vida...»

No recuerdo más, casi me lo aprendí de memoria porque en cualquier momento de la conversación, sobre todo cuando me hablaba de su vida pasada, lo soltaba sin más. Me hablaba a lo mejor de su soledad en Segovia, cuando estuvo interna en un colegio, y describía cómo caía la nieve mientras ella la miraba a través de la ventana de una pequeña sala. Se quedaba pensativa, metida de lleno en el recuerdo, y volvía a hablar con los mismos versos...

«Yo soy un violín de cuerdas quebradas y notas violeta, un violín que llora en la noche y busca la melodía de otros violines de la orquesta...»

Y sonreía, y mezclaba anécdotas, unas graciosas, otras desgarradoras, pero siempre con un gran sentido del humor. La verdad es que se reía de su propia sombra. Para quitar dramatismo a las cosas más duras, las contaba con un lenguaje fresco y graciosillo. Y cuando eran cosas tiernas le brillaban los ojos, y también reía, total, que se pasaba la vida o riendo o llorando, no tenía un término medio, no encontraba el equilibrio. Pero siempre terminaba con el poema que había comenzado una y otra vez ...

«Soy un violín de suave textura y desgarradora esencia. Un violín de cuerdas quebradas y notas violeta...»

Y se acurrucaba como una gran niña entre mis brazos para que yo la cuidara. Aquella fragilidad me producía pena, me daba pena, o ternura, o pena, no lo sé. ¡Ya está bien!

Saludo a la madre, a la niña —que se me vuelve a echar en los brazos y dice mi nombre, ¡Iñaki!, tiembla y me hace temblar también a mí— y, ¿quién lo diría?, tengo que saludar al ex. Qué poco gusto tuvo Isabel al escogerle, es un macarra.

¡Por fin, salimos!, me despido de Teresa, de Mirian y del resto del grupo. Ha venido mucha gente. Tengo prisa. Tengo muchas cosas que hacer. Isabel decía que era un cagaprisas, un anti-tiempos-muertos, y se reía de mí porque, según ella, caminaba echado hacia delante y dejaba mi culo detrás...

«¡Pierdes el culo, Iñaki!, ¡no vivas así la vida! Los tiempos muertos son los mejores para recuperar fuerzas...»

¡Tonterías! Eramos muy diferentes.


R O N D A  3

Paco

¡Qué carta más bonita!, lo sabía. Ha conseguido hacerme llorar. Cuando nos casamos me leía relatos y poemas. A mí no se me daba bien eso de entender el significado de la poesía pero ella me lo explicaba... hay que desmenuzar el poema para entenderlo, pero con el corazón, no con la cabeza, la poesía no se entiende más que con el corazón... Durante los cinco años que vivimos juntos me animó a que leyera, y leí bastante, nunca a su ritmo por supuesto. Le gustaba compartir las lecturas conmigo. Me hacía pensar sobre lo que el autor quería decir con aquello. Podíamos estar horas hablando, frente a frente, sobre la cama con las piernas cruzadas. Al hablar elevaba las cejas y abría mucho los ojos como si yo fuera un niño al que hay que contarle las cosas con entusiasmo para que se entere. Hablaba con los ojos, también con su modulada voz que sabía manejar a su antojo: ahora subía el tono, ahora susurraba para que pusiera más atención. Mi afición a leer se esfumó cuando nos separamos, así que tanto interés y entusiasmo por su parte no sirvió de nada.

Parece que nos vamos a quedar aquí y que la gente irá acercándose para saludarnos. Mi niña está mejor. Todos estamos bien. Algunas personas me miran extrañadas, sé que cotillean, saben que soy el ex. ¿Y a mí qué me importa? Soy el ex pero siempre nos hemos llevado bien. Cinco años de novios y cinco de casados dan privilegios. Ella fue más mía que de todos los que están aquí juntos, exceptuando claro a mi hija y su familia directa, su única familia porque no tenía más. Siempre se quejaba de que eran pocos, sólo dos hermanos, su madre, su tía y la nena. Sin primos, ni sobrinos. Menos mal, me dijo un día, y se le saltaban las lágrimas, que tengo un sobrino... ¡postizo! Lo decía por mi sobrino, el hijo de mi hermana.

 

Cada persona nos saluda a su manera, son amables. Algunos están realmente tristes. Hay algunas pibas que no están mal aunque ya son mayorcitas, como ella. Nada, ninguna es mi tipo, son demasiado mayores para mi gusto. Veinteañeras ni una. En la cola hay una pibita, ¿a ver, a ver? ¡Bah!, cómo no, acompañada. Un tío le tiene el brazo echado por los hombros, la ha besado en la oreja. Me da la mano, la miro a los ojos y noto que se estremece, ¡macho, si esto no fuera un funeral iba a durar muy poco esta tía a tu lado!

 

Me estoy cansando de tanta mano y tanta leche. ¡Qué de gente! ¡Vaya, lo que me faltaba!, un imbécil con cara de suficiente que me mira de mala gana y me aprieta la mano como para triturármela. Estoy a punto de romperle el pescuezo aquí mismo. Le voy a dar dos hostias como no pare de mirarme así. ¿Pero de qué vas tío?, ¿por qué me miras? ¡Qué cabrón! Qué autosuficiencia, un estirao de mierda, seguro que un compañero de trabajo, de esos que se creen algo porque tienen un título. Mucho título y ¡mucha polla-floja! Me estoy hartando. Quiero terminar de una vez con esta mierda.

 

Todo el montaje de la muerte de Isabel se me está haciendo eterno. No sé si decirle a mi suegra que la niña y yo no vamos a lo de las cenizas. ¡Vaya capricho! Encima la madre dice que, en la carta que le ha dejado, propone que si resulta muy complicado y costoso tirar las cenizas en Llanes que las metan en un pequeño nicho, que no le importa demasiado. Pero nada, la madre está empeñada en esparcir las cenizas sobre el mar, así que no hay nada que hacer. Sólo deseo de una vez por todas irme ya con la niña. Está hecha polvo. No sé cómo voy a lograr arrancarla de esta casa. Cuando le he dicho que nos vamos nada más volver del norte y que vendemos o damos las cosas que hay aquí se ha vuelto loca. Lloraba y gritaba histérica, no quiere vender nada, ni regalar nada, dice que ésta es su casa y que no piensa deshacerse de nada. Encima tengo que llevarme a las dos gatas siamesas porque eran de su madre y de ella. No sé qué voy a hacer.


R O N D A  4

Javier

Ya no sale nadie más de la iglesia. Ella está dentro, sola. Tardarán en recoger el cofre con sus cenizas. Tira de mí. Voy a entrar de nuevo. Entro y no quiero impedirlo.

Han apagado algunas luces. Tan sólo el altar está encendido. Me acerco por el pasillo central. Estoy loco, al borde de la locura, pero no puedo contenerme, quiero tocar la textura del metal, oler las margaritas amarillas que la rodean, vibrar con la luz que desprende este cuadro impresionista. Mirar y tocar como si fuera la primera vez, o la última. Estoy sentado en los escalones junto al cofre, y no percibo el frío metal en las yemas de mis dedos porque mientras lo acaricio estoy tocando sus mejillas, sus párpados, su cuello... y me sonríe, y huelo la fragancia de su piel recién lavada y cubro toda mi cara con su pelo, y ella me dice: viajero que tienes como el cielo los ojos, ¿me reconoces ya?

Alguien me llama, es ella. Estoy sumido en un ensueño del que no puedo salir, ni reaccionar. Están tirando de mí y sigo inmóvil. Me están gritando, Berta me grita, tiene los ojos desorbitados, oigo que me grita de lejos y no la entiendo, me zarandea. ¡Tengo que contestar a Isabel!, y me oigo, me he oído gritar en el hueco de la gran bóveda de la iglesia: «¡yo soy el viajero que tiene como el cielo los ojos!».

 

«¿Qué ha pasado?»

Berta está junto a mí, y Pilar, y Pepe, todos me miran desde arriba. Estoy tumbado pero no sé dónde.

«¿Qué pasa?», oigo que pregunto.

Berta me sonríe y me acaricia.

«No es nada. Te has desmayado. El calor, el calor y el olor de las flores. Te has desmayado.»

Me ayudan a levantarme. Apenas me sostengo. Me sientan.

¡Isabel!, no, no, otra vez no, no quiero pensar. Esto es una pesadilla, me siento igual que si fuera un sueño, igual que aquel día en el que tuve el accidente y el coche dio un par de vueltas y me vi allí atrapado. Es lo mismo, es como una película, como si yo no fuera yo, como si estuviera soñando... Esto no me está pasando a mí. ¡Isabel! El suelo se hunde, es el vértigo. He de reponerme, nada ha pasado, esto es un ataque de ansiedad. No estoy loco, sólo es una crisis de ansiedad, sólo eso. He respirado demasiado, a bocanadas, he hiperventilado, respiro a bocanadas, mi cerebro está saturado de oxígeno. Pido una bolsa de plástico. Me miran como si estuviera más loco todavía, no importa, me da igual. Consigo explicar que necesito la bolsa para respirar menos oxígeno y que se me pase el mareo y este hormigueo estúpido de los dedos. Por fin encuentran una. Comienzo a respirar metiendo la nariz y la boca dentro de ella. En un minuto, en un minuto estaré mejor. Siento todos mis músculos relajados, mis pulmones relajados. Berta me lleva a su casa que está más cerca que la mía.


R O N D A  4

Iñaki

¡Qué pesadas son las mujeres! ¿Qué querrá Teresa ahora? Dice que se encuentra mal. Que está muy triste por lo de Isabel; que no sabe si ir a Llanes para lo de las cenizas. No sabe si tendrá fuerzas para soportarlo. Lo que tiene que hacer es no ir. ¡Vaya complicaciones que se busca la gente! También Isabel... fue retorcida. Es mucho más fácil para la familia enterrarla en cualquier cementerio. Pero no, ella tiene que dar la nota siempre. Egocéntrica y folclórica hasta la sepultura.

Vaya cara que trae Teresa. Tiene los ojos hinchados de llorar...

«¿Cómo puedes estar tan sereno?»

«¿Por qué no habría de estarlo?»

«Eres la persona más insensible que conozco. Yo era su amiga pero tú fuiste más, mucho más.»

¡Está loca!, está como una cabra.

«¿Pero qué dices?, Isabel y yo fuimos amigos sin más. Bueno, alguna vez hicimos algo más, pero eso es habitual entre personas maduras. Al ser amigos es más fácil, en un momento dado, tener una relación sexual, si te refieres a eso.»

«¿Una relación sexual? Ella te quería y ¡tú la querías! ¿Cómo tienes el valor de negar que entre vosotros existió algo mucho más fuerte que una amistad y mucho más fuerte que una relación sexual esporádica?»

«Mira, yo no sé lo que te contó Isabel pero te aseguro que entre nosotros había una buena amistad hasta que lo estropeó con querer atarme. Pretendía tenerme controlado. Quería que habláramos todos los días y nos viéramos con frecuencia. Yo la quería como amiga pero ella se empeñó en que fuéramos más.»

«¿Amigos?, estuvisteis con los niños, con todos vuestros hijos, juntos en un cámping. Los fines de semana que tu «ex» te dejaba a los niños los pasabais con ellas dos. Incluso alguna vez durmieron en tu casa. Viajaste con Isabel a varios sitios. La llevaste, según me dijo, a un santuario que deseaba ver desde hacía más de veinte años. Vivisteis juntos durante el verano mientras los niños y su hija pasaban las vacaciones con los «ex». ¿Es esa una relación con una amiga? ¿Acaso conmigo que te conozco de mucho más tiempo has hecho alguna vez todas esas cosas? Negaste a Isabel la relación que tuvisteis, se la negaste siempre y la hiciste sufrir, yo lo sé, pero ¿por qué te la niegas también a ti mismo?»

«Esto es horroroso. Fue una indiscreta y una cotilla, ¿cómo te ha contado estas cosas? ¡Para un día que salimos por ahí! Para un día que fuimos con los niños a algún sitio. Yo no he tenido nada con ella, ¿entiendes? Y no tengo más que hablar. Lo siento pero no quiero volver a hablar del tema, adiós.»

Increíble, esto es increíble. Era una intrigante, una bocazas. Sabía que odio los cotilleos, que valoro mucho mi intimidad. ¿Por qué ha tenido que contar tantas cosas? ¿Hasta dónde ha llegado? Las mujeres son todas así, cuentan hasta lo más íntimo. No quiero saber nada más de ella. No quiero volver a recordar nada. Viví una pesadilla por su culpa y no voy a recordar nada más. ¡Basta, basta!


R O N D A  4

Paco

La niña se ha acostado. Siento verdadera curiosidad por leer las cosas que tiene por aquí. Y tiene muchas, montones de folios con cosas escritas: algunos son poemas, otros relatos grapados, y recortes de periódicos y libros y más libros. No sé por dónde empezar y me gustaría saber si algo de aquí es publicable, sería ideal puesto que no tengo un duro y ahora debo mantener a la niña. Lo que pasa es que tendría que hacer una selección y enviárselo a alguien que entienda, por si acaso. Aunque si ella no lo ha publicado es que no vale nada.

Relatos al atardecer, estos cuentos al menos están ordenados. ¡«La basura»!, vaya título para un relato.

«Él trabajaba de vigilante jurado en el metro de Madrid de seis de la tarde a dos de la madrugada.»

Esto es sobre mí, ¡vaya por Dios!, y está fechado en el 84, hace once años. Vaya, vaya, qué interesante.

«Cuando llegaba a casa Marta dormía profundamente y, por más que arrimaba su dotación masculina a las cálidas nalgas de su mujer, lo único que recibía eran quejidos y un déjame-por-favor-estoy-dormida.»

¡Desde luego!, jamás quería hacer el amor a esas horas, con lo magnífico que es, y eso de «Marta» es para que no la reconozcan, está claro que es ella, a mí no me puede engañar cambiando el nombrecito.

«A las seis y cuarto de la mañana sonaba un estridente despertador, el único en el edificio vacío de tres pisos. Marta tenía que levantarse con el tiempo justo para la ducha y el café. Le aterraba la idea de tener que echarse a la calle y caminar cuesta arriba hasta llegar al punto donde el autocar de su trabajo la recogía cada mañana a las siete menos cinco. Quince minutos de eterna subida, resoplando por el esfuerzo y tragando el aire gélido del invierno.

»Cuando sonaba el despertador y pensaba en aquel esfuerzo de cada mañana un escalofrío le recorría el cuerpo y la angustia se apoderaba de su garganta. Lloraría todas las mañanas si tuviera tiempo, pero no lo tenía. Junto a ella, el cuerpo caliente de Andrés...»

¡Vaya a mí también me ha cambiado el nombre!

«...y el vago recuerdo de un entresueño en el que él se arrimaba para hacer el amor de madrugada. Sin moverse mucho, para no despertarlo, metía su cara dentro de las mantas y acariciaba con su mejilla la espalda de su marido, sintiendo el cálido olor de su cuerpo siempre desnudo; imaginando, intuyendo su sexo floreciente al alba. Un leve beso en la espalda marcaba la despedida...»

¡Y una leche!

«Se levantó de la cama y fue a ver a Elena.»

Será mi hija, claro.

«Estaba dormida. De nuevo el nudo en la garganta. Aquella criatura tan amada, tan dulce, tan pequeña, dormía plácidamente después de jugar hasta cerca de las dos de la madrugada. Marta pensó en Andrés y sus juergas después de salir del trabajo. Pensó en el descontrol de los horarios de su hija, y la angustia se le hizo insoportable.

»Con el ruido del agua de la ducha consiguió llorar y expulsar su rabia. El llanto logró relajarla, pero quedó inmersa en una lentitud que sólo conoce la tristeza.

»Al fin pudo salir de casa con el tiempo justo para lanzarse a aquella subida interminable hasta el paseo donde paraba su autocar.»

Habla como si la subida fuera al Everest ¡y con dos zancadas ya estabas arriba!

«El aire frío entraba en sus pulmones y le hacía toser. Le dolía la espalda por el esfuerzo de la subida. Aun así, a ráfagas, su cerebro no dejó de mandar mensajes durante el recorrido. "Si él no se fuera con sus amigotes después de salir del trabajo a las dos de la madrugada, si no se fuera con ellos —vete tú a saber con quién y dónde se irá a esas horas todos los días de la semana—, si llegara a las dos y cuarto a casa, dormiría hasta las nueve, que es más que suficiente, levantaría a la niña a esas horas, le daría el desayuno y arreglaría algo la casa —hacer las dos camas y preparar la comida, ventilar, dos camas y la comida—. Dios mío, es poquísimo y ni siquiera lo hace. Todo nuestro problema viene de las juergas con sus amigos. Llega tarde, a las cuatro, las cinco, incluso una vez a las siete menos veinte de la mañana, justo cuando tenía que salir ya de casa para irme. Ese día tan sólo tuve tiempo de decirle, al ver su sonrisa: 'Eres un cabrón, ya hablaremos'. Pero con él nunca puedo hablar, sólo dar alaridos. Me saca de quicio. Se levanta a la una del medio día y la niña duerme igual que él, se ha acostumbrado al horario de su padre. Se levantan a la una. Entre pañales y cambio de ropa desayunan cerca de las dos de la tarde y luego juegan, juegan en la cama hasta que yo llego destrozada del trabajo a las cuatro. Destrozada y muerta de hambre. ¿Y qué me encuentro? A las cuatro de la tarde están todas las luces encendidas como si fuera de noche puesto que a él no se le ha ocurrido, a pesar de que lo digo millones de veces, levantar las persianas para que entre la luz del día. La casa huele a cerrado, a orines de la nena, a sudores nocturnos, a tabaco. Pero la niña me sonríe siempre y yo sonrío por primera vez en el día. Me sonríe y me cuenta en su idioma particular que se lo esta pasando pipa con su padre en la cama deshecha. Y yo, Dios mío, ¿yo qué voy a hacer? Me derrumbo ante tanta hermosura, ante tanta alegría, y la abrazo y la beso, y pienso que debo resistir por ella, porque es lo más importante de mi vida, lo único que me mantiene viva." Camina ya exhausta y siente una continua punzada en la garganta. Mira el reloj: son las siete menos cinco y aun le queda una última calle para llegar a la parada del autocar. "Ojalá me pusiera enferma, con fiebre, para tener una excusa y faltar al trabajo unos días. Pero mi propia naturaleza no me permite siquiera unas décimas que justifiquen mi ausencia en el trabajo, nunca tengo fiebre, y encima esta estúpida escala de valores y de responsabilidades que tanto me limita."»


R O N D A  5

Javier

Me cuida como una madre. Tiene gracia, no deja que me vaya a casa. Está empeñada en que me quede a dormir.

«No debes estar solo después de lo que te ha pasado».

Insiste una y otra vez.

«¿Por qué volviste a entrar en la iglesia? Estuve buscándote unos minutos entre la gente que aún permanecía despidiéndose. Al no encontrarte se me ocurrió entrar en la iglesia y te vi medio tirado cerca del cofre de las cenizas», lo dice asustada como si hubiera visto algo horrible.

«No pongas esa cara, que no es para tanto. He intentado explicarte ya cómo me sentí en la misa con la lectura de la carta, cómo me sentí después: una fuerza irresistible, imparable, me atraía hacia allí dentro. Las palabras de Isabel me han conmovido. Berta, no sé lo que me ha pasado, siempre me han dado miedo y asco los muertos. El solo hecho de pensar en venir al funeral me producía una desazón terrible. No lo he soportado nunca... Y además yo... amaba a Isabel.»

¡Lo he dicho!, ¡por fin lo he dicho!

Soy como un niño bajo la mirada alucinada de mi amiga; hablo y mientras lo hago a ratos me avergüenzo de mi inmadurez, de mis tonterías. Pero a ella no puedo negarle los hechos, es una buena amiga, y también lo fue de ella. Necesito que me hable de Isabel. Pero yo no dejo de hablar, le cuento, me cuento cómo la conocí hace un mes, aquí en su casa. He estado con ella sólo tres veces: el día de las diapositivas; dos días más tarde en casa de Mirian y en la cena de Pepe, cuando luego fuimos a bailar. La noche del baile, una semana antes de morir.

«Esa noche, Berta, mientras bailábamos, yo notaba que había algo que estaba creciendo entre los dos. Lentamente, muy lentamente. El primer día, aquí, me enamoré de su voz y de sus ojos, de su charla amable, de su risa, pero me dio miedo su carácter, su vigor, su energía, su firmeza, su inteligencia. ¡Si supieras cuánto me arrepiento de no haberme aproximado un poco a ella para conocerla mejor!; me arrepiento de colocarme ese típico parapeto para la defensa, esa coraza inexpugnable, desmedida, para que su risa no penetrara y me hipnotizara como una sílfide.

»La segunda vez que la vi, en casa de Mirian, ¿recuerdas, Berta?, el día en que hicisteis obras de teatro y leísteis cuentos. Ella leyó uno muy tierno en el que hablaba de su niñez..., de su calle que era un barrizal. ¿Te acuerdas?»

Se ríe, ¿de mí? Rebusca en el pequeño baúl que le regaló su hermano.

«Tengo muchas cosas de ella: cartas, poemas, tengo incluso ese relato que leyó aquel día.»

«Déjamelo todo, por favor.»

Me lo entrega con un poco de miedo.

«Tendré cuidado, es un tesoro que no voy a estropear».

Sonríe. Se fía de mí. Y, mientras acaricio cada página y leo por encima algún verso, posa sobre una de mis manos una foto de Isabel y me estremezco al verla. Y por tenerla cada vez más cerca, estando tan lejos.

«Dime Berta, ¿cómo la conociste?»

Poco ha podido contarme, está muy afectada a pesar de no aparentarlo bajo su aspecto de mujer resuelta y dura. Ha decidido ir a preparar la cena. Una excusa para no seguir. Se conocieron —qué envidia— hace diecisiete años. Estudiaron juntas la carrera. Isabel se casó muy joven, tan sólo tenía veintiún años. Era tímida y tierna. Dice que jamás conoció esa faceta que algunos le reprochaban, su brusquedad al decir las cosas. Dicen algunos que era poco diplomática, soltaba todo como lo sentía, sin pararse a pensar hasta dónde podía herir o hasta dónde metía la pata. Asustaba a los que no la conocían, pero sus verdaderos amigos no tomaban demasiado en cuenta su rudeza porque si se pasaba no tardaba ni un minuto en pedir disculpas, y si no las pedía era porque estaba convencida de poseer en ese momento la razón, y, hay que reconocerlo, habitualmente la tenía.

La cena ha sido magnífica por su sencillez, por la familiaridad con que me la ha presentado. Sólo pegaba algo así. El café completa la sensación acogedora que tengo. Estoy sentado en el mismo sillón que aquella noche, con la taza de café en las manos, observo el sillón donde estaba ella. También a Berta que está sumida en sus pensamientos. Ha pegado un gran cambio, un bajón. Esta tarde parecía serena, incluso a veces fría, pero ahora se le ha quedado un gesto de dolor en el rostro y por un momento me recuerda la imagen de una santa que vi alguna vez en un paso. Tan sólo le he preguntado «¿qué te pasa?», y es la señal que necesitaba para reventar un llanto contenido de días, para soltar las riendas del encabritado dolor que libraba una batalla consigo mismo, constreñido y limitado, en algún rincón secreto de su alma. La abrazo, y su llanto convulsivo me sumerge en el desgarro que siente, porque la amó, como yo pude amarla y no me atreví. Pero mi consciencia de esto, mi certeza de que yo la habría amado, igual o más, comprime también mi pecho hasta hacer reventar mi garganta con su nombre.


R O N D A  5

Iñaki

Quizás me he pasado con Teresa, pero no puedo soportar que Isabel haya contado cosas nuestras. Esta gente habrá pensado, con tanto rollo de que salíamos con nuestros hijos, por lo menos ¡que estábamos a punto de vivir juntos!, pero ¡qué payasada! Ante todos debo de ser un cerdo, otro más en su vida. Tiene obsesión porque todos los hombres se han portado con ella como cerdos, y ahora mis amigos pensarán que lo soy. Encima ella es la muerta, la mártir, la maravillosa mujer abandonada. Yo sólo quería ser amigo, sólo eso, se lo dije un día: quiero sólo amistad, nada más. Pero ella ansiaba más, mucho más, por eso me mandó esta carta, ¡esta asquerosa carta que tanto daño me hizo!: por las mentiras, por las exageraciones, por sus reproches, pero ¿qué coño me va a reprochar a mí una tía que nada tiene que ver conmigo?, ¡estaba loca!

Querido Iñaki:

Comienzo a escribirte y no sé exactamente si al final será carta o diario; una sencilla declaración de sentimientos o una terapia individual. Ni siquiera estoy segura si tendré valor para mandártelo. Sólo sé que quiero hablarte, explicarte por qué he decidido que no nos veamos en algún tiempo, por qué necesito alejarme de ti. Deseo volver a ti como tú quieres, siendo sólo amiga.

El diálogo frente a frente desde el día de El Pardo se me hace muy difícil, quizás por la velocidad con la que al hablar soltamos las ideas, una detrás de otra sin terminar de explicar lo que sentimos realmente. Con esa velocidad con la que hablamos todo queda en la superficie y las ideas nunca llegan a madurar y a ser digeridas por el otro. Quizás también se me hace difícil comunicarme contigo después del Pardo porque la coraza que nos protege, y que apenas habíamos comenzado a abrir, se ha vuelto a cerrar y no nos permite ver, ni comprender. Tenemos miedo a que conozcan nuestra vulnerabilidad, yo no lo tengo ya. Hoy me abro aún más a ti sin miedo a nada.

Estoy tranquila y paladeo cada una de mis palabras que van saliendo sin más. Saboreo incluso el dolor que me produce escribirte. Y digo «saboreo» porque, aunque como ahora llore, siento que estoy viva y cargada de sentimientos. No todo el mundo tiene la suerte de sentir como yo, de vibrar como yo.

¡Tengo tanto amor dentro de mí que podría amarte toda la vida! Esto no lo puede decir mucha gente: «amarte toda la vida». Sin embargo tú me lo dijiste una noche en el cámping haciendo el amor, pero ya no te acuerdas. Me preguntaste llorando (llorábamos los dos) mientras nos amábamos: «¿Dónde has estado metida estos años? Voy a amarte toda la vida»; y yo te dije: «Quiero darte toda la felicidad que no te han dado y hacerte olvidar el daño que te han hecho», y te vi llorar mientras me amabas, y todo tú estabas dentro de mí, tan dentro de mí que no puedo sacarte como pretendes.

No sé dónde estarás sentado leyendo esta carta (sí, carta, porque he decidido que te la voy a mandar). Me gustaría que estuvieras sentado en tu sofá, el que está frente a la tele, donde pasamos muchas horas con las piernas y los brazos entrelazados y besándonos de cuando en cuando, mientras hablábamos de mil cosas y reíamos, mientras disfrutábamos de nuestra pereza de salir y decidíamos qué comida nos íbamos a hacer. O también, y sobre todo, me gustaría que la leyeras en tu cama en la que reímos y lloramos bajo las sábanas que cubrían nuestra ternura.

Recuerdo la primera vez que te enfadaste conmigo. Fue en Albarracín, ya ves, me habías llevado a un lugar maravilloso con el que estuve soñando veintisiete años, y cometí el error de poner mala cara cuando me enteré que habías cenado el día anterior con Carmen. Reconozco que soy un poco celosa, pero no fueron los celos los que me hicieron sentir mal, fue tu misterio, el no querer decir abiertamente dónde habías estado, el no querer compartir conmigo cosas tan sencillas de tu vida. No intento disculparme ni nada, ni siquiera sé por qué te cuento esto. Supongo que pensarás que estoy removiendo cosas ya pasadas, que nada va a cambiar, que para qué recordar todo. Es cierto, no voy en esta carta a ir paso por paso recordando cada momento bueno y cada error que cometimos. Pero déjame que añada que no hay que darle tanta importancia a lo que tú llamas independencia o libertad. Porque el que yo quiera saber de ti, hablar contigo cada día por teléfono o verte un par de veces por semana, no te quita la libertad que tienes de hablar con otras personas, de verlas, de cenar con ellas. El hecho de ocultar las cosas, de tener secretitos, no da más libertad, la libertad está en poder hacer lo que queramos sin tener que demostrarnos, constantemente, a nosotros mismos que somos libres.

Cuando estoy contigo, en esta época en la que sólo hay amistad, siento que hay un imán entre tú y yo, una complicidad extraordinaria, un gran cariño que puede durar toda la vida, sí, pero yo te amo, y cuando estoy cerca de ti necesito que me abraces, besar tus labios, acariciar tus párpados, besar tus mejillas, hacer el amor contigo, decirte que te amo. Durante este tiempo he intentado controlarme y casi lo he logrado: cuando hemos estado cerca he estado a punto muchas veces de besarte, de acurrucarme entre tus brazos, todo lo he podido controlar, aunque luego al alejarme de ti me haya embargado una inmensa tristeza y a veces desesperación. Lo que no he controlado del todo es decirte que te quiero. Se me ha escapado varias veces en estos tres meses y a ti no te ha sentado bien, lo entiendo, está fuera de nuestro pacto. ¡Nuestro pacto!, bueno, es en definitiva el tuyo, porque yo quisiera estar como antes.

Iñaki, voy a volver a ti como amiga, te lo prometo. Espero que me estés esperando, que cuando algún día te llame, preparada para una relación sencilla de amiga, te alegres de mi llamada y nos vayamos a cenar, y bebamos alguno de tus vinos, y nos riamos de esta época que para mí ha sido tan impactante pero que en realidad el tiempo y la distancia puede borrar, ¿o no? No lo sé, quizás nunca desaparezca lo que siento por ti. En ese caso me rendiré y volveré a ti, sin más, pero prometo no decirte lo que siento si tú no me lo preguntas, y espero que no me lo preguntes si no me amas.

Me gustaría saber, al menos, si te ha llegado esta carta. Llámame. Si lo deseas podemos hablar, pero si no, deja tu mensaje después de oír la señal, aunque no te llame.

Te beso.

Isabel

R O N D A  5

Paco

«El autocar llega justo en el momento en que Marta asoma por la esquina, casi lo pierde. Sube y se sienta al final porque ya viene lleno. Está ahogada. Le avergüenza su respiración sonora en el silencio de aquel autocar. Nadie habla. Todos dormitan. La única satisfacción que va a tener a lo largo de la mañana va a ser precisamente esos tres cuartos de hora de autocar, calentita, sin preocuparse por el tráfico, tan sólo permanecer recostada en el asiento, dejando el cuerpo relajado hasta quedar en un entresueño magnífico y reconfortante. "Si él no se fuera de juerga cada noche después de salir de trabajar Elena comería a su hora y yo también, pero sobre todo la niña se dormiría pronto. Imagínate por un momento que la pequeña se durmiera a las nueve de la noche, como todo ser humano a su edad, pero no, se despierta a la una de la tarde y se duerme alrededor de las dos de la madrugada, y yo me levanto a las seis y cuarto. ¡Dios mío, duermo entre cuatro y cinco horas al día!, sólo eso, y encima cuando llega su excelencia, con el sexo en pleno apogeo, pretende que me ponga a hacer el amor rompiendo mi escaso sueño. Tan sólo hacemos el amor una vez a la semana, cuando él libra, la única noche que estamos juntos, y para más inri, como tiene el sueño cambiado, en vez de charlar y quedarnos dormidos en un abrazo, se levanta y se va a leer al salón. Hemos hablado mil veces de nuestro problema, pero se cabrea y al final siempre consigue hacerme callar porque me vuelve loca. Dice que él por mí lo dejó todo, pero ¿qué dejó? Dejó un trabajo esporádico de submarinista —¡qué bien suena esa palabra!—. No era un trabajo magnífico como el de Cousteau, no, él construía emisarios de doscientos metros, es decir, colocaba tuberías para soltar la mierda de la ciudad al mar. Ni siquiera era un trabajo seguro, tres meses en Málaga y seis parado, dos en Palma y tres parado. ÉL se sacrificó, dice, se sacrificó por mí y se quedó en una ciudad que odia, por eso necesita divertirse con sus amigos para, al menos, pasar buenos ratos en esta ciudad que le agobia. Echa de menos el mar, ¿y quién no? Echa de menos el sol, el tirarse en la playa antes, durante y después de trabajar, ¿y quién no? ¿Acaso a mí me gusta mi trabajo? Yo lucho para conseguir algo mejor. Trabajo y estudio una carrera y nadie sabe lo que me está costando. Las escasas horas que duermo a veces se ven asaltadas por pesadillas en las que veo que nunca acabo, que jamás apruebo, que tengo que presentar trabajos y no los puedo terminar, que tengo exámenes y no llego a presentarme porque él está de juerga y no aparece. Y son sueños reales, ésa es mi verdad. En la facultad ningún profesor me conoce, y me salvan dos compañeros que me pasan apuntes porque saben que trabajo y tengo una niña, y encima, para colmo, él no entiende que alguien ofrezca algo a cambio de nada. Cree que de alguna forma les pago su ayuda, es un cabrón."

»A las tres, Marta salió del trabajo. Mientras volvía a casa, de nuevo en el autocar, esbozó una leve sonrisa. "Hoy es martes y Andrés libra. Toda la tarde para los tres y, con un poco de suerte, parte de la noche los dos juntos aunque eso repercuta en mi propio sueño. Dormiré menos de cuatro horas, pero da igual." Un pensamiento cotidiano ensombreció su sonrisa, al llegar se encontraría las persianas bajadas, las luces encendidas, los olores, la comida sin hacer. "No importa, no importa. Hoy no me enfadaré, al fin y al cabo es un día especial. Arreglaremos la casa entre los dos, haremos la comida, incluso podría echarme una siestecita para así estar luego despejada, ¡por un día que la niña no vaya al parque da igual! —la soledad de las madres en los parques es indescriptible—."

»La tarde se desarrolló apacible. No hubo siesta porque era demasiado maravilloso estar los tres juntos, Marta no quiso desperdiciar el tiempo.

»Después de que la niña se durmiera se metieron en la cama como los amantes añejos que se aborrecen y se aman, y a los que la mayoría de las veces les embarga la indiferencia o el cansancio.

»Él se levantó porque no tenía sueño.

»—Andrés, se nos ha olvidado bajar la basura y te lo he dicho varias veces esta tarde. Yo estoy harta de bajarla cada día.

»—Ya sé, ya sé que cuando libro me toca a mí. No te preocupes que lo haré. Duerme. Te cierro la puerta para que te duermas —Marta no oyó más, cayó en un sueño profundo.

»A las cinco de la madrugada se despertó con unas inmensas ganas de ir al baño. Fue entonces cuando se dio cuenta de que Andrés no estaba. ¡Las cinco de la mañana y Andrés no estaba! Recordó que le había pedido que bajara la basura. "¿Pero qué es esto, las cinco y no ha bajado la basura?" Esperó un rato en el salón fumando. Los minutos pasaban y él no subía. Empezó a ponerse nerviosa.»


R O N D A  6

Javier

Se ha dormido, aunque de vez en cuando tiene pequeños estertores, suspiros, restos del llanto. Mueve sus ojos bajo los párpados, está soñando. Quizás ve a su querida amiga, y cómo se escapaban juntas de la clase de redacción periodística porque el profesor se adormecía, dos mujeres casadas comportándose como risueñas quinceañeras. Quizás recuerda aquellos momentos duros de su enfermedad en la que Isabel fue una de las pocas personas que, sin miedo al contagio, la visitaba para contarle chismes que le hicieran reír; o le relataba la desesperante y patética relación con su marido para que viera que ella también era desgraciada. Quizás en su sueño, recuerda las notas del Adagio de Albinoni que las hacía llorar a ambas pensando en la muerte de alguna de las dos. Sobre todo en la muerte de Berta a la que, por error o por poca fe en la ciencia, habían dado dos años de vida. Isabel unas veces le decía, ¡ya veras como vives más que yo! —y así ha sido— y otras, cuando Berta le razonaba, con su lógica habitual, los hechos irrefutables de su futuro incierto, Isabel se volvía melancólica y le pedía a su amiga que le hiciera alguna señal desde el otro lado... «pero sin asustarme, porque sabes que esas cosas de la otra vida me dan terror...»

 

He dejado a Berta bien dormida al cuidado de sus hijos. Tenía verdaderos deseos de llegar a casa para mirar, tocar, sentir a Isabel. Miro sus ojos claros de mar, verdes como el mar Cantábrico, en el que quiere fundirse para siempre. En el que quiso fundirse desde hace muchos años, desde que era una adolescente.

«Cuando pasen los días en mi vida, y mi alma tenga deseos de llorar; cuando mis recuerdos de alegría nublen mis ojos al mirar, volveré a esa tierra bendita, a ese puerto, con esa mar. Y allí sentada en aquella roca, con el viento en mi cara y la mar a mis pies, lloraré, y aquel mar que tanto quiero sin ya dudarlo mío será y yo seré de él. Cuando pasen los días en mi vida, y sola y con penas me halle, allí marcharé, porque no creo que en mi patria haya lugar de más consuelo que aquella que yo más quiero la tierra de mi querer.»

Tan sólo tenía quince años cuando ya anunció su viaje a Llanes, su vuelta para fundirse con el mar que tanto quería; para unir su esencia marina, sus lágrimas, con el Cantábrico. Y murió precisamente en su viaje a Llanes. Quería ir sola al encuentro con su mar.

«Cuando mis recuerdos de alegría nublen mis ojos al mirar, volveré a esa tierra bendita, a ese puerto, con ese mar, y allí sentada en aquella roca, con el viento en mi cara y la mar a mis pies, lloraré, y aquel mar que tanto quiero sin ya dudarlo mío será y yo seré de él.»

Pero no logró llegar, y ella lo sabía, por eso guardó en sus bolsillos las cartas de sus deseos, tenía miedo de no cumplir la promesa que le hizo al mar, por eso quiere que sus cenizas se esparzan allí, que las tiren desde esa roca. Quiere fundirse con el viento y el mar, diluir su esencia con la misma naturaleza para sentirse viva eternamente. Fundida en el viento, en el mar, en el recuerdo de todos nosotros; de todos los que veamos, por un segundo, suspendidas en el aire, dos galaxias de corpúsculos esmeraldas que fueron sus ojos; suspendida en el aire, por un segundo, la orquesta de amapolas rubí intenso bañadas de alborada que conformaron su boca; suspendidas en el aire, por un segundo, dos cortejos de millares de palomas blancas que fueron sus manos. Quiere perdurar en el recuerdo de los que la amamos, pero no nos permite que tengamos un nicho o una lápida para visitarla, un lugar para adornarlo con margaritas, un pequeño rincón donde nuestro llanto, al caer, limpie el polvo de las letras de su nombre. Sólo quiere estar fundida en el viento y el mar, y ser ráfaga de aire para refrescar nuestras mejillas. Quiere ser el aire fresco y limpio que entre en nuestros pulmones, y darnos vida, y limpiar nuestro oxígeno enrarecido.

«Estoy pidiéndole al sol que me preste un rayo de luz para formar un amanecer en la oscuridad de mi alma, y ser sol, aurora y vida y ser los dos un suspiro azul.»


R O N D A  6

Iñaki

¿Por qué?, ¿por qué me escribiste esto? ¿Es que tenías que creer a pies juntillas todo lo que te dije en cada momento? ¿Es que no se puede hablar sin que cada palabra sea registrada en el cerebro para luego reprocharlo un día y otro día, ¡y otro, y otro más! Por eso contesté a tu carta con otra, con toda la ira y la mala leche del mundo, para que te dieras cuenta del vacío que tenía dentro de mí. Sí, cogí un DIN A3 —me lo reprochaste siempre—, uno de esos enormes que son como dos folios juntos. ¿Dónde está?, ¿dónde está la copia? ¡Aquí!, es como una sábana blanca, ¿verdad? Te dolió, lo sé, sábana blanca y un mínimo texto en el centro para que vieras lo poco que me importabas. ¡Voy a colgarlo aquí!, ¡frente a mi cama!, para verlo siempre que me acueste y dormirme cada noche con la convicción de que lo que hice estuvo bien, te lo merecías.

Isabel:

1º Acuso recibo como pides. Por cortesía.

2º Doy por terminado este juego. Al leer tus líneas he tenido la sensación de estar en un planeta diferente.

3º Asumo mi culpa si alguna de mis expresiones o manifestaciones han dado origen a este embrollo desagradable, por lo que te pido aceptes mis disculpas por ello. Esto me corrobora que debo ser más cauteloso con mis palabras y mis relaciones para el futuro, por lo que tomo buena nota. Adiós.

Iñaki

¡Demasiado amable fui!, ¿por qué tuve que pedirle disculpas?, ¿por qué? Ella era la mentirosa. ¿Decir yo que la iba a amar toda la vida?, ¡estaba loca!, completamente loca, como mi ex, ¡como todas! La mínima manifestación de cariño, la mínima cosa amable que le digas a una mujer y, ¡ya está!, creen que es para toda la vida.

Poemas y más poemas, y cintas, ¡estas cintas que voy a tirar!, ¡todas!, la de Gloria Estefan que tanto te gustaba con esa estúpida canción de ojos claros de luna. ¡Quiero tirarlo todo!, ¡todo!, ¡pisotearlo todo!, pisoteada, ¡y a ti por el daño que me estás haciendo! ¡Basta!, ¡basta!, ¡calla!, ¡vete de mí!, ¡Vete con tu risa, y tus poemas, y tus caricias y tus recuerdos, y tus besos que me repugnan, me repugnan, y tu odioso mirar de niña tierna, y tu estúpida manía de quererme y tu insoportable olor! ¡Vete!, ¡vete!, vete de mí, por favor, vete de mí...! Dios, ¡Dios!, ¿qué estoy haciendo?, ¿pero qué estoy diciendo?

Esta cama, en esta cama aún huele a ti. Cuántas veces en esta cama te dije que te quería. ¡Cuántas veces acaricié tus labios con los míos! Y tus ojos me envolvieron con ternura; cuántas veces bajo las sábanas estalló nuestro llanto de amor, de vida, ¡tan llena de vida! No podíamos contener el llanto, no podía contenerme, llorábamos de felicidad mientras te decía ¿dónde has estado metida estos años? ¿Dónde has estado metida estos años?, ¿dónde estás metida ahora? ¿Dónde están tus brazos que tanto me abrigaban?, ¡que tanto me mecían cuando los problemas, mis hijos!, cuando mis hijos... cuando no me los daban. Tus brazos, tus manos en mi cara y yo entre tus brazos, oliendo tus brazos, tan tiernos, tan cálidos, tu olor a flores y rocío, ¿dónde están tus brazos? ¿Dónde tu pecho que sostenía mi cabeza dolorida?, y mi sueño, y mi ansiedad, y mis penas; ¿dónde están tus ojos llenos de amor sólo para mí? ¿Y tus labios que besaron cada rincón de mi cuerpo ajado y maldito?, ajado y maldito, como tu alma violín, como tu alma violeta, como las margaritas ajadas..., como tu cuerpo hecho ceniza..., ceniza, tus brazos ceniza, tus mejillas ceniza, tu voz ceniza, ¿dónde está tu esperanza en mí, tu fe en mí, tu pasión por mí, tu locura por mí? ¿Dónde están tus palabras de consuelo, tus consejos de amiga, tu lógica indiscutible, tus ánimos infinitos, tu infinita paciencia conmigo, tu adaptabilidad a mí, tu compenetración conmigo?

¿Dónde estás, Isabel?, ¿por qué no viniste a matarme después de rebajarte al papel de amiga?, ¡después de recibir esta carta repugnante que te envié!; ¿por qué no has venido a estrangularme?, ¿a borrar tanto miedo?, miedo a ti, a tu ternura, a tu dicha, a tu pasión, a tu amor, ¿por qué me alejé de ti?, ¿por qué?, ¿ a qué tenía miedo? ¡No era a que amaras!, ¡era a perderte!, ¡a esto!, ¡a este dolor que me abrasa! Tenía miedo a depender de ti, ¡cada vez dependía más de ti!, por eso me alejaba, no quería necesitarte. ¡Nunca he necesitado a nadie! Te lo dije, no necesito a nadie, ¡ni de niño! ¡Me hice fuerte!, te lo conté, me hice fuerte en aquel colegio, siempre en aquel colegio desde los seis años, solo desde los seis años. Y tú empeñada en que tenía carencias afectivas, y tú empeñada en que ese era mi problema, ¡que no había tenido cariño en toda mi vida!, que por eso rechazaba las atenciones de mi madre; y que por eso me alejaba de ti. Te empeñaste en creer que, sin darme cuenta, yo mismo alejaba de mi lado a los niños porque no los tocaba, porque no los abrazaba cuando pasaban de los seis años..., ¿a los seis años, son grandes? decías. A los niños hay que amarlos y acariciarlos y abrazarlos siempre, siempre. Empeñada en que un hijo nunca se hace mayor para la ternura de una madre o de un padre, siempre necesitan de ti; a los seis años, decías, un niño necesita más que nunca tus abrazos. Pero estás equivocada a un niño se le atonta si se le mima demasiado, si se le dan demasiadas caricias, tienen que aprender a ser fuertes, ¡yo me hice fuerte solo!, es la mejor forma, sin depender de nadie. Luché contra los obstáculos yo solo. Lo peor para un niño es tener siempre alguien que le proteja, que le abrace cuando llora, que le bese y le diga palabras tiernas cuando tiene problemas. ¡Mis hijos, Isabel, se alejan de mí porque su madre quiere apartarlos de mí! Es su venganza. La abandoné y me llevé a Julio. Mi hijo Julio, el mayor, al que ella nunca quiso. Ahora ansía quitármelo. Le cogió manía, ¿sabes?, y mi hijo estuvo al borde del suicidio varias veces. Yo lo salvé. Nos fuimos de casa. Pero desde entonces me odia tanto que me ha declarado la guerra y ya sabes lo que está consiguiendo, cualquier día me meterán en la cárcel por no respetar sus visitas, o me quitarán la custodia de Julio, o me privarán de ver a los tres pequeños, ¿sabes cuántos meses llevo sin verles? La última vez que los tuve, Francisco, que es el vivo reflejo de su madre, me hizo una encerrona: se tiró al suelo y empezó a gritar; los dos pequeños corrieron hacia la habitación donde estábamos y chillaron de horror pensando que yo le pegaba; llamaron a su madre, vino a recogerlos y ¿sabes lo que hicieron mis propios hijos con su madre? Me denunciaron en comisaría por malos tratos. ¡Yo, malos tratos a mis hijos! Y nadie toma en cuenta a Julio, él no desea ir con su madre, pero ella convence a todos de que yo influyo a mi hijo en su contra. Y ni siquiera puedo tenerle cerca, debe estar en ese colegio a cuatrocientos kilómetros, alejado de aquí para que su madre no le atosigue, para que no le haga sentir culpable. Ella, el niño te lo ha dicho en más de una ocasión, le culpa de todo, le hace sentir culpable de nuestro fracaso. Y ni siquiera puedo tenerle aquí conmigo porque me da miedo que se quede solo en casa mientras trabajo y cometa una locura.


R O N D A  6

Paco

«Se asomó a la terraza desde donde vio perfectamente bien los desperdicios que habían dejado los basureros tras llevarse las bolsas. El corazón le dio un vuelco. Pensó que le habían atracado. Que estaría tirado junto al portal, muerto. Se asomó todo lo que pudo por la barandilla para ver el portal. Comprobó que no estaba allí. Sintió vértigo y frío y se metió de nuevo en casa. Esta vez dejó de pensar cosas horribles como tantas otras veces. Llegó a la conclusión de que se había marchado de juerga. Así de sencillo, de juerga. Eran las cinco y media de la madrugada. Tenía que llegar pronto, antes de las seis y cuarto para no ser descubierto. Entró en la habitación para ver a Elena. Dormía. Volvió a su habitación y cerró la puerta para que todo estuviera igual que cuando él lo dejó. Se metió en la cama con una fuerte taquicardia. "Dios mío, ¿qué es esto? Es capaz de irse, de dejarme, y encima de cerrar la puerta sabiendo que así no me entero si la niña llama." Intentó no hacer ruido con la respiración para no perderse ni un sonido de la casa por leve que fuera. Así consiguió, minutos después, oír cómo metía la llave en la cerradura y despacito abría la puerta. Conteniendo la respiración, oyó cómo se quitaba la ropa y la hebilla del pantalón chocaba contra el suelo. "Hazte la dormida a ver qué te dice, hazte la dormida." Andrés se metió en la cama, estaba helado.

»—Qué frío estás.

»—Sí, me he quedado pajarito en el salón. Por poco me quedo frito. Duerme cariño que mañana tienes que madrugar.

»—Mañana, pero si son casi las seis. ¿Cómo te has acostado tan tarde?

»—Ya te lo he dicho, he leído varias horas y casi me duermo. Tengo frío. Venga, duérmete.

»—¿De dónde vienes, Andrés?

»—¿Cómo que de dónde vengo?

»—Sí, de dónde vienes, me he levantado y no estabas en casa.

»—¡Eh!, ¡eh!, ¿qué te pasa?, encima de que bajo la basura.

»—Mentira, me he asomado a la terraza y no estabas.

»—Se me ha ido el tiempo volando y cuando he querido bajar ya habían pasado los basureros, he cogido el coche y he intentado alcanzarles varias calles más arriba. Pon fin les he pillado. Lo he hecho para que no me echaras la bronca. Estoy harto de tus broncas. ¡No hago nada, no se hacer nada o todo lo hago mal! Por no oírte me he vestido y he salido pintando tras el camión de la basura.

»—¡Estás loco! ¿Piensas que me lo voy a creer? Es mentira. Es una mentira como una casa. ¿Pero qué te has creído, que soy idiota? Te has ido de juerga, y no sólo hoy, sino cada día de la semana, y ahora he descubierto que incluso los días que libras. Ahora recuerdo que lo de la basura ha pasado siempre. ¡Es tu coartada!, y hasta hoy no te he pillado. Nunca el día que libras te duermes conmigo. Siempre te quedas a leer y no bajas la basura como cualquier vecino a las diez, sino cuando te da la gana. Claro, ¡luego te vas de juerga!, ¿no?

»Marta se levantó de la cama, estaba a punto de llorar, pero tampoco esta vez podía permitirse ese lujo. Estaba dispuesta a todo, ya no podía más. Era despreciable. Su matrimonio era una mierda, había terminado. Él se levantó de la cama y la abrazó pidiéndole perdón.

»—Es verdad, Marta. Me he ido con mis amigos. Era la despedida de soltero de Carlos. Tú no le conoces, pero, ¡joder!, cualquiera te decía que quería irme con ellos. Te juro que no lo volveré a hacer: ¡mala leche!, jamás, te lo juro, nunca he hecho esto y hoy vas y me pillas. Soy un imbécil, siempre me pillas. Perdóname, pero tú no me hubieras dejado ir con mis amigos. Habríamos tenido bronca, era la despedida de soltero de Carlos.

»—¡Mientes, mientes! No te aguanto más. Todo es mentira. ¿Cuántas veces te has marchado y has tardado horas en volver con la excusa de que el coche se te había estropeado; con que te has encontrado con alguien; con que ha habido un atraco en el metro justo a última hora y has estado en comisaría? ¡Estoy harta de tanta mentira!, todo es falso. El otro día hablé con Carmen y disimuladamente toqué este tema con ella. No tiene queja de su marido, a las dos en punto está en casa, encima me dijo que salís a la una y media.

»—¡Mira de quién me has ido a hablar!, del mosquito muerto de Ramón. ¿Sabes que Ramón tiene otra tía?

»—¿Qué dices?

»—Que le pone los cuernos a su mujer con otra tía, y ¿te fías de lo que te diga ella? Su marido está pronto en casa por las noches. ¡Claro!, porque luego por la mañana se va al taller de reparaciones en el que se tira a la vecinita de enfrente y ¿sabes cuánto tiempo lleva tirándosela?

»—¡Calla!

»—Tres años y la pobre Carmen sin enterarse, y yo ¿qué?, ¿que me voy de juerga con los amigos? Deberías estar contenta puesto que ni vengo borracho ni me voy de putas.»


R O N D A  7

Javier

El día de la cena de Pepe fue... aquí está apuntado, el 23 de febrero, justo una semana antes... antes de morir. Esa noche nos miramos en muchas ocasiones. Eran miradas rápidas, de pasada, a veces de soslayo, disimulábamos. Ella comenzaba a tener cierto interés por mí, estoy seguro, y yo... La observaba demasiado y se dio cuenta, quizás se sintió halagada. Tras la cena nos fuimos todos a bailar. Fue estupendo... Creo que bailé más que en toda mi vida. Cuando pusieron música lenta tardé un poco en sacarla, estaba deseando pero, en el fondo... en el fondo no quería..., mi estúpida contradicción, quería y no quería. Lo deseaba pero tenía miedo de dar un paso más hacia ella. Por fin la invité y ella aceptó encantada. Cuando la tuve entre mis brazos la noté rígida, tensa.

«No se me da bien bailar agarrada.»

Pero no era eso, estaba nerviosa, como yo. Cuando acabó la primera canción hizo ademán de irse a los asientos, pero la retuve y se quedó conmigo. Con la segunda canción se relajó un poco más y con la tercera ya estaba casi totalmente tranquila, entregada. Hubo un momento en el que la abracé de pronto más fuerte, la estreché en un abrazo intenso, sólo un segundo y ella respondió... respondió igual, me devolvió la intensidad del abrazo. Teníamos las caras casi juntas. Yo deseaba besarla. Mejilla contra mejilla. Solamente tenía que deslizarme un poco y besar sus labios... y lo hice, lo hice. Aún tengo la sensación esa sensación mágica, siento aquel beso dulce..., me estremecí por un simple beso, ella también... Fui capaz de percibir, de dibujar, su labio superior carnoso y tierno.

Bajó su cara y se escondió entre mi cuello. Volví a abrazarla intensamente y ella respondió a mi abrazo. La siento aún. Todo el encanto del momento se disipó cuando Pepe me tocó la espalda para anunciarme que nos íbamos. Dudé si pedirle que se quedara conmigo. Al final no lo hice..., ¿por qué no lo hice? No volví a verla... y ya es tarde para todo.

Tengo los recuerdos que me ha dado Berta. Su foto. Parece que la estoy viendo el día que nos leyó este relato de su infancia...

«Paseaba por entre los árboles, relajada, sin prisa, en dirección a la casa de mi madre. De lejos, entre tronco y tronco, comencé a ver las escalinatas que dan acceso a la calle paralela. A medida que me acercaba pude distinguir mejor a unos niños que gesticulaban como si rieran arremolinados en los peldaños. Se había levantado un poco de brisa y la tarde comenzaba a decaer. Seguí mirándoles. Se pasaban la pelota de unos a otros y reían. Ya frente a ellos, sentada en el poyete que acompaña al curso del río, pude oír sus risas. Aquella imagen, de los pequeños en la escalera, me hizo recordar una foto en blanco y negro en la que una niña, de pelo lacio y flequillo recto, bajaba por ella con la bolsa de la compra —no entiendo por qué mi padre me fotografió en aquellas escaleras, pero no importa—. Seguí mirando a los chavales y por un momento creí ver, en blanco y negro, a los amigos de mi infancia y a mí misma.

Mi calle era entonces un barrizal inmenso, no existía el asfalto y tres hileras de fresnos y tilos gigantescos adornaban la ribera, los mismos que ahora podía mirar, un poco más viejos, como yo; y, en apariencia, más pequeños, también como yo. Nunca, en esa época de mi niñez, me sentí fuerte y grande, quizás tuvo que ver mucho aquella escalinata. Diez peldaños y un descanso, otros diez peldaños y un mundo diferente e inalcanzable.

El barrizal, duro y ondulado en verano, conseguía que todos mis amigos bajaran a jugar conmigo. Los árboles nos ofrecían un dulce cobijo que guardaba nuestros impulsos de risa cuando jugábamos al escondite. Árboles que fueron testigos de la primera vez que Andrés me cogió de la mano. Al atardecer comenzó el juego y todos corríamos a escondernos tras ellos, aguantando las carcajadas, mientras oíamos al muchacho que la ligaba contar hasta veinte. No había tiempo para pensar, ni para rectificar el camino elegido, así que coincidí con Andrés en un grueso tilo. Respirábamos a bocanadas, mi corazón latía con fuerza. Apoyamos nuestro cuerpo de perfil contra el tronco para no ocupar tanto espacio y estuvimos muy juntos, mirándonos. Él cogió una de mis manos y sonrió. Recuerdo el calor de su piel y la mágica sensación de seguridad que me produjo, aún hoy la experimento si alguien a quien amo mantiene mis manos entre las suyas.

Las escalinatas, que dan acceso a la calle paralela, correspondían al edificio nuevo construido perpendicular a mi casa, el 21. Además de esos veinte peldaños la casa poseía una gran terraza comunitaria donde sólo jugaban los niños de ese portal, "los niños del 21". Ellos eran mis únicos amigos. Incluido en el lote estaba la portera, una estúpida-vieja-gorda-bajita que me llamaba patilarga y no dejaba que jugara con los chavales en la gran terraza. Debo reconocer que cuando murió, años más tarde, no sentí pena alguna por ella, cosa rara en mí ya que cualquier muerte me entristece —incluso la de una planta—. No me alegré, pero hallé consuelo. La sustituyó un portero muy amable, pero ya era tarde para todo. Esa estúpida jamás pudo imaginar el daño que me hizo durante mi infancia, ¿o sí?

En verano, el lodazal endurecido nos ofrecía a todos la posibilidad de jugar a la construcción de cabañas con ramas y cartones. Dentro de una de ellas recibí el primer beso de Andrés, los primeros abrazos, y se forjó en nosotros esa mirada especial de complicidad en el amor. ¿Dónde mejor que en una minúscula cabaña pueden amarse dos niños? Escuchábamos las voces de los demás que jugaban a construir las suyas, por parejas. Nosotros, dentro de la nuestra, resguardados de las miradas de todos, nos besábamos con timidez. Tan sólo un roce de labios. Creíamos que así eran los grandes besos. Quizás teníamos razón.

Dicen que "las bicicletas son para el verano" y así es, lo malo es cuando tan sólo los niños del 21 las tienen y debes sentarte en el poyete de tu portal a esperar que se cansen y vuelvan para jugar al escondite, al tula o a las cabañas. Nunca pregunté a mis padres por qué no me compraban una bicicleta, como tampoco me quejé por el hecho de merendar siempre pan con aceite y azúcar mientras los demás se deleitaban con grandes bocadillos de oloroso chorizo —¡cómo olían!—, o por cenar cada noche dos huevos fritos, o por llevar la suela de mis zapatos con agujeros. Me alegro de no haberme quejado.

Las noches de verano eran amargas. Mis amigos, obligados por sus padres para tenerlos controlados, jugaban en la gran terraza, a cualquier cosa, qué más da. Jugaban, reían y yo, desde el primer peldaño de la escalinata, envidiaba y me sentía sola. Algunas veces me llamaban porque la portera se había metido en su guarida y no controlaba la situación. Subía con miedo hasta llegar a la terraza y, ya en ella, respiraba hondo y me embargaba una exagerada alegría. A pesar de la oscuridad podía ver desde esa altura los perfiles de los tilos y fresnos con una perspectiva desconocida, desde la terraza del 21. Por unos instantes me sentía rica y segura con ellos. Jugábamos al tula o la gallina ciega y era feliz, hasta que oía el aullido de la vieja: ¡patilarga!, ¡vete de aquí! Al principio me hacía llorar, consiguió incluso que le implorara, pero llegó un momento en que, ante sus desprecios por no pertenecer a aquella casa, y sus insultos, con los que me humillaba delante de todos, opté por contestar de malas manera, acabé insultándola, y esa actitud aumentó el odio que ella me tenía y la indiferencia, y quizás desprecio, de mis amigos.

Las noches de verano eran dolorosas pero el invierno sobrepasaba todo lo imaginable. La lluvia convertía mi calle en un barrizal repugnante que nadie pisaba excepto los que vivíamos en mi portal, y en él no había más críos que mis dos hermanos pequeños. En invierno los del 21 jugaban en la gran terraza, no bajaban a mi calle porque se lo prohibían sus padres. Recuerdo mis botas de agua siempre manchadas de barro. Antes de entrar en el instituto las limpiaba con hojas del cuaderno para no llamar la atención, a pesar de eso el barro era difícil de quitar y se secaba. No había remedio, todos sabían que yo vivía en la ribera del río...

María del Mar era mi gran amiga, vivía en el 21, claro. Fue mi único contacto en el invierno de mis doce años. Por las mañanas, para ir a clase, la llamaba a voces desde la ventana de la cocina que daba a las habitaciones de su gran piso. Ella se asomaba y respondía que me esperaba en su portal. Juntas hacíamos el camino. Me contaba cómo y a qué habían jugado el día anterior en la terraza y algún que otro cotilleo relacionado con Andrés. Me dijo de él que de mayor iba a estudiar arquitectura y que sus padres no le dejaban salir para que se dedicara a los libros. Andrés tenía trece años. Incluso le prohibieron, me dijo, tratar con niños que no fueran del 21 y con aquellos que sacaran malas notas. Mar obtenía magníficos sobresalientes y fue elegida desde aquel invierno como compañera de estudios de Andrés. Yo, sin embargo, tenía muchas cosas en contra para sus padres. Según mi amiga, a pesar de lo que él sentía por mí —no tuvo ningún reparo en reconocer ante ella sus sentimientos— tenía en contra mi pobreza, mi domicilio y mi nulidad como estudiante.

Esas confidencias de María del Mar me dolieron tanto que provocaron en mí el suficiente valor para esperar a Andrés a la puerta de la academia donde perfeccionaba su, ya, magnífico inglés. Tras preguntarle, nerviosa y azorada, por qué no nos veíamos nunca, tan sólo contestó, desviando sus ojos hacia otro lado, que no podía perder el tiempo con chicas, y sobre todo con chicas que no tenían porvenir "como tú" y me miró. Aquel invierno de mis doce años lo perdí todo, perdí a Andrés, a María del Mar, segundo de bachillerato y las ganas de vivir.»


R O N D A  7

Iñaki

Te lo dije, Isabel, aquel día bajo el chopo, soy un hombre problema, nunca me han ido bien las relaciones con las mujeres, soy un poco misógino, un hombre problema, y tú me acariciaste y me besaste y en un susurro...

«Calla, sé que me amas, lo supe en el momento en que te vi, supe y sé que estaremos juntos lo que nos quede de vida... Bajo el chopo, en la ribera del río, todas las brisas se fundieron en un tifón de perfume de rosas y mares. La ternura que surgió de nuestras manos pudo acariciar las sienes del planeta, mecer infinitas cunas de lunas y de estrellas, sanar lacras y ausencias. Bajo el chopo, en la ribera del río, un haz de luz de millones de cometas brotó de nuestros ojos y diseñó un sendero único y eterno, libre de miedos y quimeras. Bajo el chopo, en la ribera, abrazamos recuerdos de soledades, asistimos al funeral de zozobras y desesperanzas, y al parto de un sueño, un sueño que comenzó a llorar de dicha por nacer, y por nacer bajo un chopo en la ribera.»

¿Qué te he hecho? Con todo lo que me amabas, con lo frágil que eras, ¿cómo pudiste soportar mi desprecio?, mi asquerosa carta. Aquel domingo en El Pardo tuviste una de tus intuiciones pero te negabas a creerla. Luego me lo contaste, cuando ya éramos sólo amigos, esa mañana al levantarte te pusiste a escribir en el ordenador con una tristeza que no tenía causa aparente. Te embargaba una extraña melancolía. Tenías una sola imagen en tu cabeza, una chimenea que se apagaba, y te sentaste a escribir sobre ese fuego que se extinguía. Cuando entramos en aquel café de El Pardo, y viste la chimenea apagándose supiste que era el final, nuestro final y, sentada mirando aquellos rescoldos, casi sin voz, me lo contaste.

«Las llamas juegan al galanteo con los leños. Buscan ambos la explosión de los púrpuras más salvajes para crear un lienzo impresionista que desangre el néctar de su yugo. La oscilación de los cometas escarlatas hipnotiza el tedio del ocaso. Las horas pasan, y la flama nos sonroja y adormece. Es la hora del declive, la amalgama de los fuegos se está extinguiendo, sólo el rescoldo anodino envuelve con su tibieza nuestra destemplanza. Se ha eclipsado nuestra lumbre. ¡La luna nos abandona! Está gélido el ambiente. Se han parado los relojes.»

Estabas llorando.

«¿Qué pasa, Iñaki?»

Sin mirarte, porque no podía, te dije que yo nunca me había sentido pareja tuya, novio tuyo, nada tuyo; que quería que fuéramos sólo amigos y nada más. No podías hablar, no te daba tiempo a tragar tanto daño, a quitar de tus mejillas tantos ríos de lágrimas, te temblaban las manos, todo el cuerpo te temblaba; pero en un momento conseguiste respirar con un poco más de fuerza y pudiste decirme:

«Vámonos, por favor, vámonos.»

Saliste deprisa para que nadie viera tanto llanto, tanto dolor contenido que iba a explotar por algún sitio. Y caminabas hacia el coche, un paso delante de mí, encorvada, muy encorvada, con los brazos agarrando tu estómago. Pero, a medida que nos acercábamos, fuiste poco a poco enderezando tu espalda, más y más, hasta erguirte totalmente. Cuando llegamos te pusiste junto a la puerta, con la mano preparada en el picaporte, y me fijé: el rostro húmedo, pero tenso; la mirada triste, pero enérgica; los labios temblorosos, pero dignos. Nos metimos en el coche.

«¿Por qué no podemos seguir como antes?, yo sé que tú me quieres, que me has amado siempre desde el día que nos conocimos. ¿Cómo puedes decir que no te sientes nada mío con todo lo que hemos vivido? ¿Con los momentos tan maravillosos que hemos compartido?»

Y yo callaba.

«¿Por qué no podemos seguir como hasta ahora?»

«Isabel no me lo hagas tan difícil, por favor. Hay otras formas, podemos ser amigos, yo no valgo para tener una relación seria, podemos ser muy buenos amigos.»

«¡Amigos!, ¿amigos después de todo lo que he compartido contigo?, yo no puedo ser sólo tu amiga, ¿no lo entiendes?, ¡te amo!»

«No quiero que sufras, Isabel, no sufras por mi culpa. Cálmate.»

«¿Qué me calme?, te estás negando una posibilidad. Yo sé que podemos tener una relación magnífica, ¿por qué te la niegas?, ¿por qué te castras?, ¿por qué?»

Volvimos a llorar juntos, pero esta vez nuestro llanto no era de dicha.

«Se ha eclipsado nuestra lumbre, ¡la luna nos abandona!, está gélido el ambiente, se han parado los relojes.»

«¡Nunca volveré a verte!, ¡nunca! Llévame a casa. Te arrepentirás el resto de tu vida. Te arrepentirás de dejar lo nuestro, y el día que te des cuenta y quieras volver a mí a lo mejor ya es tarde porque te juro que mañana mismo comenzaré una nueva vida.»

Pero al día siguiente me llamaste para ser lo que yo quería que fueras, sólo amiga. Me dijiste que te habías pasado, que tú no eras tan poco razonable, y que no deseabas perderme. ¿Cuánto me has tenido que amar? Tú, que has dejado de hablar para siempre a algunos amigos porque te han hecho una putada y no te han pedido perdón, has venido a mí a disculparte para no perder las migajas que te ofrecía, mi amistad, una simple amistad después de todo lo que habíamos vivido.

 

Tengo tu cinta en mis manos, tu voz, tu cálida voz recitándome como siempre, con música, con algunos de los temas favoritos de Bach, de Mahler, de Massenet. Suena ya el inicio de las notas, no sé si es un nocturno de Chopin o un adagio de otro, nunca reconozco nada. Suenan las notas, es como si fueras a aparecer de un momento a otro. Quiero apagarlo pero estoy paralizado, no deseo oír, oír tu voz cuando eres ceniza es como profanar una tumba. Tu cuerpo dentro del ataúd, rígido, con un ramillete de margaritas en las manos, un poco de carmín en los labios amoratados, no, ni siquiera tienes ya cuerpo, eres polvo. Polvo tu risa y tus brazos, y tus manos, y tus ojos... No, tampoco, tus ojos no, ¿quién tiene tus ojos?, ¿quién tiene el mar del norte, el mar Cantábrico donde esparcirán tus cenizas? Donaste tus ojos, y tu corazón, donaste tus recuerdos, a mí, me los has donado para que haga con ellos lo que quiera, para que me ahogue con ellos. Soy receptor de tu desdicha. Donaste tu corazón pero no sirvió de nada, estalló por el impacto, dijeron, pero yo sé que estalló aquella tarde en El Pardo. Y tu voz, tu voz está aquí, ¡no puedes estar muerta, tu voz está viva! Me hablas, ¿quién ha puesto el cassette? ¡He sido yo! Estoy loco, me estoy volviendo loco.

«Ahora, cuando te miro, sé que sabes que puedo contarte historias con argumentos mágicos, regalarte versos de guirnaldas violetas, susurrarte con infinita ternura que te amo. Ahora, cuando te miro, sé que sabes que soy un mar de intensos colores en el que puedes bogar; que mis labios con olor a bosque, anhelan besar tu risa, tus silencios, tus tristezas. Ahora, cuando te miro, sé que sabes que mis manos sueñan acariciar las dunas de tu piel, que ansían arrullar tu cansancio y desvanecerlo, mecer tus letargos al alba, enlazarse con las tuyas y soñar.»


R O N D A  7

Paco

«—¡Eres un cerdo!, ¿cómo sé yo lo que haces cada noche? ¿Por qué he de creerme que te vas con amigos?, lo mismo tienes una fulana que te está esperando con los brazos abiertos y sin sueño y me estás poniendo los cuernos como se los pone Ramón a Carmen.

»—¿Pero tú crees que si yo te los pusiera te diría lo que te estoy diciendo? ¡Estoy delatando a un amigo!

»—Me importa un comino lo que hagan los demás. Somos una pareja y debemos estar juntos. ¡Estoy harta de todo! De estar sola siempre, de que despiertes a la niña tan tarde por culpa de tus juergas; de que la casa esté llena de mierda y no hagas nada,; de no saber donde estás cada noche y encima vengas a las cinco o las seis y ¡pretendas joder conmigo!

»—¡Ves, ves! Tú misma lo has dicho, intento joder contigo cada noche. ¿Sabes?, ¡si tuviera una amante a ti te darían por culo y no te pediría cada noche lo que te pido! No me humillaría cada noche pidiéndote un poquito de amor. ¿Crees que si tuviera una amante te necesitaría a ti? Ahí tienes, tú misma lo has dicho. Me voy con los amigos simplemente porque estoy aburrido. ¡Todos los días iguales!

»—¿Y crees que yo no? Si no te fueras de juerga cada noche nos daría tiempo a todo, incluso a hacer el amor cuando vengo de trabajar. Estoy destrozada. Esto no es un matrimonio, ¡es una mierda!, y no estoy dispuesta a seguir así... ¿Por qué te ríes?, ¿por qué te ríes?

»—¿Tú, hacer el amor cada día cuando llegas de trabajar? No me hagas reír, eres una frígida, no disimules, ¡eres una frígida!, aunque tuvieras todo el tiempo del mundo no harías el amor conmigo.

»Sonó el despertador. Marta corrió para apagarlo. Odiaba el sonido y también aquella situación. Se metió en la ducha pero él la siguió.

»—¡Vete de aquí!, voy a ducharme.

»—¡Claro, no vaya a ser que te pongas cachonda a esta hora de la mañana!

»—Escúchame, hijo de puta: no puedo ponerme cachonda con un tío al que odio cada día cuando llega a las cinco de juerga; que no hace nada en la casa; que maleduca a mi hija en muchos sentidos; no puedo ponerme cachonda, ¡no puedo desear hacer el amor con un tío que miente!, que me cuenta mentiras cada día por cualquier cosa. Ya no creo en ti, nunca podré creer en ti porque cada vez que abres la boca es para decir miles de mentiras, pequeñas y grandes. Tienes ese asqueroso defecto, nunca dices la verdad en nada, en nada, ni en las cosas pequeñas de cada día. ¡Yo no hago el amor con un tío que no me respeta!, ¡que nunca está conmigo!, que no sé de dónde viene, que prefiere estar con los amigotes a estar con su mujer, con el que no me comunico, ¡con el que sólo tengo tiempo de discutir!

»Marta se negó a seguir hablando. Dejó que el agua cayera en su rostro para relajarse. Intentó pensar en lo feliz que podía ser llevando a la niña a la guardería. Se imaginó recogiéndola sin problemas a las cuatro, y las tardes enteras para jugar con ella. A las nueve, cuando la acostara, aún tendría tiempo para estudiar, para leer, ver películas, oír música, charlar con amigas por teléfono y, ¿por qué no?, bajar, satisfecha, organizada y tranquila, la basura a las diez.

»—Yo no hago el amor con un tío que no es nada, o mejor dicho que es ¡basura!, que sólo es basura, y ¿sabes lo que yo hago cada día con la basura?, la tiro, la tiro antes de las diez y eso es lo que voy a hacer contigo, ¡y para siempre!

»Torimbela, la diosa resucitada.»

 

¿Tanto te hice sufrir, Isabel? ¿He sido tan hijo de puta contigo? Has reflejado muy bien las peleas, sí, así de desagradables eran y a veces más, mucho más. Recuerdo una noche, de esas que no querías hacer el amor conmigo al regresar de estar de juerga con mis amigos, un día ya separados me lo reprochaste, te violé. Yo no me acordaba, no sabía de qué me hablabas, pero es verdad, fue asqueroso. Te violé pero de la peor forma que se puede violar a una esposa, me dio tanta rabia tu frialdad, tu rechazo, que me masturbé delante de ti y mantuve tu cara firme con mi mano hasta eyacularte en los ojos que estaban ya plagados de lágrimas. Ahora me acuerdo, si, te violé de la peor forma que un canalla puede violar a una mujer. Veo cómo lloras encogida en la cama, limpiándote con la sábana porque te quedaste sin fuerzas para nada. ¿Dónde estaba la Isabel fuerte que me hubiera pegado dos hostias bien dadas? ¿Dónde estaba la dueña de sí misma, la dura? ¿Por qué te quedaste encogida llorando? Para mí hubiera sido más fácil aguantar tus gritos y tu ira. ¿Te destrocé, verdad? En el fondo no eras tan grande como aparentabas, ni tan entera, sólo una niña violada, herida, ultrajada, humillada, machacada por un cerdo como yo. Te pedí perdón muchas veces, lloré sobre tus lágrimas, te besé la cara sucia y no dejabas de llorar a gritos, desgarrada, encogida. Te pedí perdón miles de veces y no me perdonaste nunca, lo sé, aunque aún me diste otra oportunidad y otra más, y otra. El día de la basura no fue el último, ni tantos otros como me amenazabas, tardaste mucho en echarme de tu lado. Te costó porque me amabas y porque deseabas creer en mí, porque yo mismo quería creer en mí, y te convencía siempre. Te juraba una y otra vez que todo iba a cambiar, y yo lloraba tanto, te imploraba tanto, que siempre me ofrecías más oportunidades. Una y otra vez durante cinco años. Estoy llorando, ¿sabes?, hace mucho que no lloro. Isabel, ahora sí puedes verme desde ahí arriba; entrar y salir de mi corazón y de mi pensamiento cuando te dé la gana porque, como tú has dicho, estás fundida en el viento. Ya no necesitas explorar mi mirada para saber lo mal que estoy, lo mal que he estado sin ti tantos años; lo horrible que es no haberme entregado a ti, como tú querías.

«... como yo me entregué a ti desde el día en que nos casamos solos ante Dios. Me entregué sin resistencia, sin complejos, sin miedo; abierta en canal para ti, porque pensé que eras bueno, y me destrozaste. Destrozaste mi sonrisa tierna y llena de esperanza en la gente que tenía; la mirada limpia, ingenua, amante de todo lo que me rodea, sensible a todo lo que pudiera rodearme. ¿Dónde está mi risa, y mis besos, y mi mirada pura? ¿Dónde mi juventud perdida? Se quedaron en el mar donde tantas veces, unidos por las manos, dábamos vueltas y vueltas hipnotizada la mirada, olvidados del mundo; estarán en el cofre donde dormirán mis cenizas; están hoy en mi recuerdo, y mis recuerdos no me dejan respirar.»


R O N D A  8

Javier

Ya es tarde para todo, ¿verdad, Isabel? Me hubiera gustado tenerte cerca y que me contaras todos estos recuerdos de tu niñez... con tu voz serena, grave y profunda. Yo hubiera visto en tus ojos, tan verdes, aquellos arboles de la ribera del río entre los que jugabas con tus amigos. Habría visto en tu retina la niña que comía pan con aceite y azúcar, y caminaba con agujeros en los zapatos. Esa niña de ojos tristes que nunca tuvo bicicleta y que esperaba en el poyete del zaguán la vuelta del verano, único aliado que secaría el lodazal de su calle y le devolvería a sus amigos. Yo hubiera querido ser tu amigo. Desearía haber sido tu amigo, tu amante, tu viajero que tiene como el cielo los ojos. Haberte reconocido esa noche cuando te tuve entre mis brazos. Si me hubiera quedado contigo esa noche ahora estarías viva. Habríamos salido juntos desde ese día, y cuando me hubieras dicho que ibas a ir a Llanes te habría dicho que no, que lo dejaras para más adelante; que ahora que estábamos juntos y habíamos empezado aquello no podías irte. O te hubiera dicho que yo te acompañaba, en vez del jueves, el viernes al salir del trabajo. De cualquier manera, si esa noche del baile me hubiera decidido a hablarte en serio, o al día siguiente te hubiera llamado para quedar, no estarías muerta, habría podido cambiar tu vida, ningún camión hubiera invadido tu calzada para cercenarla. Tenía que haberte estrechado esa noche entre mis brazos, no debí dejarte ir. Pude cambiar tu final, pero no lo hice. ¿Por qué? ¿Por qué no lo hice? Y este... saber que todo ha terminado y que nada tiene solución, que no puedo retroceder para remediar lo que hice, o lo que no hice. Tú no habrías cogido el coche, te lo habría impedido: ¿para qué quieres ir de viaje ahora que estamos juntos? No, no vas a ir, y menos sola... Déjame que te acompañe, por favor... y tú te habrías abandonado en mis brazos, y yo te habría besado hasta que te deshicieras conmigo, hasta perder las fuerzas, hasta morirte conmigo. Hubiera sido mejor morirme contigo.

 

Van a tardar algunos días en llevar las cenizas a Llanes. La madre no se encuentra bien... El «ex» se está quedando a dormir en su casa, no entiendo por qué. Podría haberse ido a un hotel. Me jode que ese tío repugnante esté toqueteando los poemas y los cuentos, sus libros, su ropa... que huela su ropa y lea sus cuentos, que riegue sus plantas... seguro que no las riega, ¡qué le importarán a él! Por qué tiene que estar en su casa... la niña, claro. Está con la niña —no pude mirarla, me dio miedo mirarla en el funeral. Su niña... Miedo de quererla por ser su hija; pena, ternura... no pude mirarla siquiera. No sé cómo es, si tiene sus ojos o su sonrisa. No quise mirarla, no quise hablarle... ¿Qué será de ella ahora? —pero, claro, no se va a ir a un hotel con ella teniendo la casa... Está llena de cuadros, eso dice Berta. Cuadros al óleo, grandes, muy grandes. Pintaba cuadros sobre paisajes, pero no bien definidos.

«¿Qué quieres decir Berta?»

«Pues que deja ver que son paisajes, pero no exactamente, no con realismo, ¿comprendes? Juega con los colores un poco a lo loco y pinta cielos violetas y nubes rosas, y especies de hortensias raras y enormes en sembrados de lirios, y lirios entre juncos, y flores y árboles inclasificables, irreconocibles. Sus paisajes son inventados, no existen ¿comprendes?»

Y más que nunca deseo ver sus cuadros, meterme en sus colores locos, y oler su ropa, y olerla a ella, y besarla y amarla y leer sus cuentos, y jugar con sus gatas y compartir su tiempo, todo su tiempo; oír juntos su música, sus arias, sus adagios, sus intermezzos, sus preludios; verla concentrada en la fusión de los colores y seguir con la mirada cada pincelada loca en el lienzo, verla crear formas con el ímpetu del genio en la creación última del día; soñar con ella, abrazados, sintiendo su cálida respiración, compartir sus sueños; acompañarla en cada movimiento nocturno, siempre abrazado a ella, siendo los dos la compensación del otro, la parte que al otro le falta; la parte que me falta, la parte que me falta... Mirarla, como la miré el último día, como nos miramos el último día... a punto de brotar de nuestros labios tanto amor, tanta locura. Pero no pude, no te dije que te quería, no te pedí que no te fueras de viaje, y ese camión destrozó tu vida, y la mía. Y no puedo volver a repetir la historia, moviola que me permitiera desandar lo andado, rectificar mi error y mi derrota, retroceder en el tiempo, rectificar mi error y mi derrota...

 

Se irá pronto, eso dice Berta. Tiene una tienda y la ha cerrado para venir, no aguantará mucho... Berta se ha quedado asombrada cuando le he dicho que me tenga al tanto de todo porque quiero ir a Llanes. Sí, voy a ir a Llanes.

 

Han leído el testamento. Isabel no deja nada de valor pero le pide a la madre que busque a alguien para que lea todo lo que tiene en el ordenador por si se puede publicar algo. La madre se lo ha dicho a Berta y mi querida amiga ha pensado desde el primer momento en mí. ¡Me lo ha pedido a mí!

«Javier, tengo una grata —creo que será grata— sorpresa que darte: la madre de Isabel quiere que busque a alguien para que lea todo lo que hay en el ordenador por si se puede publicar algo.»

¡Todavía no me lo puedo creer!, ¡me van a dar las llaves de su casa!, ¡me van a dar la clave de acceso a los archivos!, ¡voy a meterme en su mundo! Yo, y sólo yo. Nadie más..., creo que me voy a volver loco..., que ya estoy loco, pero no me importa.


R O N D A  8

Iñaki

Es la tercera vez que me dicen que tengo mala cara en lo que va de día. Ya está bien. Qué suerte tienen las mujeres, se plantan una buena capa de maquillaje y adiós malas noches, ojeras, bolsas, desesperación, tristeza, adiós todo. Yo aquí, como un payaso de circo, enseñando mi desdicha sin poder evitarlo. Intento reír, sonreír a todo el que pasa o me saluda, y creo que lo consigo. Pero lo que me es imposible es mantener esa sonrisa más de unos segundos, así que todo aquel que ha entrado a verme al despacho, me lo ha dicho:

«Tienes muy mala cara.»

«¿No duermes bien?»

«Hay ahora unas pastillas para el insomnio que no necesitan receta médica para ser expedidas y que no crean adicción, están basadas en un antihistamínico.»

He pasado mala noche, no puedo negarlo. Una de las peores noches de mi vida. Su aroma penetró en cada recoveco de mi casa, en cada pequeño escondrijo de mi alma y no me la puedo sacar. No puedo sacar su voz y sus versos y siento cómo me mira, a veces feliz, otras llorosa, otras con ojos de amiga confidente, y otras... no me mira, como el ultimo día que la vi: Yo le había mandado aquella horrorosa carta-telegrama en la que le decía: adiós. Después de aquello Pilar me llamó para invitarme a cenar con unos amigos y a ver diapositivas del Nepal y la India. Al invitarme me dijo muy claramente que ya habían confirmado que iban a ir Isabel, Mirian y Teresa. No sé si me lo dijo, precisamente, para que no fuera, lo cierto es que me decidí en un segundo. Yo no iba a dejar a mis amigos porque ella estuviera en esa reunión. No iba a perder ni una sola de mis amistades porque las compartiera conmigo. Fue el último día que la vi. Cuando llegué aún no había llegado. Estaba nervioso: mi carta seguro que le sentó mal y, dado su carácter, era muy capaz de armar el espectáculo cuando me viera allí sentado plácidamente entre los amigos. Al llegar sonrió a todos los presentes, menos a mí. Ni siquiera me miró. Teresa le echó los brazos para que le diera un beso, también Mirian, yo me levanté e hice ademán de darle dos besos. Noté cómo se echaba para atrás, no se lo esperaba. Al fin, viendo que no había más remedio, claudicó y se dejó besar, rígida y fría como nunca antes la había visto. Tuvo la astucia de no sentarse frente a mí, si no en la misma línea del sofá. En toda la noche no se dignó a mirarme. Yo aproveché los momentos en que ella hablaba para opinar y seguir su conversación, pero me ignoraba casi siempre... y si en algún momento mi pregunta quedaba en el aire y era muy evidente su indiferencia contestaba escuetamente sin mirarme y cambiaba el rumbo de la charla. Cuando apagaron las luces para ver las diapositivas pusieron las sillas en círculo de tal forma que podía verla de perfil. Un perfil cambiante según los colores que se reflejaban en su cara. Yo notaba su malestar en la caída casi imperceptible de los dos surcos que rodean su boca.

«Cuando estoy tensa o disgustada noto una tirantez tremenda en la cara. Es como si alguien jalara de mis mejillas hacia abajo y, por más que intento sonreír, es inútil, no puedo recomponer el gesto.»

Esa noche la vi por última vez. Cuando tomamos el cava con los pasteles y elevamos nuestras copas para brindar, vi como huía de mi copa como de la peste. Observé a todos los que estábamos, me dio miedo que notaran su malestar y su desprecio: Teresa y Mirian sabían algo, no sé hasta dónde, pero tan exagerado fue el disimulo que se hizo evidente; el tal Javier era nuevo, no podía saber nada; Pepe, como siempre, no se enteraba de la película; la anfitriona, Berta, estuvo conmigo un poco seca, seguro que sabía todo... Pilar, posiblemente también.

Se fue rápido. Corrió lo que pudo para no bajar conmigo en el ascensor, en ese momento me sentí aliviado.

Ésa fue la última vez que la vi... pero a veces todavía me cuenta «historias con argumentos mágicos», y me sigue regalando «versos de guirnaldas violetas», y me susurra «con infinita ternura» que me ama. Ella es «un mar de intensos colores por el que puedo bogar». «Sus labios, con olor a bosque» besan mi risa, mis silencios, mis tristezas. Sus manos acarician las dunas de mi piel, arrullan mi cansancio hasta desvanecerlo, mecen mis letargos al alba y se enlazan con las mías para soñar.

No, ya no. Sus manos son ceniza, y su boca, y su lealtad, y su orgullo, y su sinceridad, y su cariño, y su vehemencia, y sus arrebatos de cólera, y su ingenio: ceniza. ¿ Recuerdas?: un día cogí un poema de tu escritorio, hablaba de la ceniza. Te pregunté si lo habías escrito para mí. Fuiste sincera.

«No, lo escribí antes de conocerte pero lo tenía guardado en el ordenador, como otros, y al final he decidido imprimirlo.»

Me lo llevé, te lo robé.

«Yo quiero ser la ceniza que se funde en los misterios del aire; ceniza iridiscente que se filtra en el éter, sutil e invisible, imponderable transmisor de la luz. Quiero ser dueña de cada arco iris; quiero ser arco iris y el suspiro del viento que danza el vals sinuoso de las gaviotas violeta. Quiero ser la brisa furtiva que juegue entre los dedos de sus manos, entre los mínimos bucles de sus pestañas y perdure eternamente en la retina azul de mi viajero; quiero ser ceniza iridiscente para fundirme en los misterios del alma...»

¡Basta!, ¡no puedo más! Me estoy volviendo loco. ¡Basta!, ¡se acabó este juego!

 

¡Ya estamos! Otro maldito telegrama de mi maldita «ex». ¿Cómo no?, vuelve a atacarme porque le tocaba ver a Julio y no ha querido ir a su casa. ¡No tiene vergüenza!, me manda telegramas, me denuncia y es ella la que no me da a los pequeños. Mis hijos. La última vez Francisco me hizo la jugada de tirase al suelo y gritar para asustar a los dos pequeños. Me denunciaron mis propios hijos en comisaria. Y la anterior vez, el día tres de diciembre del año pasado, nunca se me olvidará esa fecha, ¡me hicieron tanto daño! Llamé a Isabel, mi querida Isabel, ya éramos solo amigos, se lo conté para desahogarme, le conté cómo desde que los recogí el viernes me sorprendió lo simpático que estaba Francisco. No se metía conmigo, no me insultaba como me insulta siempre, no me miraba con desprecio. Estaba muy amable, y los pequeños, contentos y solícitos: papá por aquí, papá por allá. Me preguntaron qué íbamos a hacer ese sábado, yo les dije que les iba a llevar a la nieve y que comeríamos en algún restaurante de la sierra. Se pusieron como locos a dar saltos, a mí me extrañaba todo aquello, me sorprendía, pero no podía esperarme ninguna maniobra de la madre. Cuando llegó la hora de dormir mi hijo me deseó buenas noches y me dijo que como yo soy más dormilón que ellos, y no había que levantarse pronto para ir a la nieve, que él se encargaría de dar los desayunos a sus hermanos. Preparamos entre los dos las tazas, platos y cubiertos para que desayunaran en condiciones en la mesa del comedor, y me acosté más feliz que nunca por tanta amabilidad. Me lo dijo: «No te fíes, Iñaki, algo trama, algo está tramando». Al día siguiente, sábado tres de diciembre de 1994, cuando me levanté —ilusionado por llevarles a la sierra— mis hijos no estaban. En la mesa, preparada para el desayuno y sin utilizar, había una carta dirigida a mí. Francisco y los pequeños la firmaban:

Papá:

Hoy es tres de diciembre, es el aniversario del día en que nos abandonasteis Julio y tú, así que te abandonamos para que sepas lo mal que se pasa.

Francisco         Pablo         Jaime

¡Dios mío!, ¡Dios mío! Ya no puedo recuperar a mis tres pequeños. ¡Víbora!, me los tiene convencidos de que soy el peor padre, que soy despreciable... Está llegando la primavera y aún no han venido por sus juguetes de Reyes... y no sé si podré dárselos algún día. La noche de Reyes estuvimos juntos con otros amigos en un cotillón, ya éramos sólo amigos, le dije a las cinco de la madrugada todo ilusionado:

«Me voy corriendo a empaquetar los regalos porque mañana vienen mis hijos y quiero darles la sorpresa de los paquetes.»

Me miró con ojos tristes, me cogió del brazo con cariño y me dijo:

«Vete a casa, pero no te hagas ilusiones, no quiero que sufras. Tus hijos te abandonaron el día tres de diciembre, y el diecisiete fueron a hacerte la última encerrona para denunciarte por malos tratos. No te lleves otro chasco. Tus hijos, Iñaki, no van a estar contigo mañana día de Reyes. No quieren tus regalos.»

¡Cuánto me dolió su sinceridad! Me solté de tu brazo, mi querida Isabel, y me fui casi odiándote por lo que me habías dicho. Me fui a casa con la ilusión y la incertidumbre; con la alegría de una noche tan mágica y la amargura que me produjo tu franqueza. Y envolví los paquetes cada vez con menos fuerza, con menos maña, con menos ilusión. Me di cuenta de que los tenía perdidos. Los perdí. Hace casi tres meses que no los veo. He llamado varias veces para hablar con Pablo y Jaime, para decirles que su hermano mayor quiere verles. La barrera es Francisco que siempre coge el teléfono y nunca me pasa con ellos.

Cuando llamé a Jaime por su séptimo cumpleaños ni siquiera se puso:

«No quiero, papá es tonto... Papá es tonto.»

Papá es tonto... tengo clavadas tantas frases...

Julio está destrozado, le gustaría ver a sus hermanos. Sería muy feliz si pudiéramos estar juntos un fin de semana, pero los pequeños están resentidos con él porque no quiere ver a la madre. Nunca lo conseguiré.

 

Hoy creo que voy a dormir bien. Estoy cansado, muy cansado... de todo, y noto cómo se me relajan las piernas y los brazos, y los párpados, es Isabel quien me los besa, es el aliento de Isabel y sus labios que van relajando mi entrecejo..., las sienes..., las mandíbulas..., mi cuello... Es Isabel con sus caricias, quien descarga las tensiones de mis hombros, de mis brazos, de mi pecho en el que entra con ritmo pausado el aire con olor a bosque de su boca.


R O N D A  8

Paco

No sabía que existiera nada de esto. Me regaló algunos poemas cuando éramos novios y después de casarnos, pero nada más. Cuando todo comenzó a ir mal dejó de darme sus poemas. «Mi señor ternura», así me llamaba en la buena época.

«Tu risa, ayer hermosa violeta de atardeceres es hoy tétrica ironía y desprecio. Tú, mi señor ternura, de mirada plácida de mar sereno, eres hoy puñal hiriente a mis sentidos. Tú, mi recuerdo de pasión y romance; primavera de ensueño, amor loco, campanillero de ilusiones. Tú, rosal de dicha, amigo, caminante de mi alma, te despides. Tú, mi señor ternura, te he perdido...»

Yo no me fui, me echó, qué mentirosa. Me echó de su vera boicoteándome la comida. Me echó de casa en el peor momento de mi vida, cuando me quedé sin trabajo. Le tenía que pedir dinero hasta para el autobús, y me boicoteó hasta eso. Lo perdí todo. Y ella. Perdimos la oportunidad.

«Mi señor ternura —decías, nunca nadie me llamó como tú, mi señor ternura, y te apoyabas sobre mi pecho y acariciabas la piel de mis mejillas con tus labios y en un susurro repetías, mi señor ternura, te quiero. Vivías cada una de tus caricias, no las dabas mecánicamente como las solemos dar los demás—. Recorro con las yemas de mis dedos tu enjambre de infinitos volcanes que se yerguen a mi paso, y percibo la fragancia que aflora, con mis pinceladas, de cada uno de tus salvajes valles, y me pierdo en cada bosque que encuentro, desmayada y febril. Recorro con mi boca los perfiles cósmicos de tu inagotable esencia, y tatúo con mi lastre puro de amor infinito cada rincón inaccesible de tu figura, y enardecida por la dicha soy la diosa Venus que desflora tu guarida hasta que pierdes tu identidad entre mis brazos, y deseas, extenuado, morir conmigo...»

¡Este poema no es para mí!, tiene fecha de este mismo año. ¿A quién va dirigido? La nena me contó que salía con un chico y que les veía muy enamorados. ¿Para quién de los que estaban en el funeral están escritos estos versos? Me da rabia que pueda ser para aquél que me apretó la mano hasta casi rompérmela y que me miró con aire de suficiencia. ¿Quién es ese tío?, me gustaría averiguarlo... No, no podré enterarme, es imposible, qué pregunto, y a quién pregunto, y qué digo, ¿un tío con los ojos azules, trajeado y rondando los cuarenta que me dio la mano en el funeral? ¿Quién va a saber decírmelo? Intento recordar... las caras de todos los que estaban. Quiero saber quien es el hijoputa que inspiró a mi mujer para escribir semejante poema.

«...y enardecida por la dicha soy la diosa Venus que desflora tu guarida hasta que pierdes tu identidad en mis brazos...»

¿Qué significa?, es pasional, visceral, erótico. Ella nunca me escribió cosas así, sólo chorradas románticas, tiernas, nada tan bestia. ¡A la mierda con todo! Necesito dormir..., cabrona, a mí nunca me escribió más que tonterías, ton-te-rí-as. ¡Puro romanticismo! Estoy nervioso, he de reconocerlo, ese poema erótico me ha jodido. Porque está claro que es erótico. No soporto que conmigo fuera una frígida y que con los demás se lo pasara de puta madre. Por otro lado no sé por qué me pongo así, está muerta... Pero conmigo era sólo romántica, y frígida, sí, frígida... sobre todo al final, pero aquí dice:

«Percibo la fragancia que aflora, con mis pinceladas, de cada uno de tus salvajes valles...»

Salvajes valles, ¡sus ingles!, claro.

«...y me pierdo en cada bosque que encuentro, desmayada y febril... »

¡Joder!

«...y recorro con mi boca los perfiles cósmicos de tu inagotable esencia...»

Hija de puta, ¡perfiles cósmicos!, a eso se le llama la-punta-la-polla.

«...y tatúo con mi lastre puro de amor infinito cada rincón inaccesible de tu figura...»

Inaccesible..., ¿pero qué dice la tía?, tatúo, no, si encima le hacía marcas la muy sádica.

«...y enardecida por la dicha soy la diosa Venus que desflora tu guarida hasta que pierdes tu identidad entre mis brazos, y deseas, extenuado, morir conmigo...»

Desflora su guarida hasta que pierde su identidad..., ¡eso es darle por culo!, ¡pero qué hija de puta!

Tiene que haber algo entre tanto papel. Tengo que saber a quién se lo ha escrito. ¡Con quién coños se lo hacía de esta forma! Fechas, fechas, sí, hay muchos ¿Quién puede decírmelo? La niña me lo comentó en algunas ocasiones:

«Mamá tiene novio, se llama...»

Se llama... ¡Iñaki!, sí, Iñaki. Y ¿quién coño es ese Iñaki? ¿Quién lo puede saber? ¿Será el que me dio la mano en el funeral con ese aire de suficiencia?, seguro. Berta me lo puede decir, por supuesto. Berta estaba con él, ahora que me acuerdo. Si es él, claro, porque pinta de tío cachondo no tiene, desde luego. La llamaré mañana. Son las dos de la madrugada, las dos de la madrugada del peor domingo de mi vida.

 

«¿Berta? Hola, soy Paco. Te he llamado varias veces esta mañana y claro, estabas trabajando, ¿no?»

«...»

«Bien, estoy bien. Anoche, cuando se durmió la niña estuve leyendo cosas de Isabel y he encontrado escritos que me gustaría entregar a una persona que tú conoces, el que estuvo contigo en el funeral, Iñaki.»

«...»

«Ah, pero... ¿no es ese Iñaki, el que estaba contigo ayer en el funeral?»

«...»

«¿Quién? Javier... Ni idea, no sé quién es Javier. Entonces, ¿no conoces a Iñaki?»

«...»

«Y ¿tienes su teléfono? O su dirección para mandárselo todo.»

«...»

«Sí, espero —o sea que el que me estrechó la mano y que casi le estrangulo por la mala leche con que me miraba no es Iñaki, el dueño de estos versos, es Javier. ¿Y por qué coños ese tío me miraba así? Me importa un carajo. ¿Pero y si los versos son para este Javier?—»

«...»

«Así, vale, con eso me basta. A ver, dime.»

«...»

«Vale, ya lo tengo. Bueno, corazón, y ¿tú cómo estás?»

«...»

«Ya, lo entiendo, erais superamigas... Esto es horroroso para todos. Imagínate cómo estoy yo, cinco años de novios y cinco de casados, para qué te voy a contar.»

«...»

«La nena, muy mal, no sé cómo va a superarlo, pero la vida sigue. Bueno, preciosa. Ya hablamos... Ah, oye, ese Javier, con el que fuiste al funeral, era su novio o algo así?»

«...»

«Ya... No es que me importe mucho, pero sentía curiosidad.»

«...»

«No, tranquila, no estoy hurgando en sus papeles, sólo que me he encontrado una carta a nombre de Iñaki y quiero mandársela pero no sabía cómo.»

Lo tengo, tengo el teléfono de Iñaki, de ese hijo de puta al que mi mujer mamaba sus perfiles cósmicos y su-i-na-go-ta-ble-e-sen-cia. Y a quien desfloraba hasta que perdía su identidad, ¡encima maricón reprimido el capullo! Voy a llamarle. Quiero conocerle. Quiero verme cara a cara con ese pibe de mierda que tan bien se lo hizo con mi mujer. ¿Pero qué coño le digo?, ¿que tengo cartas para él?, no, no vale. ¿Poemas?, ¿que tengo poemas?, también los tendrá él. ¿Qué cojones puedo decirle? Bueno, ya está, cojo este poema, lo meto en un sobre, pongo: «Para Iñaki. Abrir sólo en caso de que me muera». ¡No, joder!, sólo pongo: para Iñaki. Sin más, y si lo tiene repetido ¡que se lo meta por el culo!, pero yo me quedo a gusto.

 

«Hola, en este momento no puedo atenderte. Al oír la señal deja tu mensaje y te llamaré.»

«Hola, en este momento no puedo atenderte. Al oír la señal deja tu mensaje y te llamaré.»

«Hola, en este momento no puedo atenderte...» Ahora sin más le dejo un mensaje, ¡ya está bien, el tío!, no está nunca.

«Hola, soy Paco, el ex marido de Isabel, perdona que te llame pero es que he encontrado en su casa un sobre cerrado dirigido a ti y me gustaría dártelo... Por favor llámame, estoy estos días en su casa.»

«Hola, en este momento no puedo atenderte...»

 

Esperaré hasta mañana martes. Y si no, me dedico a buscar en las antiguas agendas de Isabel, que si no recuerdo mal las guardaba todas y seguro que encuentro la dirección del tío y me presento allí.

 

Me estoy empezando a hartar de esta espera. Mi suegra se encuentra mal, tiene una de sus crisis y no puede moverse. Entre eso y que no quiere deshacerse tan pronto de las cenizas de su hija, esto se alarga demasiado. Tengo cerrado desde el jueves y estoy perdiendo dinero. Debo largarme cuanto antes.


R O N D A  9

Javier

Gracias, Berta, por confiar en mí. Hoy he ido a ver a la madre. No he podido esperar más tiempo aunque sé que él está aún en la casa y no puedo entrar. O quizás por eso, porque sé que está y no respetará ni un solo papel o carta o rincón de la casa sin cotillear. He ido a ver a la madre. Me ha recibido muy cordial. Hemos tomado café... Tiene algo de ella: no son sus ojos, ni su boca, nada concreto, es un aire, cierto parecido. Por un momento me he imaginado a Isabel de mayor. Te sonará a topicazo cursi, pero me hubiera gustado verla envejecer. Llegar a tenerla conmigo siendo así de mayor. El pelo gris, la piel suave, la carne blanda..., sus arrugas... Me preguntó si la conocía. En ese momento, rodeado de cosas que ella seguro amaba, porque es la casa de su infancia, delante de aquella mujer, su madre, y con la pregunta suspendida en el aire, las palabras se me han atragantado y, lo sé, se me han cargado los ojos. Hubiera querido decirle que me estaba enamorando de ella, que estoy enamorado de su hija, cuando el destino, la mala suerte o lo que sea, se la ha llevado. Pero no he podido decirle nada. Sin embargo estoy seguro de que esta mujer me lo ha notado porque ha puesto su mano sobre la mía para darme alivio. Me ha hablado de ella... Me ha dicho que durante los últimos meses no le iban bien las cosas en su trabajo, tampoco a nivel personal... Pasaba un mal momento.

«Había tenido complicaciones y aunque ella no le daba mucha importancia yo sé que se lo tomaba muy en serio. Estaba pasando una crisis. Ella siempre me decía que cuando se toca fondo es cuando tomas conciencia de la perspectiva de tu vida y tienes la fuerza suficiente para pegar un fuerte impulso y salir, y no ahogarte. Sentía que había tocado fondo y necesitaba dar un salto, un vuelco a su vida. Volver a construir sus cimientos que estaban deteriorados y crearse más fuerte... Cuando se sentía muy mal se encerraba en casa y no me quería ver, ni contar nada, porque si lo hacía lloraba y no quería hacerme sufrir. Yo sabía que estaba deprimida porque se le agriaba el carácter, se ponía muy nerviosa. Contestaba mal a todos y por cualquier tontería. Le sentaba mal la mínima bobada y se ponía a chillar como una energúmena. Pero al rato, siempre, recapacitaba y me pedía perdón. A todos nos pedía disculpas. Y si le preguntaba por qué estaba tan nerviosa, decía lo mismo: ¡No me preguntes, mamá, no me preguntes! Ya te lo contaré cuando no me duela tanto... Así era ella. Se le saltaban las lágrimas.»

Me ha entregado un sobre cerrado. He leído lo que pone en el exterior y no he podido contener la risa: «Claves de acceso a mi ordenador. Inútil intento de robo, todos los textos están inscritos en el Registro de la Propiedad Intelectual». Al darme el sobre me ha seguido hablando.

«Berta me ha dicho que eras un gran amigo de mi hija y que entiendes de poemas y de cuentos y de esas cosas que escribía. Espero de verdad que te guste lo que ha escrito en estos años y que puedas hacer algo. No sólo por el dinero, que le vendrá muy bien a mi nieta, sino porque ésa era una de sus ilusiones, ver publicado algo y... se fue sin conseguirlo.»

Se le atragantó la última frase. Tiene los ojos muy pequeños, me he fijado bien, es por la hinchazón de los párpados... Al despedirnos me ha dado un abrazo intenso, cargado de amargura y de soledad, uno de esos abrazos que sólo las madres que pierden un hijo pueden dar.

 

He caminado por la ribera del río hacia su casa, hay menos de un kilómetro. La calle ya no es un barrizal como lo fue durante aquellos años en los que jugaba al escondite entre los árboles. Ahora está asfaltada, aunque no pasan muchos coches. Las tres hileras de fresnos y tilos gigantescos que ella describe, aún sin hojas, adornan la ribera...

«...los mismos que ahora podía mirar, un poco más viejos, como yo; y, en apariencia, más pequeños, también como yo. Nunca, en esa época de mi niñez, me sentí fuerte y grande, quizás tuvo que ver mucho aquella escalinata.»

La escalinata, ahí está. Los peldaños están ya muy deteriorados, y no veo la terraza de la que habla en el cuento. Arriba, frente al portal 21, sólo hay un jardín con dos árboles. Imagino que tampoco vivirán ya en el edificio sus amigos... Y ésta es su perspectiva, las tres hileras de tilos y fresnos y el poyete blanco que bordea toda la ribera del río... Camino. Camino por el mismo paseo que hacía ella cuando regresaba de visitar a su madre. Respiro y disfruto de esta mañana de primeros de marzo.

«Escribo esta carta sin tristeza, sin sufrir, serena y tranquila, así que espero no entristecer a nadie. Mientras escribo, a ratos, miro por la ventana y veo los árboles aún sin hojas. Estamos a finales de febrero de 1995 y, aunque aún falta para que llegue la primavera, ya intuyo en las ramas de los tilos los primeros brotes de vida. Los almendros de mi barrio han florecido, de este barrio. Imagino que en pocas semanas el Valle del Jerte se vestirá con su manto alba, y que Sevilla comenzará a oler a flores de azahar... Percibo el olor de la primavera, del nacimiento de la vida, como si fuera la primera vez, o como si fuera la última... Y reconozco que esta sensación de sentir todo como si fuera la primera vez, o la última, la disfruto desde hace algún tiempo, y me doy cuenta de que, desde entonces, soy más feliz que nunca... Recuerdo ahora los versos de León Felipe que tanto me impactaron y tanta razón tienen: "que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo, pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero, ligero, siempre ligero, para que nunca recemos como el sacristán los rezos, ni como el cómico viejo digamos los versos... para enterrar a los muertos como debemos cualquiera sirve, cualquiera, menos un sepulturero."»

Yo también siento ahora las cosas de otra forma, como si fuera la primera vez que las veo, o la última, como ella las veía:

«...vivas, intensas; todo, no sólo el color, o la luz, los perfumes, las texturas, sino los versos, la música, la calidez de los abrazos, las palabras, los susurros, las miradas, las caricias..., la caricia perdida ¿quién la recogerá?»

¡Las caricias que pude darte! Aquella noche en el baile debí acariciar tus mejillas, decirte que comenzaba a amarte. La caricia perdida ¿quién la recogerá? La caricia perdida, el tiempo perdido, el amor perdido, los años perdidos, su vida perdida. Tus cenizas... que se perderán fundidas en el viento y en el mar...

«Y el viajero que tiene como el cielo los ojos y que está entre vosotros ¿me reconocerá?»


R O N D A  9

Iñaki

¡Otra vez el teléfono! Espero que ahora hablen. No puede ser nadie conocido porque la gente amiga sabe que nunca cojo el teléfono hasta no oír la voz cuando salta el contestador. Lo saben hasta los compañeros de mi trabajo, así que la persona que está llamando no me conoce de nada.

«Hola, soy Paco, el ex marido de Isabel, perdona que te llame pero es que he encontrado un sobre cerrado dirigido a ti y me gustaría dártelo. Por favor llámame, estoy estos días en su casa.»

¿Pero qué es esto? ¿El ex marido de Isabel llamándome a mi casa? ¡Ese cerdo llamándome a mi casa como si me conociera de toda la vida! ¿Cómo se atreve a molestarme? ¿Un sobre cerrado dirigido a mí? Una carta. Otra carta. ¡No!, no. No puedo soportarlo. No quiero cartas. ¡Isabel está muerta!, no hay nada, no queda nada. No deseo nada más de ella. Y menos de él. No quiero oír su voz en otra carta en la que seguro me inculpa de sus penas, me hace responsable del dolor de sus últimos días. ¡No! ¡Olvídate, Iñaki! No vas a contestar a un loco como ése. Loco de remate, además un chulo, un chulo de mierda que la hizo una desgraciada durante años. Ese mierda le hizo putadas, muchas putadas. Me hablaba de su matrimonio y siempre me hablaba de soledad. Ese tío nunca estaba con ella, tenía demasiadas amigas con las que gastar el tiempo. Amigas a las que daba el teléfono y que llamaban a cualquier hora del día o de la noche preguntado por él. Pobre Isabel, cuanto sufrió durante su matrimonio. ¡Cuántas humillaciones!, como el día que descubrió que su marido tenía preservativos en la bolsa de deportes que llevaba al curso de ultraligeros, cuando ella no los necesitaba porque tenía un DIU puesto. El curso lo realizaba a cien kilómetros de Madrid con un compañero de trabajo que Isabel averiguó...

«Se llamaba Consuelo y lógicamente se dedicaba a consolar el furor testicular de mi marido.»

Era tan despreciable que todo lo negaba, incluso juraba por su hija, que nunca había hecho nada con ninguna mujer.

«Un día me empeñé en acompañarle con mi niña al curso, para ver a esa mala pécora y averiguar si estaban enrollados. ¡Tuve que aguantar tantas humillaciones! Se reía de mi miedo a la altura. Y yo muy digna decía que no me daba miedo, tan sólo que me parecía una estupidez gastar tanto dinero por diez minutos. Él seguía porfiándome, ¡es miedo!, decía. Tienes miedo como la mayoría de las mujeres, bueno excepto Consuelo que ya ves está haciendo el curso conmigo. Le eché todo el valor que pude y me monté en aquel ultraligero. Parecía un avioncito hecho con una servilleta de papel y palillos. Me senté y puse mis pies en el único sitio estable que vi, una especie de pedales. Estaba aterrada. No quise mirar la cara de Paco porque le imaginé muerto de la risa con aquella imbécil. En el fondo tengo que agradecer a mi ex el haber vivido una de las experiencias más hermosas e inolvidables: volar a trescientos metros de altura, sobre árboles y pueblecitos, sobre un río dorado por la luz de uno de los atardeceres más hermosos que he visto. Lo peor fue cuando pasaron los diez minutos de vuelo y tuve que enfrentarme a semejante imbécil que, puesto en jarras y con las piernas abiertas -típica postura de los que se creen muy machos y se sienten poderosos pero no valen una mierda- me miraba riéndose incrédulo y me observaba para ver si me temblaban las piernas. La humillación vino después, en el coche, cuando volvíamos a casa. Le dijo a Consuelo delante de mis narices, muerto de la risa, que yo creía que se estaban acostando juntos. Ella iba delante con él, yo con la niña detrás. "¡No se fía de nosotros, cree que le pongo los cuernos contigo!" Y me los estaba poniendo el muy cerdo, con ella y con otras... Cuando me separé por fin, alguien me llamó a casa porque mi marido debía dinero de un asqueroso picadero en el peor barrio de Madrid y que compartía con varios amigos, también casados. Humillaciones, éstas y otras, del mismo día y de otros muchos, ¿para qué te voy a contar, Iñaki?»

Pobre Isabel, ¡cuánto le hizo pasar ese hombre! Era un mierda. Un indeseable. ¿Cómo pudo casarse con ese tío? ¡Y ahora me llama para entregarme una carta! Eso es una encerrona, seguro, una encerrona. Una trampa. Lo que quiere es verme y pegarme una paliza por haber estado con su ex mujer. Es un cerdo, un impresentable. No me fío en absoluto. Tendré que tener cuidado.

 

«¡Julio!, ¿cómo puedes decirme semejante burrada?, ¿qué has estado hablando con tu madre por teléfono? Hijo, ¿cómo haces eso?, sabes que te pone nervioso y estás en época de exámenes. ¿Por qué no la has colgado? ... ¿Cómo que te ha convencido? ... ¿Llorar?, llorar llora siempre cuando quiere convencer. No tenías que haberle hecho caso... Bueno dime, ¿qué te ha dicho? ... ¿Qué? ... tendrá cara, ¿te pide que te vayas en Semana Santa con ella y a mí no me deja a los niños desde el 17 de diciembre? ... Julio, no la disculpes, los niños no han estado malos, y si lo han estado yo estoy preparado para cuidarlos igual que ella... ¿Que has hablado con Francisco? ¿Y eso, por qué? ... ¿Cariñoso?, no te fíes de él, es como su madre. Ya viste lo que me hizo las últimas veces. Ya te dije lo que me hizo el último día, o es que no te acuerdas: empezó a recoger los juguetes que les he comprado durante estos años para llevárselos a casa de su madre porque decía que, si son de ellos, deben estar allí. Me enfadé, le dije que dejara todo en su sitio y se tiró al suelo, dando golpes con las piernas en la pared y la puerta, gritando como un loco que no le pegara. Los pequeños vinieron corriendo y gritaron asustados, ¡todos gritando y pidiendo auxilio! Y se fueron a la comisaria, Julio, ¿es que no te acuerdas, te lo conté? ¿Cómo puedes fiarte ahora de tu hermano? ... Están haciendo lo posible por que tú también te alejes de mí. Lo sé, lo veo. Ella intenta engañarte como lo ha hecho con los otros. Después de tres años de lucha, ¿vas a arriesgarte tanto? Hablar con ella puede ser terrible, hijo. Intentará convencerte de que es una buena madre para que vuelvas a su casa, y luego te eche como otras veces ¿o es que no te acuerdas del verano pasado, hijo? Llamó al portero y te echaron entre todos, empujándote... ¿Tú?, no, no, no, le dijiste lo que debías... ¡Vamos Julio, por Dios!, no digas tonterías... Hijo, ¿tú también me va a abandonar? ... Bueno, perdona, no he querido decirte eso, ya sé que tú no me vas a abandonar nunca. Pero tengo miedo de que caigas en sus garras y te convenza... Que sí, que ya sé que tienes dieciséis años y no puede contigo... Vale, vale. Hasta el viernes. De acuerdo hijo, ... un beso.»

 

¡Dios mío!, ¿qué está pasando?, tengo la sensación, como la tuvo Isabel, de que se está apagando mi chimenea.

«Es la hora del declive, la amalgama de los fuegos se está extinguiendo, sólo el rescoldo anodino envuelve con su tibieza nuestra destemplanza. Se ha eclipsado nuestra lumbre. ¡La luna nos abandona! Está gélido el ambiente. Se han parado los relojes.»

Se han parado los relojes. Está gélido el ambiente, se han parado los relojes... Algún día me echarás de menos, tanto que sentirás frío, el frío de la soledad, de mi ausencia. No hay frío tan gélido como el que produce el desamparo de la soledad, algún día notarás que me echas de menos por el frío... Está gélido el ambiente, ¡la luna nos abandona!, se ha eclipsado nuestra lumbre, se han parado los relojes...

Dos mensajes más de ese imbécil. Tengo que tener cuidado. Es peligroso, es un tío peligroso. Insiste, insiste en darme algo. Quiere matarme seguro. Ha leído los poemas, ha leído todo lo que Isabel me ha escrito, claro, ha registrado sus cosas, ¡el ordenador! Ha leído. Me persigue, me va a perseguir siempre. No me va a dejar en paz, como mi ex mujer. Ella me persigue, me denuncia, me roba a mis hijos, ¡intenta robarme a Julio también!, y este tío me persigue. Se atreverá a venir a mi casa, seguro, y a dar golpes en mi puerta, muy capaz, ya me lo decía Isabel, es capaz de todo. ¡Está loco! No sé qué voy a hacer. Me estoy volviendo loco yo también, incluso he notado que a veces hablo solo, no, no, no, no estoy loco, lo que pasa es que no salgo. Debo salir con amigos, estoy encerrado desde el funeral: trabajo y casa, trabajo y casa. Debo salir. Voy a llamar a Teresa, o a Mirian. A Teresa no, antes tengo que perdirle disculpas por haberla dejado plantada el domingo en la cafetería cuando empezó a acusarme. No, no voy a pedirle disculpas, ¡está de los nervios!, como decía Isabel, es ella la que debería disculparse por cotillear sobre mi vida privada. Mirian y ella son inseparables, así que nada. Llamaré a... sí, a Carmen. Ella nunca me falla, es una verdadera amiga. La invitaré a cenar... Isabel tenía celos de Carmen. No soportaba que yo tuviera mi vida privada. Me sentó muy mal lo que me escribió aquella vez.

«No voy en esta carta a ir paso por paso recordando cada momento bueno y cada error que cometimos. Pero déjame que añada que no hay que darle tanta importancia a lo que tú llamas independencia o libertad. Porque el que yo quiera saber de ti, hablar contigo cada día por teléfono o verte un par de veces por semana, no te quita la libertad que tienes de hablar con otras personas, de verlas, de cenar con ellas. El hecho de ocultar las cosas, de tener secretitos, no da más libertad, la libertad está en poder hacer lo que queramos sin tener que demostrarnos constantemente a nosotros mismos que somos libres.»

¡Qué chorrada!, la libertad está en poder hacer lo que queramos sin tener que demostrarnos constantemente a nosotros mismos que somos libres... Yo no necesito demostrarme nada. Soy libre y quiero seguir siéndolo. Por eso no aguanto una pareja, ni una ex, ni al ex de nadie, no quiero aguantar a nadie.

Carmen no está. Se ha ido de viaje.


R O N D A  9

Paco

Vaya testamento de mierda que ha dejado. ¿Pueden tenerse menos cosas en esta vida que las que tenía esta mujer? No sé dónde echaba el dinero que ganaba. A ver si va a ser verdad eso de que no tenia suficiente al mes como me decía. No, si... al final he sido también un hijo puta en eso. Reconozco que no la he mandado un duro por la niña en los últimos tres años, pero es que a mí me iba igual de mal.

«Dejo a mi hija lo poco que poseo: mis libros, todos mis libros, con el deseo de que se aficione a la lectura algún día. Deseo que los guarde como un tesoro, como ella sabe que yo guardaría los suyos, y que, poco a poco, a lo largo de su vida, lea aquellos libros que me hicieron vibrar, soñar, huir de mi realidad que nunca fue fácil desde que tengo memoria. Si no pudiera conservarlos todos, al menos que se quede con los que apunto en la lista del final de este testamento. Pero sobre todo quiero que conserve mis libros de poemas, en ellos hay flores secas que no quiero que se pierdan y lágrimas de todos los tiempos: algunas son antiguas y han amarilleado en las hojas entre letra y letra; algunas son lágrimas frescas que aún huelen a la sal de alguno de mis mares. Entre las hojas encontrará a veces consuelo; otras, esperanza; otras, melancolía, pero sobre todo me encontrará a mí, y quizás alivie el dolor de nuestra separación. También dejo a mi hija esas pequeñas cosas que ni siquiera son mías, son de ella: el viejo ordenador, para que se meta en él con la misma sensación de misterio que siempre me metí yo, como la protagonista de aquel cuento que me inventé, Marga, la niña rica y solitaria que se encerraba en la biblioteca de su padre y cogía libros de viajes y se metía en ellos (como hacía Mary Poppins y sus amigos en los cuadros pintados en el suelo del parque); la cámara de vídeo, que también es suya, para que aprenda a captar los sentimientos de la gente que ama como yo capte los suyos y los de nuestra pequeña familia; los vídeos que están grabados, cuando pase algún tiempo y ya podáis verlos sin sufrir, guardadlos y enseñádselos a mis nietos. Sobre todo a la tercera Isabel de la saga, que sé que llegará a quererme como abuela sin haberme conocido. Mis compacts de música clásica y de ópera, Adagietto de Mahler o Meditación de Jules Massenet con los que he escrito mis poemas más tristes; o Brindisi de la Traviata con el que recibía aire fresco y una gran fuerza para seguir tirando, o Un di felice o sonata Claro de luna de Beethoven que también se hacían eco de mis tristezas.

»A mi madre no sé qué dejarle porque no tengo nada de valor excepto los versos que alguna vez le he escrito; las cintas de cassette con canciones que le canté cuando era niña y que son copias por si perdía las suyas. Ahora me doy cuenta de lo poco que tengo para daros. Ahora, cuando me siento a escribir este testamento, me doy cuenta de lo vacías que están mis manos: mis pendientes son baratijas del rastro, y los cuadros que están colgados en las paredes de mi casa tienen sólo el valor sentimental que les queráis dar. Son lienzos en los que mi inexperta mano quiso plasmar el colorido que veo en la naturaleza, a veces irreal de tan hermosa. Haced lo que queráis con ellos aunque hay uno que quisiera testar a una gran amiga. Una de esas amigas que se tienen de toda la vida y que se ha pasado ¡toda la vida! pidiéndome el pequeño cuadro en el que pinté una noche de luna llena en la playa, y que nunca se lo di porque para mí tenía un gran significado. Lo pinté en una época en la que aún creía en el amor, en el ser humano, en el hombre, en mí, por eso no podía regalarlo. Siempre que estaba perdida en un laberinto sin salida lo miraba e inmediatamente volvía a recuperarme, a recuperar aquella joven inquieta, idealista, un poco ingenua pero feliz que creía en todo, y más que en nada en sí misma. Con tan sólo mirar aquella marina nocturna me llenaba de fuerza, de fe y de esperanza. Una fe que, como el cuadro, ha ido perdiendo intensidad, él por el paso del tiempo, yo por las apisonadoras que pone la vida en cada esquina, por los cinceles que van deformando los perfiles de nuestras biografías y la piel de nuestras entrañas. Así que por fin, querida Paloma, te dejo el cuadro que tanto me pediste, me hace ilusión dártelo, siempre prometí que te lo regalaría.

»Los pocos muebles que tengo y que no vayan a servirle a mi hija pueden ser vendidos o regalados. Más bien lo último porque carecen de todo valor y están viejos. El coche, aunque está hecho una pena, aún puede servirle a mi hermano, pero, si lo vende, el dinero que saque por él será para mi hija, que mi madre se lo administre, para que se compre esas cositas que tanto le gustan: pendientes y anillos, lápices de labios, perfiladores y zapatos -su obsesión- para que tenga todos los zapatos que desee.

»Intento recordar si hay algo más que pueda dejar a mi hija, a mi madre, a mi tía o a mis hermanos y no recuerdo nada. Tan sólo se me ocurre que dentro del ordenador hay muchas cosas escritas que a lo mejor algún día alguien piensa que pueden tener algún valor y desea publicarlas, quizás entonces mi hija consiga tener una herencia digna. Así que ruego a mi madre y mi tía que busquen a alguien que sepa de estos temas y que intente sacarle algún provecho.»

 

¡Vaya herencia! Encima la niña está empeñada en que nos llevemos todo. Miles de carpetas y de cajas de zapatos en los que su madre guardaba lo más inservible. Hoy me ha enseñado una caja transparente llena de rosas que están negras y puestas sobre un pañuelo amarillento de encaje. Me ha dicho que quiere conservar todo, todo. Me ha mirado con lagrimillas en los ojos y me ha dicho: ¿Sabes qué es esto? Flores viejas, le he contestado. Es el pañuelo de encaje que llevaba mamá el día de vuestra boda y las rosas son las que tú le regalaste cuando cumplió sus diecisiete años. Sólo hay dieciséis porque una de las rosas la dejó entre los pies clavados del Cristo que hay a la entrada de la Iglesia de San Antonio de la Florida. No voy a dejar nada de mamá aquí, me ha dicho. Si no me llevo sus cosas yo tampoco voy.

Por más que le he explicado que esta casa hay que dejarla porque no podemos pagar el alquiler eternamente; por más que le he dicho que en mi casa no caben tantos muebles y libros y carpetas y cuadros y las dos gatas, no lo entiende. Me ha amenazado con quedarse con la abuela a vivir porque dice que ella va a tirar sus muebles y a colocar los de su mamá en su casa y que va a conservarlo todo así siempre hasta que se haga mayor y se los lleve si lo desea. Dice que Isabel les ha dicho en las cartas que cuidará de todos desde el otro lado del arco iris; que estará siempre pendiente de ellos y que las cosas que amaba están tan cargadas de su cariño que les harán felices. Al final no sé lo que voy a hacer pero me tengo que ir si no quiero arruinarme. Estoy dándole vueltas, podría irme sin la niña y volver. Tampoco me dicen cuando será lo de las cenizas, además la abuela y la tía dicen que por qué la niña tiene que perder el curso, que la deje aquí hasta el verano. No sería mala idea. Los primeros meses serán los peores y nadie mejor que su abuela para comprenderla y ayudarla. Además yo no soporto ver llorar a mi hija, me destroza.

 

«Hola, en este momento no puedo atenderte. Al oír la señal deja tu mensaje y te llamaré.»

¡Que no hay manera!, yo creo que este tío está en casa pero no coge el teléfono nunca. Le he dejado ya un montón de mensajes y nada, que no llama. Bien, ha llegado el momento de buscar en las agendas.

 

Ha sido más fácil de lo que me esperaba. Sencillamente la dirección estaba en la agenda que hay cerca del teléfono. Tengo la dirección pero no sé... Ahora que lo pienso me parece una gilipollez ir a ver a ese tío. Pero es que es una curiosidad morbosa la que me obliga. En el fondo es enfrentarse a un rival con el que mi ex se lo ha pasado bien. Me apetece conocerle, incluso, por qué no, tomarme un café con él. Me jode, aunque esté muerta, que se lo haya pasado bien con otros.

¿Y cómo le reconozco? Ya sé. Le preguntaré a la nena a ver si tiene fotos del Iñaki.

 

¡Vaya chasco! Ahora resulta que con ese tío sólo ha estado saliendo cuatro meses. Luego estuvieron una época como amigos y más tarde rompieron. Un mes antes de que muriera ya no se hablaban. Dice mi enana que se portó fatal, que le mandó una carta que era más bien un telegrama, y que Isabel se puso furiosa y no paraba de decir que ese tío estaba loco, que era un paranoico. Cuatro meses, más tres de amigos, más uno sin hablarse. Ocho meses. Comenzaron en junio de 1994, bueno y ¿qué más da? Yo pensé que era otra cosa. A esta mujer nunca se le han dado bien los hombres, pobrecilla.

De todas formas da igual. Quiero verle la cara al dueño de los perfiles cósmicos.


R O N D A  10

Javier

No consigo ver los tilos y fresnos con nitidez. Intento comprimir esta pena para que no se me escape ni una lágrima, pero no puedo. Quiero sentir con alegría la posibilidad que me ofrece la vida de percibir la luz, la luz de primeros de marzo como decía ella; notar en el aire, en los olores, que se acerca poco a poco la primavera; que mis retinas se llenen de este color azul intenso de cielo, del rojo teja de las casas que me rodean, del blanco de los almendros de la otra orilla; que mis oídos se relajen con los graznidos de los patos, el gorjeo de los pájaros y el canturreo de las ráfagas de aire que vienen frescas de las montañas cercanas; sentir la paz de estos cisnes que navegan por las aguas del río siempre en pareja, como en una danza nupcial, uno junto al otro como yo hubiera querido estar contigo.

 

«Tengo las llaves de su casa en el bolsillo de mi chaqueta, lo he comprobado de forma obsesiva muchas veces desde que me las entregó la madre. Me da miedo que desaparezcan como lo ha hecho ella. ¡Son mías!, ahora son mías... Ya sé, Berta. Debo relajarme... Que sí que todavía no puedo entrar, ese Paco está todavía allí... ¿Tienes idea de hasta cuándo?... He llegado a pocos metros de la casa, no he podido remediarlo. Dejé el coche aparcado junto a la casa de la madre y caminé hasta allí. Miré las ventanas... Durante largo rato estuve observando. Al final los vi: a él y a la niña. ¿Por qué no puedo mirarla, dime?... No puedo mirarla, no. Me siento mal, tengo miedo y no comprendo por qué... Miedo de quererla por ser su hija, puede ser. Miedo de quererla cuando ya no tiene remedio... No, no me he acercado a ellos. ¿Cómo iba a hacerlo? Simplemente les he observado. Es un chulo, en los andares, en la forma tan escandalosa de hablar... No, no es que hable mal, el problema es que habla muy fuerte y con mucho acento. Se le escucha a distancia, no es nada discreto... La casa ha quedado sola. Vacía. Me hubiera gustado subir. Estoy deseando que se vaya para hacerlo. Entrar y sentirme más cerca de ella... Berta, por favor. No me estoy volviendo loco... Sí, sufro, pero ¿qué puedo hacer?... ¿Olvidar?, ¿olvidar?, acabo de darme cuenta de que la amaba y pretendes que ya mismo la olvide... Sí, lo sé... Ella no volverá, lo sé, no hace falta que seas tan dura... Lo sé... Déjame, por favor. No soy masoquista, no lo soy... Ya se me pasará con el tiempo... No te preocupes, desgraciadamente no tendré más remedio que intentar olvidar, pero ahora no puedo, todavía no puedo... Tú no tienes la culpa, has hecho bien en recomendarme para que lo organice todo... ¡No, no!, te equivocas, tengo que hacerlo, tengo que pensar en ella, leer todo, saber todo, ¿no lo entiendes? Es la única forma de que se aplaque esta angustia... Siento que no lo entiendas, creí que estabas de mi parte cuando me contaste lo de la madre, que me comprendías... Pues no te arrepientas... Estate tranquila por favor... Tengo que olvidar, lo sé, pero dame tiempo. Tiempo, eso es lo que necesito...»


R O N D A  10

Iñaki

Estoy deseando llegar a casa. Me siento muy cansado. Debo animarme porque pasado mañana es viernes y vendrá Julio a pasar el fin de semana conmigo. Necesito descansar. Olvidarme. Iremos al cine. Podemos hacer una escapada con las bicicletas. Necesito aire fresco. Estoy fatal. En el trabajo me dicen que me tome unos días de descanso pero no puedo, hay muchas cosas pendientes, además no me conviene estar solo en casa. Si me cojo unos días es para irme con mi hijo a algún sitio, pero él no puede faltar al colegio. Me han tomado la tensión. El médico de la empresa me ha mandado unas pastillas, no sé si tomármelas. No me gusta medicarme. También me ha recomendado algo inocuo para dormir. No quiero tomar nada. No me gusta tomar nada. Esto tiene que pasar por sí solo. Es cuestión de tiempo y de relajaciones. Son muchas cosas: la muerte inesperada de Isabel; mi hijo que me tiene preocupado porque su madre no hace más que llamarle llorando y a él se le está ablandando el corazón; las denuncias y los juicios pendientes; la indiferencia de los que yo creía amigos y que no me llaman; y las llamadas insistentes de ese chulo que se está pasando, y que seguro que se presenta en mi casa en cualquier momento. Tengo miedo de llegar al portal, lo mismo está allí, esperándome. Sería horrible.

 

Me tiemblan las manos al abrir la puerta de la verja, no me han temblado nunca hasta ahora. Si me está esperando me doy la vuelta y busco a la policía. Hay alguien sentado en el banco. No puede ser él. ¡Sí, lo es, es él! Pasa sin más, no le dirijas la mirada, a lo mejor no me reconoce. Fuerte, sé fuerte. Cuando llegues al portal todo habrá pasado. Se ha levantado. Me habla, me está hablando. Sonríe y me pregunta si soy Iñaki. Le digo que qué quiere, sonríe, es un chulo, se presenta como el ex de Isabel y dice que me ha dejado mensajes. No quiero hablar con él, ¿por qué tengo que contestarle? Esto es una pesadilla, ¿qué hace este tío persiguiéndome?, ¿qué tiene que ver conmigo? Odio los escándalos pero chillo, chillo, no quiero que se me acerque. Ya estoy junto al portal. Dice que me da una carta de Isabel, que sólo es eso. Está sereno, mucho más que yo. Tiemblo. Alargo la mano. Me la da. Me doy la vuelta pero se interpone entre el portal y yo. Me increpa furioso. Le tiembla el labio inferior cuando grita. Está en jarras. Quiere que hablemos. ¡Está loco!, ¿pero de qué tengo yo que hablar con él?... Mi mujer y tú fuisteis amantes, me dice, y por un momento me siento como el amante cogido in fraganti. ¿Pero por qué?, estaban divorciados y encima está muerta. ¡Está enfermo! No para de decir guarradas de que me la mamaba, ¡cerdo asqueroso! Le odio, le odio. Tengo ganas de estrellarle la bola de billar que tiene por cabeza contra la pared. Me para el puñetazo el muy cabrón. Me llama hijo de perra. ¡Largo!, le digo, si no quieres que llame a la policía. Abro la puerta. Entro. No me sigue, ni siquiera lo ha intentado. Se ha quedado como Mister Proper riéndose de mí a través del cristal de la puerta. Cojo el ascensor. Se me hace eterno. Tengo taquicardia. Sudo. Cualquier día me matará. Está enfermo. No hay otra explicación, está loco.

 

Tengo el sobre y no sé si abrirlo. Siento miedo. No quiero que me haga sufrir más. Pero soy fuerte. Lo abro. Hay un poema. Lo guardo de nuevo.

«... Recorro con las yemas de mis dedos tu enjambre de infinitos volcanes que se yerguen a mi paso, y percibo la fragancia que aflora, con mis pinceladas, de cada uno de tus salvajes valles, y me pierdo en cada bosque que encuentro, desmayada y febril. Y recorro con mi boca los perfiles cósmicos de tu inagotable esencia, y tatúo con mi lastre puro de amor infinito cada rincón inaccesible de tu figura, y enardecida por la dicha soy la diosa Venus que desflora tu guarida hasta que pierdes tu identidad entre mis brazos, y deseas, extenuado, morir conmigo.»

Morir contigo, Isabel. Morir contigo, y descansar. Estoy cansado, muy cansado, no tengo fuerzas ni para pensar. Ni para saber qué has querido decir en tu poema, sólo sé que estoy extenuado y ansío descansar. La muerte es la nada. Nada. Y si no hay nada, es un descanso. Los muertos no piensan, no sufren, no sienten, no están cansados como yo. Morir es descansar. No me importaría estar muerto. Dejar de ser. Dejar de existir. No ser. No pensar. Nada.

 

Mañana viene mi hijo.

Ayer, no sé cómo pude dormir algo. Me tomé un cuarto de una de esas pastillas que me mandó el médico del trabajo. Al principio pensé que me había sentado mal, me faltaba el aire a pesar de dar grandes bocanadas, me ahogaba. Tenía taquicardia, sudaba por el cuello y la frente, por todas partes. Me levanté para ver si podía vomitar la dichosa pastilla. Leí un par de veces el prospecto pero no ponía nada sobre aquellos síntomas. Era evidente que estaba somatizando. Todo era producto de mi imaginación. Era la angustia, y el estrés, y el miedo. Sólo tenía que respirar profundamente varias veces y sentir los besos de Isabel en mis párpados, su aliento de bosque en mis mejillas, sus manos acariciar mi pelo y mis hombros, y su voz arrullarme con versos que no entendía.

 

Hoy estoy un poco mejor.

«Julio, ¿qué dices? ¿Cómo me haces esto hijo?... ¿Sabes que me estás haciendo?... ¿Cómo te has dejado convencer? Me estás matando, hijo... No, no lo entiendo. ¡Después de tanta lucha por ayudarte! Después de todo lo que tu madre te ha hecho, ¿es que no te acuerdas? Aquel día que te sacó del internado y te llevó a un hostal y se emborrachó delante de ti y luego vomitó. ¿No te acuerdas hijo cuando nos fuimos de la casa porque estabas sumido en una depresión bestial? Aquel día, aquel 3 de diciembre renuncié a todo por ti, hijo. He perdido a tus hermanos por ti, y ¡ahora me haces esto! No vayas mañana. No me dejes este fin de semana por favor. Estoy muy mal, hijo. Ya te contaré lo que me ha pasado. Estoy muy mal, ¡no me dejes por favor! No me dejes, hijo. No me abandones tú también... ¡Dios mío!»


R O N D A  10

Paco

Vaya, por fin. Ahora podré ver a mis anchas las fotos y el vídeo del Iñaki... En persona está más viejo. ¡Qué gilipollas!, seguro que se ha cagao de miedo... ¡Qué hija de puta!, cómo se lo pasaban. Le persigue por las habitaciones de un chalet en la playa, frente al mar, muerta de la risa y el otro destornillado. Le graba sin que se lo espere cuando él se afeita y se descojonan los dos. Le graba y comienzan a bailar «Burbujas de amor» de Juan Luis Guerra, la cámara filma dos barbillas desde abajo, la tienen sujeta entre los dos que están abrazados. ¡Maricona!

Vaya coñazo, veinte minutos lo menos con su cara en primer plano. Por cierto que ahora está más calvo, el capullo. Tendrá unos cincuenta..., no llega, pero se acerca. Me jode, es un tío, según mi hija, con tres carreras, es de los que le gustan a su madre. A mí siempre me despreció porque no tenía más que estudios primarios y al final no paraba de decirme que era un mierda y un inculto.

Qué estúpido, pone voz así como de profesor cuando ella le pregunta cosas y no para de filmarle los ojos, ojos un poco saltones, muy saltones, de sapo. Qué gilipollas, cómo se ríe. La cámara está a punto de caerse y mira tú si se pone como un tomate porque le ha dicho que es un chupa-cámara y se lanza muerto de la risa a quitársela. Conmigo nunca jugaba a nada, no era así. Mira que cara de gilipollas pidiéndole un beso para dejar de filmar. Vaya, y el otro se lo da. Se besan, pero no se ve, no se ve. La cámara está perdida colgando entre los dos. ¡No!, ¡está filmando los perfiles cósmicos del cerdo! Es la cámara que está colgada y se balancea sin sentido. Vaya mareo.

Ahora le toca a él filmar. Ahí está ella, dice que no, que no quiere salir, nunca quería salir en las fotos y los vídeos, a mí no me dejaba. Y le tira un cojín. Está guapa, la cabrona. ¡Cómo le mira!, parece que está flipá con el pibe, pone cara de idiota mirándole. A mí la única cara que me ponía era de bestia salvaje gritándome como una histérica, porque era una histérica. Siempre gritando, siempre insultando... Él quiere filmarla a toda costa y ha conseguido que se siente y le hable. Se pone mimosa, mimosa, vaya, no recordaba esa faceta. Se me ponía mimosa al principio, sólo al principio, antes de tener a la enana. Cuando volvía del trabajo de madrugada ella me estaba esperando en la terraza -bueno en verano, claro- y al llegar a casa se me echaba en los brazos muy mimosa. ¡Está guapa, la jodía!

Pánfila enamorada, eso es lo que parece. Ala y otra vez a luchar por la cámara, vaya par de imbéciles. Otra vez sale él, a carcajada limpia, ella le filma la boca, ¡y encima tiene dentadura postiza!, se le nota porque está un poco más caída del lado izquierdo, ¡pero si es un mierda más viejo que Matusalén! Esta tía era gilipollas.

¡Esto sí que es bueno! Ahora resulta que va a ser verdad que había una carta para el capullo del Iñaki. Pues se va a joder porque no se la voy a dar. Esto no.

Querido Iñaki:

He dejado en la carta muchas cosas por decirte. Por eso hoy, tan sólo un día después, vuelvo a escribirte pero decidida a no enviártela nunca, a no ser que cuando me contestes desees que tengamos una relación epistolar ya que parece que otra relación no es factible.

Estoy recordando aquel fin de semana primero. Al día siguiente de nuestra declaración (porque fue una declaración en toda regla) bajo el chopo de la ribera. Cogimos un par de bolsas de viaje y nos marchamos a Burgo de Osma. Nunca olvidaré nuestra visita a la catedral. Íbamos un grupo de visitantes y entre tú y yo había algo tan fuerte que no nos podíamos despegar el uno del otro. Aunque disimulábamos porque a ti no te ha gustado nunca exhibir tus sentimientos, y quizás, o precisamente por eso, hacíamos del disimulo y la clandestinidad un juego amoroso que nos enardecía a ambos. Nos mirábamos con el deseo de otro ansioso roce, de otro encuentro esporádico de nuestras manos escondidas tras cualquier pieza del museo. Nos acercábamos al guía y al grupo y juntábamos nuestros hombros apretándonos el uno contra el otro, y rozábamos casi nuestras caras, y yo sentía tu respiración cálida y acelerada, y tus ojos brillaban más que nunca. Y cuando, tan sólo unos segundos, prestaba atención a la charla ajena que nos daban, sentía clavados en mí tus ojos anhelantes de los míos, y te hacía esperar mi mirada unos instantes para sentirme la mujer más amada.

Aquel fin de semana dormimos en San Esteban de Gormaz, ¿recuerdas? Hicimos el amor por segunda vez. La primera fue en mi casa, nunca olvidaré la fecha, el 20 de junio. Esa primera vez estábamos los dos muy nerviosos. Me dijiste que tus relaciones sexuales no habían sido buenas con tu ex. Que casi no hacíais el amor y sobre todo que cuando lo hacíais era totalmente a oscuras, que nunca la habías visto entera. Me dijiste, lleno de miedos, que lo sentías pero eras, seguro, eyaculador precoz. Yo me reí y le dije que eso tenía remedio con el tiempo y una buena relación, que no te preocuparas. Encendí la luz grande y me puse de pie, desnuda. Te levantaste corriendo a abrazarme. Mírame, te dije así soy, éste es mi cuerpo, espero que lo ames tanto como yo amo ya el tuyo. Entonces nos abrazamos y me dijiste, por primera vez, te quiero.

Aquel fin de semana dormimos en San Esteban de Gormaz, en un hotelito en las afueras del pueblo. Desde nuestra ventana veíamos la luna llena y su tenue luz extendida por el campo. Había muchas estrellas. Estuvimos un rato abrazados, desnudos, mirando en silencio aquel sencillo espectáculo; respirando el aire fresco de la noche y sintiendo en nuestros pies el calor apetecible que aún despedía el suelo de la habitación... Vamos a correr la cama hacia aquí, me dijiste. Quiero que hagamos el amor bajo las estrellas... La luz azulada de la luna, que caía sobre nosotros, jugaba a recorrer todos nuestros perfiles. Primero el tuyo, luego recorría el mío y terminó por unirnos en un solo perfil, perfecto y sublime, y pensé que ni el más genial artista ha moldeado nunca una escultura tan excelsa.

Después de aquella noche de absoluto descanso pasamos el día siguiente caminando por un pequeño barranco, junto a un río. A la hora de la siesta nos tumbamos a descansar bajo los álamos. Noté que me abrazabas de una forma extraña, como escondiéndote para que no te viera los ojos, intuí que estabas llorando y te obligué a que me dejaras mirarte. ¿Qué te pasa?, te dije... «Ayer pasé por una Iglesia y sin más, sin pensarlo, entré. Le pedí a Dios tres cosas, que cuide de mis hijos, que no sufran nunca; le pedí que haga feliz a mi ex mujer para que me deje en paz, para que me deje tranquilo de una vez; y, sobre todo, le di gracias a Dios por haberte conocido, por haberte encontrado.» Llorabas, escondías la cara entre mis brazos y yo mecía tu llanto que acabó siendo intenso y desgarrador. Echaste fuera todo tu sufrimiento pasado y, después de un rato, sonreíste por fin aliviado y tranquilo. Llenaste varias veces tus pulmones del aire limpio y de tu nueva vida, y te vi muy feliz, y de nuevo me dijiste: «Te quiero».


Que se joda, esto también lo va a leer. Se lo enviaré con una nota en la que diga: «Volveremos a vernos, señor cagao».

Ya no tengo nada más que hacer aquí.


R O N D A  11

Javier

La madre me ha dicho que Isabel tiene muchas cosas en carpetas, que las mire también. Que mire todo.

La niña permanecerá con la abuela hasta el verano para que no pierda colegio y además porque no quiere separarse de los objetos de su madre. Va todos los días a la casa por las tardes.

Me ha advertido que las dos gatas estarán allí hasta esta tarde en que la niña se las llevará. Las gatas de Isabel, dos gatas siamesas.

«Son cariñosas, muy cariñosas», me ha dicho la madre, «como mi hija. Aunque no intentes hacerlas daño porque se defenderán como panteras, también como mi hija. ¡Y ten cuidado al abrir la puerta!, las gatas suelen salirse al pasillo porque son muy curiosas, a ver si se te van a escapar.»

He cogido uno de los ascensores hasta el quinto. Estoy taquicárdico, impaciente y feliz.

Abro la puerta. Me agacho y empujo un poco a las gatas que han venido a recibirme. Cierro rápidamente. Casi no me dejan caminar, son zalameras y juegan entre mis piernas. Huele a flores. Descubro a la entrada, detrás de una maceta, un perfumador. El pasillo es largo y tiene colgados varios cuadros, sus cuadros. Son grandes. Uno representa enormes hortensias en un paisaje de cielo celeste nítido. Otro, grande también, es un juego de colores intensos en el que predomina el rojo y el negro. Estoy en su casa. En su mundo. Un mundo que ahora es sólo mío. Me siento como un niño y su llave mágica dando los primeros pasos dentro del jardín secreto. El pasillo es largo y está lleno de libros en estanterías. Al final, si ella estuviera en la estancia luminosa que hay al final, pero no está, tengo que convencerme de que no está. Camino. Otra estantería en el pasillo. A la derecha la habitación de la niña.

Agradezco que el día anterior no bajaran las persianas. La casa está llena de luz. A mi izquierda, el baño. De frente, el salón, es acogedor, alegre, me impresiona. Predominan los colores verdes, ocres y violetas. Y la luz, de esta mañana dorada, inunda la estancia, entra por dos enormes ventanales. El salón es un esquinazo del edificio, y en cada una de las dos paredes exteriores hay un ventanal magnífico con vistas espléndidas. El primer ventanal da a la casa de campo. Delante de él hay una mesa redonda de madera clara en la que Isabel tiene colocada una maceta con un coleo, rojo intenso. Sobre el mostrador de la cocina, cuyas ventanas de madera siempre están cerradas, hay una gran cesta de mimbre con una hermosa planta que sube enredándose por el asa y también se descuelga hasta las sillas.

A la derecha, en el único trozo de pared que queda en el esquinazo entre ventanal y ventanal, hay tres cuadros y su rincón de trabajo. Una mesa de pino llena de papeles revueltos, el ordenador, la impresora y libros. Bajo el otro ventanal, que da a un parquecillo, un sofá-cama de tonalidades verdes, por lógica, donde ella dormía. La librería está atestada de libros, un poco desordenada. También hay pilas de cintas de vídeo. Un esbelto tronco de brasil que llega casi al techo cierra la composición de esta sala. Y yo aquí en medio, dentro de este cuadro impresionista, invadiendo la intimidad de una mujer que pudo ser mía pero que se me ha escapado para siempre. El ánimo y la ilusión que me han traído hasta aquí se desvanecen. Esto no tiene sentido. Nada me la va a devolver. Voy a hurgar en su historia y al mismo tiempo en la herida que ya se me ha formado. Hurgar en la herida que me ha dejado, cada vez más grande.

Me siento al ordenador. Lo enciendo. Una gran apatía me domina. Abro el sobre. Trabaja en WordPerfect. Me meto. Primera clave: VIAJERO. Sonrío, ¿cómo no?, qué otra clave iba a ser. La segunda: CIELO. La tercera: OJOS. Me hace sonreír. Si hubiera intentado meterme sin saber las claves lo habría adivinado. No podían ser otras. Viajero, cielo, ojos.

Estoy dentro.

Hay muchos archivos. Están todos seleccionados como: cartas, poemas, relatos, libros. Desearía meterme en todo, ya mismo, pero debo calmarme. Voy a echar un vistazo general por cada sección y empezaré mañana a analizar parte por parte.

Me voy a los relatos, no me siento con fuerzas para entrar en las cartas. Hay algunos recientes, otros son antiguos...

«El vaho de mi respiración difuminó el barrio de chabolas por el que pasábamos. En otro momento hubiera limpiado el cristal con la palma de mi mano pero así, aquella zona podrida de la ciudad parecía un poblado de cuento navideño. La capa de humedad sólo dejaba ver los contornos, no los contenidos; los perfiles, no los desperfectos, al igual que la foto difuminada por un filtro a una vieja actriz le hace desaparecer las arrugas y el exceso de maquillaje, la tez fláccida o la sonrisa ficticia. Al fin decidí limpiarlo y entonces fui yo la que me encontré difuminada en el reflejo del cristal, y la verdad es que el efecto era muy positivo: los surcos profundos que rodeaban mi boca, gesto que ofrecía a mi rostro un aire siempre triste, desaparecía en la imagen como si me hubieran inyectado colágeno; las pequeñas arrugas de mis ojos no existían y por supuesto aquellas incipientes bolsas que habían brotado en los últimos meses, por el vulgar estrés, no se notaban...»

«Él trabajaba de vigilante jurado en el metro de Madrid de seis de la tarde a dos de la madrugada. Cuando llegaba a casa, Marta dormía profundamente y, por más que arrimaba su dotación masculina a las cálidas nalgas de su mujer, lo único que recibía eran quejidos y un déjame-por-favor-estoy-dormida... A las seis y cuarto de la mañana sonaba un estridente despertador, el único en el edificio vacío de tres pisos. Marta tenía que levantarse, con el tiempo justo para la ducha y el café. Le aterraba la idea de tener que echarse a la calle y caminar cuesta arriba hasta llegar al punto donde el autocar de su trabajo la recogía cada mañana a las siete menos cinco. Quince minutos de eterna subida, resoplando por el esfuerzo y tragando el aire gélido del invierno...»

«Esta noche negra, odiosamente negra que me engulle como un lobo a su presa, tiene que ser la última. Tiene que acabar esta horrible pesadilla de laberintos, de revuelo de espacios sin masa, de vacíos profundos donde cae mi mente y se revuelca en loca lucha como si algo, con asesina mirada, me arrastrara hipnotizado. Quiero que esta noche termine. ¡Quiero estrangular la vida que es la muerte de mis sentidos! Quiero destruir esta cordura de mis sienes y volverme loco, y con locura y muerte morirme como idiota...»

«Paseaba por entre los árboles, relajada, sin prisa, en dirección a la casa de mi madre. De lejos, entre tronco y tronco, comencé a ver las escalinatas que dan acceso a la calle paralela. A medida que me acercaba pude distinguir mejor a unos niños...»

 

Hay muchos cuentos. Cuando he comenzado a leer el de la escalinata me ha dado un vuelco, han vuelto las horribles extrasístoles. Me levanto. Son demasiadas emociones para un mismo día. Estar en su casa. Rodeado de sus cosas. Leer sus relatos. Enciendo el compact. Pongo Adagio Karajan.

 

Entro en los poemas, hay decenas de ellos, muchísimos. Lentamente voy leyendo cada principio, sólo el principio, no quiero ahondar más por hoy, no debo. Suena el Adagietto de Mahler...

«Estoy sintiendo cómo entra el aire en mis pulmones, inspiro, expiro, inspiro profundamente y lo retengo, y miro hacia el horizonte que ya no es vergel risueño, es otoño, y todo se torna dorado y decadente...»

«Vibran las notas en el aire y soy violín lánguido mecido en el viento, la batuta me indica, casi siempre, mi vuelo. Ora un alegreto in crescendo...»

«He oído cómo los violines lloran. Yo soy un violín de cuerdas quebradas y notas violeta, un violín que nunca enmudece, un violín ajado y maldito que siempre quiso dar vida a la vida...»

«Miro la fuente, veo caer a borbotones un agua que ya es ajena, mis labios besan su frío diamantino, como antes, cuando al mirar la copulación virginal del cielo y la tierra pensaba allende la vida...»

«Cuando tus ojos coinciden con los míos, mis manos, alas de paloma, nubes cálidas, con el ansia que tienen de enamorarte, se trasmutan en garfios de hielo indecisos que de puro rubor se deshacen...»

«Ahora, cuando te miro, sé que sabes que puedo contarte historias con argumentos mágicos, regalarte versos de guirnaldas violetas, susurrarte con infinita ternura que te amo...»

«Del violeta al gris sin ti. Un vaivén de ilusiones confusas y en el aire tu nombre...»

«Hace tiempo que no escribo y tengo tersos los pensamientos, yerta la palabra en el limbo y el corazón sumido en silencio. Hace tiempo que vengo muriendo...»

«Cuando pasen los días en mi vida y mi alma tenga deseos de llorar, cuando los recuerdos de alegría nublen mis ojos al mirar, volveré a esa tierra bendita con ese puerto, con esa mar, y allí sentada en aquella roca...»

«Bajo el chopo, en la ribera del río, todas las brisas se fundieron en un tifón de perfumes de rosas y mares...»

«Frente a la pantalla blanca, siempre blanca, espejo gélido, llega la madrugada...»

«Mi casa y quienes la habitan preguntan por ti. Mis gatos husmean tu sillón, como yo tu único jersey, en busca de tu calidez y tu aroma...»

«Las llamas juegan al galanteo con los leños, buscan ambos la explosión de los púrpuras más salvajes...»

«He sido un torrente de pétalos tornasoles malva que ha hechizado en su serpenteo jubiloso algún ánima desguarnecida y ha acunado sus quebrantos hasta el alba. He sido liana firme en la que cualquiera mecía sus sueños y zozobras sin dudarlo, liana firme a la que asirse en los vaivenes de las biografías. He sido el tronco agarradero de ansiedades y desasosiegos, árbol cobijador de clausuras y destierros. He dado sombra y aliento. ¿Quién será ahora el torrente de pétalos lozanos que me transporte cuando no me queden arrestos? ¿Quién acunará mis quebrantos y melancolías hasta que llegue el crepúsculo? ¿Quién será ahora mi liana firme donde columpiar mi desdicha y mi desaliento? ¿Quién será el tronco donde cobije mi miedo?»


R O N D A  11

Iñaki

¡No puedo más!, no puedo seguir. ¡Has ganado zorra! ¡Te has llevado a mi hijo! Al hijo por el que he dado todo. ¡He renunciado a todo por mi hijo y me lo quitas! ¡Me has quitado a todos mis hijos!, ¡me has quitado la vida!, ¡me has quitado la vida, lo único que me quedaba para seguir vivo! ¿Qué voy a hacer ahora? Mi hijo, se va contigo. ¡Zorra! ¡zorra!, me has quitado lo que yo más quería...

 

He pensado en las distintas formas de suicidarme. Lo he analizado bien. Voy a suicidarme porque no quiero vivir, pero sobre todo lo que quiero es venganza. Vengarme de la zorra de mi ex mujer y que no olvide ¡nunca! lo que me ha hecho. Quiero que se sienta culpable, ¡asesina!, quiero que ella, sobre todo ella nunca olvide lo que ha visto, mi muerte.

Tomar pastillas no me gusta, además, como no conozco las dosis necesarias para morir, podría cometer el error de tragar menos y quedarme en coma el resto de mis días y yo lo que quiero es descansar para siempre.

Si me corto las venas, aunque dicen que es la muerte más dulce, puede ser demasiado lento. Mi rostro, aunque pálido, será hermoso, porque la muerte es un dulce sueño, y yo quiero que me vea y se sienta aterrada y que no olvide mi suicidio nunca.

Si me tiro por el viaducto o por cualquier otro sitio daré un espectáculo macabro y ella ni siquiera lo verá.

Lo tengo decidido. ¡Lo tengo todo comprobado! Todo calculado.

He cronometrado lo que se tarda desde la puerta de la cancela del jardín hasta la puerta del portal. La cerradura de esta puerta la acabo de estropear para que no se pueda cerrar, para que no sea necesario tener llave para entrar, además se ve a simple vista que está abierta. He cronometrado también lo que se tarda desde el portal, subiendo por uno de los ascensores, hasta la puerta de mi casa. Incluso he comprobado que si se sube caminando, como es un segundo piso, se tarda muy poco más. En total son aproximadamente dos minutos y medio. Suficiente.

Hoy es sábado por la tarde. El portero no está, es imposible que arreglen la cerradura del portal hasta el lunes. Mi hijo está con su madre. Me llamó anoche para decírmelo. Está casi feliz, me dijo. Sólo faltas tú, papá.

Esta mañana he comprado dos tacos enormes y dos escarpias. He tenido que ir a un sitio especializado. El vendedor me ha dicho que esto sujeta a un muerto. Me ha hecho gracia el muchacho.

He comprado también una soga. He hecho el nudo y me he cerciorado varias veces que se desliza fenomenal.

He llamado a mi ex mujer, hace ya quince minutos, y le he dicho que quiero hablar con ella, que es importante, muy importante. Que venga a casa ahora, a mi casa que también fue suya cuando nos casamos y que ahora, como no hay acuerdo, la mitad es de ella; la grande, donde vive con mis hijos, también es de ella. ¡Todo es de ella! También lo será mi muerte. No quería venir. Tiene miedo a algo. Quizás piensa que la voy a matar. No le parecía buena idea encontrarnos en mi casa. Me ha preguntado varias veces que por qué no iba a verlos y hablábamos allí. Le he dicho que tengo fiebre y que no quiero salir para no empeorar. Al final la he convencido. Le he pedido que llame al timbre de la verja, le he insistido un poco, no quiero que haya errores. ¡Ojalá nadie entre en ese momento! Tiene que estar al llegar ya.

Cuando toque el timbre de la verja yo mismo le abriré con el portero automático. Dejaré abierta la puerta de mi casa. La puerta del portal ya está rota y abierta. Me pondré la soga al cuello. Daré una patada a la silla y ya está. Cuando ella vea la puerta de mi casa abierta entrará y lo primero y único que verán sus ojos es: a su marido ahorcado balanceándose aún, con la mueca asquerosa que sólo tienen los ahorcados y oliendo a orines, porque todos los que se ahorcan se mean y yo llevo varias horas sin ir al baño a propósito, ahora mismo estoy reventando. Quiero que me vea orinado, que me huela orinado, que vea la mueca de la única muerte que no relaja el rostro sino todo lo contrario, lo deforma. Quiero que me vea balancearme. ¡Y quiero verla!, con un minuto y medio de estar colgado todavía puedo verla, mi cerebro aún estará funcionando, ¡ver su cara de espanto!, oír su grito desgarrador, comprobar que, en lo que le quede de vida ¡jamás olvidará este momento! Quiero ser la pesadilla que se repita una y otra vez el resto de su vida.

¡Te odio zorra!, me has quitado a mi hijo, ¡a todos mis hijos!, ven ya de una vez, no me hagas esperar más. Estoy sentado sobre la silla de esta horca tan sumamente bien preparada, sentado en mi querida silla, casi no puedo levantarme porque me duele la vejiga. ¡Llama de una vez! ¡Maldito timbre, suena!


R O N D A  11

Paco

Mi suegra no ha querido que mi hija viniera a despedirme a la estación. Me ha sentado mal, pero en el fondo era lógico, la niña lo iba a pasar peor.

Con el Talgo tardaré sólo cinco horas. Hace veintiún años los trenes tardaban doce. Nos conocimos en un vagón de segunda. Nos enrollamos. Ella tenía dieciséis años. Tan sólo dieciséis años...

Unos meses después me mandó una cinta de cassette con una canción cantada por ella, acompañada por su guitarra. La había compuesto para mí. Poco tiempo después me regaló otra cinta con la misma música pero al piano. Un amigo escribió una partitura sobre su canción y la interpretó. Esa versión me gustó más. No recuerdo la letra, era malísima.

 

Nunca quiso darme una oportunidad. Se lo pedí cientos de veces. Unos días antes de casarnos le dije que tenia que jurarme que cuando terminara su carrera nos iríamos definitivamente, se puso como una fiera. Me dijo que ella no se casaba con condiciones. Yo me cabreé como es lógico y la muy bestia rompió las invitaciones de la boda. Ya habíamos mandado muchas, así que no hubo que repetirlas.

Yo no quería casarme, no sé cómo caí en sus redes. Ni tampoco quería tener hijos, pero era tan persuasiva. Ponía esa cara tan llena de ilusión que me convencía en todo.

¡Qué vulnerable era!, la dejaba sin defensas por menos de nada. Nunca se me olvidará la noche de Reyes de hace, bueno mi hija tenía sólo unos meses. Su amiga Paloma nos invitó a pasar esos días en una casa nueva que se había construido en el pueblo. Nevaba, hacía un frío increíble. La casa no tenía luz eléctrica así que no podíamos lavarnos con agua caliente ni usar los radiadores. Ellas estaban encantadas, habían comprado cientos de velas para cuando llegara la noche. A los niños, al suyo y a la nuestra, tan sólo se llevaban días de diferencia, les cambiaban los pañales rápidamente. Les lavaban con el agua que calentaban en la cocina. Un desastre. Yo no me sentía a gusto allí. Demasiadas incomodidades. Lo único bueno fue que con Fede, el marido de Paloma, me entretuve en el único barucho del pueblo hasta tarde. Ellas ya habían preparado comida y habían caldeado con los fuegos de la cocina el salón pero aún así hacía un frío insoportable y no pudimos quitarnos los abrigos.

La cena estuvo bien. Nos reímos mucho. Isabel estaba muy ocurrente e ingeniosa, le pasaba siempre cuando bebía un poco de alcohol. Los niños dormían y nosotros cenábamos con la única luz de las velas en la mesa. Después de cenar y fumar y reír, cuando dieron las doce, Isabel se levantó y nos sorprendió con pequeños regalos para todos. Incluso se había comprado algo para ella. Paloma emitió unos grititos agudos por la alegría. Eran chorradas pero fue divertido.

No sé cómo se estropeó la noche, estábamos demasiado contentos con la bebida, debió de ser por eso por lo que, en un momento dado, solté que nunca me hubiera casado si no me lo pide ella de forma tan obsesiva y que jamás hubiera tenido a nuestra hija porque yo no quería tener niños. No pudo soportarlo. Esta vez no chilló porque los niños dormían, pero se atragantaba con las lágrimas y hablaba con la voz contenida pero gesticulando desesperada por mi versión, que según decía era falsa. Ella dijo que jamás le había pedido a nadie casarse y menos de esa forma que yo relataba. Ella no me insistió en tener un hijo, surgió a raíz de ver a Berta con su bebé recién nacido en el pecho. Dijo que nos miramos con emoción ante aquella estampa y que fue telepatía: que lo decidimos entre los dos, en una cafetería cercana a la clínica y que incluso brindamos. Todavía no tengo muy claro aquello. La verdad es que era difícil negarle algo con la ilusión con la que hablaba, te envolvía y conseguía de ti lo que se le antojaba. No sé cómo decidimos lo de tener un hijo, no me acuerdo.

Cuando pasó el tiempo me dijo que le dolió tanto que dijera eso delante de sus amigos, en una noche tan mágica, que empezó a odiarme. Los tres años que duramos fueron un infierno. Al final me echó de casa. Ya habíamos hecho los papeles de la separación un año antes, pero nos dimos otra oportunidad cambiándonos de casa. Me quedé sin trabajo y ella nunca entendió la putada que me hicieron mis compañeros. No entendió cómo me robaron el arma. La empresa me echó sin derecho a nada. Perdí el juicio. Sin trabajo, sin derecho al paro y va ella y me larga de casa. ¡En el peor momento de mi vida me dio la patada!

 

Hemos estado diez años separados, no nos hemos llevado muy mal. Ahora ha muerto. Ya no existe. Isabel no existe. Nunca volverá a llamarme para darme el coñazo con lo de los alimentos de la niña. Ni volverá a decirme que se me va a caer la picha a pedazos. Ni la volveré a ver. ¿Soy viudo?, no sé siquiera si puedo considerarme viudo. No, estoy divorciado de ella así que no puedo ser viudo. Ni siquiera se si tengo derecho a alguna pensión. ¡Joder!, ¡sería cojonudo!, ahora voy a tener muchos más gastos con la niña. Menos mal que mi madre me echará una mano en todo. También me la echará Susana, son buenas amigas, aunque no sé, no sé, son amigas porque la niña venía poco, pero ahora que van a vivir juntas, no sé.

 

Al llegar el tren a este lugar siempre decía que era la entrada más hermosa a una ciudad. Ver el mar a los dos lados del tren. Mar a los dos lados y allí, al final, ella -decía- serena y blanca, dulce sueño Pero nunca quiso venirse a vivir conmigo, eso no se lo puedo perdonar.


R O N D A  12

Javier

Me siento invadido por ti, Isabel. Por tus sensaciones, por tus sentimientos. Por esa tristeza que aflora de cada uno de tus versos. Estoy inmerso en tu mundo que ya no me es ajeno. Formo parte de él aunque no sé si yo formé en algún momento parte de ti. Quizás cuando revise cada uno de tus escritos encuentre una frase, una palabra, un verso pequeño dirigido a mí. Aún está sonando tu adagietto, no me extraña que escribieras cosas tan hermosas y tan tristes. Me invade esta música y tus palabras.

Estoy agotado, hundido. Cada vez más hundido. Me siento cada vez más hundido sin ti. Seguramente jamás pensaste en mi. Quizás cuando aquel día nos besamos te pareció insignificante y lo olvidaste al rato. Seguro que cuando ibas hacia Llanes y aquel camión invadió tu vida, no pensabas en mí. A lo mejor nunca me pensaste y yo estoy aquí como un estúpido llorando, como si realmente fuera tu viajero que tiene como el cielo los ojos. ¿Hay algo en toda tu memoria para mí? ¿Has guardado algo en algún rincón de tu memoria que me diga que soy yo del cual hablabas en la carta de tu funeral?

«... y el viajero que tiene como el cielo los ojos, y que está entre vosotros ¿me reconocerá?»

¿Y tú, Isabel, me reconociste en algún momento?

 

Busco como un poseso. Voy de archivo en archivo, abriendo y cerrando, abriendo y cerrando. Tengo que encontrar algo para mí. Tengo que encontrar algo, si no, abandono, ¡cierro este ordenador para siempre!, ¡y la puerta de tu casa!, y mis recuerdos. ¡Dime algo!, no me castigues con tanto amor que me es ajeno.

 

¡Las cartas!, tiene que haber algo en las cartas. Nada. Nada. Nada. Nada. ¡Nada! ¡Nada!

Miro el sobre, la carta de las claves. Estoy furioso. Hablo solo, grito. Meditación de Jules Massenet se me está clavando en el pecho. Tengo hormigueo en los dedos, ¡y en el labio superior!, es porque estoy llorando a gritos. Respiro a bocanadas. Si sigo así perderé el conocimiento, estoy hiperventilando mi cerebro. ¡Necesito una bolsa de plástico! Entro en la cocina, casi no veo, tengo los ojos inundados de lágrimas. Encuentro varias bolsas en un cajón. Me siento en el sofá y respiro dentro de la bolsa. En sólo un minuto me encontraré bien. Me encontraré bien.

Sí, ya estoy mejor. Me siento mejor. Respiro mejor. Está desapareciendo la sensación desagradable del labio y de los dedos. Me tumbo. Una de las gatas se sube a mi pecho y ronronea. Lo agradezco. Necesito compañía. La compañía de Isabel. Sus gatas, las que ella acariciaba. Las que se subían a su pecho cuando se tumbaba en este mismo sofá a relajarse, como yo. Ronronean las dos gatas, una sobre mi pecho, es pequeña; la otra sobre mis pies. Me ha dicho la madre que la pequeña se llama Towanda, como el grito que daba la protagonista de «Tomates verdes fritos» cuando estaba hundida y quería coger fuerzas para continuar... ¡Towanda!, ¡Towanda!

Me levanto. Vuelvo a sentarme en el ordenador. Estoy convencido, absolutamente convencido de que Isabel es mi mujer, y que yo soy el viajero que tiene como el cielo los ojos. Y con esa convicción, con la tranquilidad que te da el poder de la certeza, me meto de nuevo en su mundo, y reviso los nombres de los archivos, uno a uno. Y me da un vuelco el corazón, y río a carcajadas, así de fácil me lo ha puesto. Hay un archivo con mi nombre. ¡Javier! Pone. ¡Javier! Me tiemblan los dedos sobre las teclas. Me da miedo tocar no vaya a ser que lo borre, pero es imposible sólo tengo que dar al ENTER.

Querido Javier:

Espero algún día enseñarte esta carta para reír juntos, para que veas cómo supe desde el primer momento que eras tú el viajero que estaba esperando. Entre nosotros todavía no hay nada, casi nada. Un leve beso que nos dimos anoche. Leve pero tan inmenso como el mar de tus ojos, como el cielo de tus ojos. Cuando nos dimos ese beso podría haberte dicho, susurrándote al oído que te amo, porque ya te amo. Te he amado en mi espera de estos años desde que tuve la certeza de que existes. Te he amado en los amaneceres y en los crepúsculos; en los bosques y en los ríos; te he amado en mi soledad y en mi desaliento; en mi dicha y en mi regocijo; en mis sueños y mis vigilias; en mis tristezas y en mi llanto, en mi risa. He sentido tu presencia en los lugares más inesperados, en un teatro, en un concierto, y me he puesto de puntillas para reconocer tus ojos entre la multitud, y he querido gritar tu nombre aún desconocido, y me he sentido impotente y desfallecida. Pero ya te he encontrado. Lo supe desde el momento en que miré tus ojos y tú me miraste. Yo sé que sentiste lo mismo, porque ayer, teniéndome en tus brazos, tus manos acariciaban mi memoria, mi infancia, mi adolescencia. Me mantuviste así en un abrazo perpetuo de comprensión infinita, y posaste tu mejilla en mi mejilla, y buscaste mi boca, y uniste los dos volcanes, y nuestros hálitos de vida se intercambiaban esencias jugando a amarse como si fuera la primera vez, porque lo era, y no la última porque no lo será. Te amo viajero que tienes como el cielo los ojos. Ha llegado la hora de hacer recuento, de escribir mi propia historia, de volver a crearme y nacer para ti. Ha llegado la hora de AMAR con letras grandes. Cuando vuelva, viajero que tienes como el cielo los ojos, ¿me reconocerás?


Suena Air de Bach y tu voz. Y no tengo palabras. Sólo deseo soñar contigo. Me tumbo en tu sofá-cama y abrazo los cojines en los que reposabas tu espalda cansada. Y huelo tu perfume a rocío de violetas tempranas, y a margaritas, y a amapolas, y te sueño.


R O N D A  12

Iñaki

¿Qué es eso? ¡Está abriendo la puerta! ¿Quién abre la puerta? ¡No, no!, me ha visto, me está mirando y grita, está gritando, me grita, me zarandea, ¡Iñaki!, me dice, ¡Iñaki!, me ha cogido entre sus brazos y me abraza y yo no puedo hacer nada, no puedo chillarla, decirle que la odio, tengo un llanto convulsivo por mi vergüenza. ¡Me ha pillado sentado esperándola para ahorcarme! Intenta levantarme pero no puede, el suelo está mojado, son mis orines y mi llanto. Me dice que me quiere, que siempre me ha querido, grita y llora al mismo tiempo. Me pide perdón, me dice que me quiere y que me va a cuidar, que me va a cuidar siempre; que me va a llevar a casa con los niños; que volveremos a ser una familia, me jura y me jura que ella me ama, que me va a cuidar y me va a querer siempre, y yo me siento como un niño indefenso e impotente y ella me besa las mejillas y los párpados y besa mi silencio y mi tristeza, y me susurra con infinita ternura que me ama, y que arrullará mi cansancio hasta desvanecerlo, y mecerá mis letargos al alba, y enlazará sus manos con las mías para soñar... y la luz azulada de la luna, que caía sobre nosotros, jugaba a recorrer todos nuestros perfiles. Primero el tuyo, luego recorría el mío y terminó por unirnos en un solo perfil, perfecto y sublime, y pensé que ni el más genial artista ha moldeado nunca una escultura tan excelsa.


R O N D A  13

Javier

He hecho un trato con tu madre. Voy a comprar la casa. Mantendré todo igual, como tú lo tenías. Cuidaré de tus muebles, de tus libros, hasta que la pequeña Laura quiera llevárselos. Está muy contenta, ¿sabes? Nos hemos hecho muy amigos. Nada más salir del colegio se viene conmigo y con las gatas. No se las ha llevado con la abuela porque dice que tardarán en acostumbrarse y que es mejor no cambiarlas tanto; que en verano sí, en verano ya con su padre. Está muy contenta porque sabe que cuido bien de tus cosas. Soy el guardián de tu casa, Isabel. Y a tu hija nunca le faltará de nada porque voy a publicar un libro con tus poemas, y más cosas, ya te iré contando. El libro se va a llamar como tú querías Letargos color violeta, y están todos, desde aquel que escribiste con dieciséis años sobre Llanes hasta los últimos.

¿Sabes?, la niña ha empezado a leer tus libros, los que pusiste en la lista del testamento. Está leyendo a Alfonsina y algunas veces cuando no entiende qué significa algo yo se lo explico. También está entusiasmada con La sombra del ciprés es alargada. Yo le he dicho que es muy triste pero está empeñada en leerlo y va como una moto, y me comenta cosas, y me discute otras.

Le he dado un poema que escribiste para ella, pero se lo sabía de memoria:

«... la estrella del alba que anhelaba mi alma violeta, crece entre mis manos como rosa de abril bañada de rocío que es amor...»

Comenzaste muchos poemas para la niña pero no los acababas, siempre ponías lo mismo:

«... la amo tanto que no puedo expresarme con palabras...»

Y así los terminabas todos. Ella también lo sabe y se ríe. Me dice que alguna vez se puso celosa porque no le dedicabas poemas pero que ahora lo entiende.

He leído algunos relatos que también voy a publicar. Hay uno sobre todo que me ha deprimido «Cuentas de cristal», ¿te acuerdas?

«... las cuentas de cristal del rosario irradiaban pequeñas luces de colores que iban de un lugar a otro entre las tumbas jugando al tula-tula. Un pájaro, quizás un grajo, graznó sobre su cabeza en lo alto. Lentamente comenzó a alejarse de la tumba de su abuelo, sin movimientos bruscos para no llamar la atención de las mujeres que aún rezaban...»

¿Sabes por qué?, ¿por qué me ha deprimido? Porque yo no tengo tumba donde ir a verte, donde ir a hablar contigo. Saber que tus restos están allí. Acariciar tu lápida y limpiar las letras que forman tu nombre. Yo no puedo ir cada domingo, como la protagonista de tu cuento, a visitarte. Llanes está muy lejos para ir cuando se me forme este nudo de dolor en la garganta. Cuando tu ausencia se me haga insoportable como ahora. Quisiera que estuvieras cerca, más cerca. Echaré de menos una lápida donde llorarte, en la que colocar ramos de margaritas frescas de todos los colores, pero sobre todo amarillas que son las que más te gustan. No hay solución, me ha dicho tu madre, mañana esparciremos tus cenizas en el mar, en ese mar que tanto quieres.

 

Al pasar por el sitio donde tuviste el accidente he ido lento, muy lento, por si acaso todo es mentira y estás todavía ahí en la cuneta necesitando mi ayuda. Por si acaso nada ha ocurrido. He ido lento pero he estado a punto de apretar el acelerador y estrellarme contra cualquier cosa porque así podría quitarme la angustia que me produce tu ausencia, tu ausencia que es inacabable, no tiene fin. Pero he ido despacio porque no sé si al otro lado del arco iris podré verte, no sé siquiera si existe algo. ¿Y si no estás?, ¿y si no hay nada?, prefiero vivir aquí con tus recuerdos a arriesgarme a no sentir. Al menos, así, te tengo.

Anoche encontré una especie de cuento con postales de Llanes. Pones, en las pastas azules y deterioradas «Recuerdos de Llanes, 1973». Tenías dieciséis años cuando le prometiste al mar que volverías:

«... y allí sentada en aquella roca, con el viento en mi cara y la mar a mis pies, lloraré; y aquel mar que tanto quiero sin ya dudarlo mío será y yo seré de él...»

Hay una postal del viejo muelle donde escribías poemas, donde llorabas tus penas de niña, y donde deseas que esparzan tus cenizas. Es una postal en la que se ve el mar embravecido, las olas se elevan por encima de la destruida roca.

 

Estamos en el extremo del viejo muelle, de pie, sobre la roca. Hemos venido tus seres más queridos y los que más te amamos: tu hija, tu madre, tu tía, tus dos hermanos y yo. Una pequeña familia como decías siempre. Tu madre mantiene sobre su pecho el cofre con tus cenizas, aquél que yo besé. Me ha dicho que tiene miedo de que las cenizas caigan sobre las rocas y se acumulen allí; que quiere echarlas lejos. Le he dicho que yo deseo coger un puñado de ti y echarte a volar para fundirte con el viento y con el mar, y todos han dicho que también desean hacerlo y cada uno va cogiendo tus cenizas y todos al unísono las tiramos con la dirección que lleva el viento y se alejan suspendidas en el aire, un segundo como dos galaxias de corpúsculos esmeraldas que fueron tus ojos; suspendidas tus cenizas en el aire como una orquesta de amapolas rubí intenso bañadas de alborada que conformaron tu boca; suspendidas en el aire, por un segundo, dos cortejos de millares de palomas blancas que fueron tus manos...

«... quiero diluir mi esencia con la misma naturaleza para sentirme viva eternamente..., sentirme viva mientras alguien me ame, sobre todo el viajero que tiene como el cielo los ojos.»

FIN

Notas

1 Nota acerca del prólogo
El texto del prólogo se refiere a la edición de Como el cielo los ojos publicada en el sitio web de BADOSA.COM. Aunque el contenido de la novela de Edith Checa es el mismo en las dos ediciones, su presentación difiere ligeramente. El lector debe tener en cuenta esta circunstancia, ya que, aunque el prólogo conserva su validez, algunos fragmentos del mismo no son de aplicación a la presente edición.
Acerca del autor del prólogo
En el momento de redactar este prólogo (año 2000), Sergio Palacios (Madrid, 1978) es estudiante de Filología Hispánica y Filología Clásica en la Universidad Autónoma de Madrid. Es miembro del equipo de catalogación de manuscritos con poesía de los siglos XVI y XVII de la Biblioteca Nacional de Madrid y trabaja como lector para la editorial Lengua de Trapo. Tiene en proyecto una antología de la literatura mística española del siglo XVI y la edición en equipo de algunos textos medievales. A pesar del aparente clasicismo, su gusto poético (y personal) da un salto desde la literatura antigua hasta las últimas tendencias y la relación informática-literatura.

2 Acerca de la autora

Edith Checa (Sevilla, 1957) es periodista (Licenciada en Ciencias de la Información). En la actualidad y desde 1989 es Locutora-Redactora de un programa radiofónico de Información Universitaria en una emisora de ámbito nacional. Ha dirigido y presentado en el Canal Clásico de Televisión Española (TVE) el programa Rincón Literario UNED, un espacio dedicado a dar a conocer la obra y la personalidad de los poetas más representativos de la poesía española contemporánea, así como a ofrecer una oportunidad a poetas noveles. En Rincón Literario Edith Checa ha entrevistado a diversos poetas contemporáneos entre los que cabe destacar: José Hierro, J.A. Goytisolo, Caballero Bonald, Carlos Bousoño, José Ángel Valente, Claudio Rodríguez, Luis Alberto de Cuenca, Ana Rossetti y Luis García Montero así como a los poetas hispanoamericanos Pablo Armando Fernández (Cuba), Sergio Macías (Chile), Pedro Shimose (Bolivia) y Eduardo Zepeda-Henríquez (Nicaragua). Durante 1988-89 fue colaboradora literaria del programa Al filo de lo imposible (TVE). Ha publicado la novela El color del albero (Editorial Nostrum, octubre del 2000).

BADOSA.COM ha publicado en su sitio web (www.badosa.com) su cuento En el último peldaño, el cuento para niños Un punto negro en el camino y sus poemarios La cantera de la memoria y Letargos violetas, además de la novela hipertextual Como el cielo los ojos.


INDICE

Prólogo

Ronda 1
Javier
Iñaki
Paco

Ronda 2
Javier
Iñaki
Paco

Ronda 3
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Paco

Ronda 4
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Ronda 5
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Ronda 6
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Ronda 7
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Ronda 9
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Ronda 12
Javier
Iñaki

Ronda 13
Javier

Acerca de la autora